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“La verdad, los riojanos hubiéramos preferido otro final”. La frase es nada menos que del embajador Jorge Yoma y estaba inspirada en la caída -final para la mayoría- de Carlos Saúl Menem, quien volvió a perder, nada menos que en su provincia, en las últimas elecciones.
En cambio, su par en la Cámara alta, Rubén Marín, no pudo llegar a esa instancia general dado que en las internas del PJ de La Pampa, para nominar sus candidatos, cayó derrotado por su antiguo aliado, el ahora gobernador Carlos Verna.
Ambos caudillos, amos y señores en sus respectivas provincias por largo tiempo, tienen en común una larga trayectoria en la gestión: en la primavera democrática de 1973, Menem fue electo gobernador, mientras Marín vicegobernador, cargos que ejercieron hasta el 24 de marzo de 1976, cuando fueron objetos de persecución por la dictadura militar.
Con el regreso de la democracia, el 10 de diciembre de 1983 se tomaron el desquite y fueron consagrados gobernadores. A partir de esa fecha, Marín reiteró su mandato, en el interregno diputado nacional, hasta que llegó al Senado en el 2003 con mandato hasta el 2009. Menem, en cambio, desde la gobernación peleó por la presidencia de la Nación, cargó que ejerció por una década, elecciones mediante. Años después fue consagrado senador nacional, con mandato hasta el 2011.
Es decir que tanto Menem como Marín gozaron de las mieles del poder desde 1973 hasta estos días, salvo el tiempo en que los militares usurparon la Casa Rosada. Nadie puede objetar el respaldo popular con que contaban ambos dirigentes. Tanto La Rioja como La Pampa figuraban como provincias prósperas, donde la inversión creció de manera notable. Sin embargo, en tan poco tiempo sus habitantes decidieron -con un alto grado de hipocresía- hacer borrón y cuenta nueva, eligiendo a otros dirigentes que, paradójicamente, respondieron sin miramientos a estos caudillos.
Precisamente, de los 208.115 electores habilitados para votar en La Rioja, la mayoría optó por Luis Beder Herrera, después por Ricardo Quintela y finalmente por Carlos Menem, quien dijo que “las urnas hablaron y los demócratas tenemos que saber escucharlas”, sin olvidarse de señalar que “la Provincia y el país fueron testigos, durante la campaña, del vuelco inédito de recursos del Tesoro Nacional para asistir a mis adversarios. El señor Kirchner dispuso que había que cerrarle el camino a Carlos Menem”.
En rigor de verdad, más allá de la tradicional repartija de prebendas del oficialismo, el mensaje de las urnas fue más que categórico: que cumpla su deber en la Cámara de Diputados y que para los nuevos tiempos institucionales, la mayoría de los riojanos, que ayer lo idolatraron consideraron que había llegado su fin, por lo menos en su pretensión de volver a la gobernación como en 1973 o 1983.
En tanto, en La Pampa, Rubén Marín ni tuvo la oportunidad de conocer qué pensaban sus coterráneos sobre su ambición de regresar al sillón que le había dejado a Carlos Verna. En la interna partidaria, sus afiliados le dijeron no y, fiel a sus principios o intuyendo lo que venía, renunció a todos los cargos partidarios y se quedó para cumplir hasta el 2009 su mandato en la Cámara alta. Los vientos de cambio histórico desgastaron lo realizado por ambos, lo que no percibieron a tiempo.
Un panorama distinto es lo pasa con los Rodríguez Saá en San Luis: impugnables desde el regreso de la democracia en 1983. Nadie puede con ellos y, de esa manera, se alternan en el poder Adolfo o Alberto, aunque ahora intuyendo que no todo es para siempre impusieron la eliminación de la reelección indefinida en el Ejecutivo provincial, lo cual abre interrogantes de cómo será la sucesión cuando llegue ese momento.
Claro que no se puede dejar de señalar que la oposición se regodea ahora con el voto en blanco, presuntamente gracias a su poder de convocatoria. Salió segundo después de Alberto Rodríguez Saá, quien cosechó más de 130.000 votos favorables, mientras el blanco se alzó con alrededor de 18.000 adherentes, una cifra que trepó a más de 45.000 para el plebiscito sobre ratificar o rechazar la enmienda institucional de prohibir la reelección indefinida. Las imágenes de Menem y Marín en el espejo son más que explícitas. |