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Por Julio El Alí
Entre bombos y lentejuelas se repite, año tras año, un mismo clamor popular: que vuelvan los feriados de Carnaval. En 1976, fue el año negro para las sociedad argentina que fue testigo viviente de la eliminación de los feriados nacionales de carnaval por parte de la Junta Militar, por lo que en las calles de Buenos Aires quedaba la canción de retirada de los divertidos murgueros: “Diciendo a todos adiós esta murga se retira dejando en el corazón la dicha de la partida”.
Pero, con la recuperación de la democracia, los Envidiados de Palermo volvieron a entonar “querido auditorium pronto hemos de volver para dejar con vosotros todas la dichas y placer”... de sentir que una vez más se podía contar con los espectaculares días no laborables de carnaval. En la ciudad se logró para los trabajadores del Estado y con el tiempo se va recuperando una tradición cerciorada por el Gobierno de facto.
Sin embargo, la solicitud de incorporar al calendario de feriados nacionales a los carnavales es uno de los temas que siempre está latente en la Mesa de Entrada de las cámaras parlamentarias.
En esta oportunidad, el diputado Jorge Coscia presentó una iniciativa para incorporar los días lunes y martes de Carnaval, entre los feriados nacionales previstos por la ley Nº 21.329. El presente proyecto de ley, según explica el legislador, pretende restituir un feriado prohibido el 9 de junio de 1976 por el decreto/ley 21.329, dictado por la Junta Militar del gobierno de facto, presidida por Jorge Rafael Videla. “Consecuente con una política de aniquilación de la identidad cultural de los argentinos, el decreto ley mencionado fue la partida de defunción de una fiesta eminentemente popular”, asegura.
El feriado daría la oportunidad de una amplia participación popular en los festejos de carnaval, ya que los cuatro días permitirían el desplazamiento de un amplio sector de la población a los lugares turísticos, donde se llevan a cabo las distintas celebraciones.
Historia de comparsas y murgas
Los primeros registros que se tienen de la festividad de Carnaval datan de 4000 años atrás en Babilonia, pero viniendo a tierras más cercanas y según dichos del historiador Vicente Rossi, refiriéndose al Carnaval de la época del Virreinato, “... el milagro del primer candombe debió producirse con motivo de algún feliz alumbramiento real o fecha onomástica de alguna Majestad...”.
Suele suceder que las fiestas predominantemente populares, tienen sus detractores y la libertad del candombe pronto se ve coartada por las autoridades coloniales, ya que en 1770, el virrey Vértiz decreta, “la prohibición de los bailes que al toque del tambor acostumbraban los negros ... todo bajo pena de doscientos azotes y un mes de barraca al que delinquiese” .
A pesar de las sucesivas prohibiciones se mantuvo la tradición de festejar y una práctica habitual, al llegar el Carnaval, era la de jugar con agua, utilizando para ello, desde recipientes, hasta huevos llenos de líquido. El mismísimo Alberdi escribió en el semanario “La Moda”: “Gracias a Dios que nos vienen tres días de regocijo, de alegría... ni que fuera de cristal la moral para romperse de un huevazo”.
Al asumir su presidencia Domingo Faustino Sarmiento, se volvió al festejo de Carnaval en todo su esplendor. En sus años vividos en Chile, decía extrañar los tres días “... en que todo el mustio aparato de la terca etiqueta y gravedad española cedían a impulsos de torrentes de agua que en todas las direcciones se cruzaban. -¡Días de verdadera igualdad y fraternidad! Sarmiento impulsó el Carnaval y participó activamente de él-. La comparsa “Los Habitantes de la Luna” le entregó una medalla, con su imagen de perfil disfrazado de emperador, dándole el título de Emperador de las Máscaras.
El centenario de la Revolución de Mayo se festejó con veinticinco corsos cortando el tránsito y compitiendo para el premio a la mejor comparsa.
Luego de la crisis de 1930, la murga se fue transformando y durante el primer gobierno peronista se convirtió en una forma de manifestación obrera, que molestó a varios. Al llegar la Revolución Libertadora, en 1955, se impone la regulación de las murgas mediante edictos policiales que establecía cómo y cuándo se debían usar los disfraces.
Todos recordamos, por vivencias propias o por relatos de familiares y amigos mayores, la expectativa generada en la población en general, ante la llegada de los bailes de Carnaval, las fiestas en los clubes barriales, las orquestas típicas con cantores de gran popularidad y todo el festejo en las calles.
Cabe recordar que el Carnaval es una expresión popular y regional única. No se celebra de la misma forma en el Norte argentino que en las provincias del Litoral. Cada comunidad se prepara de manera muy distinta. En las regiones de La Puna y la Quebrada de Humahuaca, el Carnaval es simbolizado por un diablo que se desentierra de forma bulliciosa de una apacheta de piedra o un lugar mágico, brindando y bailando al compás de música de las anatas, erquenchos, sicuris, detrás de las comparsas, por las calles de los pueblos. Se tiran serpentinas y harina que son parte de este ritual, que dura varios días.
Luego de este festejo, comienza la triste despedida del Carnaval que se manifiesta con el llanto en el momento del entierro del diablo. En Entre Ríos el Carnaval es el ámbito en el que los sentimientos contenidos entre tambores, lentejuelas y plumas encuentran su lugar de expresión. Las comparsas se preparan y visten de gala esperando el desentierro del rey Momo, para luego morir junto a su rey al terminar febrero y volver a nacer el año siguiente explotando con gran alegría. En Capital Federal, su máxima expresión se da en las murgas, una suerte de baile tribal, eléctrico y cautivante, acompañada por cantos que reflejan el sentir popular, sus alegrías y pesares, expresados de forma festiva, pero no por ello menos sentidos.
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