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Por Pablo Winokur
Horas esperando el resultado de una elección que no llega, resultados provisorios, recuento definitivo, cuestionamientos…
Nos sentimos cavernícolas cuando a más de 15 días de la elección todavía no queda claro cuántos diputados logró el kirchnerismo en la provincia de Buenos Aires, o cuando entramos al cuarto oscuro vamos cientos de boletas electorales y no sabemos por cuál optar. Y peor aún, cuando la boleta que queremos meter en el sobre no está, y la autoridad de mesa dice: “ponga otra cosa”.
En la era de la digitalización, en épocas de web 2.0, de computadoras, donde la información circula en segundos, parece tonto y subdesarrollado, seguir contando los votos en un pizarrón de escuela.
¿Tontos? ¿Subdesarrollados? ¿Cavernícolas? ¿Por qué no consensuar de una vez y para siempre mecanismos que permitan el voto electrónico? El sentido común indica que no existe razón alguna para que ello no suceda. Sin embargo, en la práctica su implementación no es tan sencilla. Distintos estudios demuestran que mal implementado puede ser muy nocivo para la transparencia de los comicios: adulteración de los votos, pérdida del secreto de sufragio, cambios en el resultado, hackeos internos o externos e incomprensión por parte de los votantes (especialmente los mayores de edad o los denominados “analfabetos informáticos”), pueden hacer que el voto electrónico termine arruinando una elección y, en consecuencia, la legitimidad de gobernantes y legisladores. Aquí va un repaso de los peligros que atañe.
Cuestión de implementación
El voto electrónico, en términos científicos, refiere a la informatización de los comicios. Esto puede ser desde la confección de los padrones hasta el recuento. Sin embargo, en términos coloquiales cuando se habla de esto, en general se hace referencia a votar a través de una computadora, que vaya proyectando en el monitor las distintas categorías de votación. Mediante un sistema de pantalla táctil, el elector decide su voto el cual queda registrado. Según el tipo de máquina, se le puede dar un comprobante impreso que luego será colocado en una urna, similar a las actuales.
A la hora de los cómputos, las máquinas enviarían los resultados al centro de cómputos. En apenas unos minutos se sumarían los votos generales y se conocerían los resultados de la elección de forma limpia y transparente.
Esto permitiría que los electores voten a sus representantes por categorías -eliminando la terrible lista sábana horizontal- y la manipulación de los votos en papel: actualmente muchas manos de presidentes de mesas, fiscales y empleados del correo están en condiciones de manipular las urnas. También evitaría los papelones en el recuento, de lo cual la elección en Córdoba es su mayor exponente.
Sin embargo, no todo es color de rosas. “La desventaja quizás más importante del voto electrónico tiene que ver cómo garantizar la seguridad en todo lo que es el proceso previo a la jornada electoral, con instancias claves que tienen que ver con la auditoría del software y la inseminación del software en cada una de las urnas electorales”, explica María Inés Tula, autora del libro Voto electrónico: entre votos y máquinas. Las nuevas tecnologías en los procesos electorales.
Pasándolo en limpio: estamos en la Argentina. La pregunta es quién sería el encargado de hacer la máquina y el software en cuestión. Probablemente lo deba hacer el Gobierno de turno. ¿Pero cómo se garantizaría que esa persona que construya el sistema no se quede con una llave que le permita manipular los resultados?
Federico Heinz, presidente de la Fundación Vía Libre, hace una interesante comparación. Dice que confiarle el voto a una máquina (es decir, a expertos informáticos a los cuales es difícil controlar) sería como modificar el sistema de votación haciendo que los electores le cuenten su decisión a un cura en el confesionario y éste informe el resultado final sin ningún tipo de control. “Además de confianza, necesitamos control. Por mucho que confiemos en la Iglesia como institución, nadie aceptaría un escrutinio hecho de la manera descripta más arriba porque no es posible controlar que nadie en el proceso haya falsificado los resultados”, asegura.
¿Voto secreto?
Antonio Cicioni es director del programa de Instituciones políticas del Cippec. “El voto electrónico bien implementado te salva de muchos problemas, pero es muy complicado generar una implementación exitosa”. En ese sentido, explica que muchos países de los denominados desarrollados están dando marcha atrás a estos sistemas.
“En Holanda un grupo de gente de informática demostró que podían hackear las máquinas en cuatro minutos y encima a una distancia de 40 metros podían leer el voto que podía emitir cada persona. Después de esa demostración hubo que retroceder”, explica.
La implementación de este tipo de mecanismos en la Argentina puede conllevar otro problema: muchas personas mayores o analfabetos informáticos podrían no saber cómo manipular las nuevas computadoras. ¿Cómo se resolvería esto? ¿Entraría el presidente de mesa a votar por ellos? ¿Garantizaría esto el secreto de la elección si masivamente las personas requirieran la ayuda de las autoridades de mesa? ¿Cómo se certificaría si realmente las personas no saben usar la máquina? Nuevamente generaría dudas sobre la transparencia de los comicios.
Una de las ventajas que comúnmente se aduce es que evitaría el fraude mediante mecanismos como el voto en cadena o el robo de boletas. Es cierto que se evitaría este sistema. Sin embargo, los especialistas coinciden en que la viveza criolla podría encontrar otras formas para fraguar una elección.
Bueno, pero con cautela. El voto electrónico no es la panacea. Sin embargo esto no implica que sea negativo intentarlo. Se debe hacer mediante el consenso de las fuerzas políticas y con el control de las organizaciones especializadas en el tema.
En Brasil, por ejemplo, el recuento en la elección de 1989 duró 9 días. En la última, el resultado se conoció en una hora y media, gracias a la informática.
El voto electrónico puede ser parte de la solución o el principio del problema. Sólo será una mejora si se implementa adecuadamente. Mientras tanto, sistemas mixtos como la impresión de un comprobante en papel que permita un recuento definitivo pueden ser un buen comienzo.
Lo que todos deben tener en claro es que el voto electrónico puede ayudar. Pero no es bajo ningún concepto la reforma política tan reclamada por la sociedad.
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