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Pasado y presente de la acción política: el desafío de la reorganización partidaria

6-3-2008

Por Claudia Bernazza

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Durante el período de organización institucional de las naciones americanas, sus elites aconsejaron asumir como propias las instituciones de otras culturas. Pero las instituciones “políticamente correctas” -las pesadas burocracias hispánicas, las delicadas instituciones francesas, las pragmáticas organizaciones anglosajonas- fueron interpeladas por patriotas que vislumbraron el surgimiento de una cultura criolla. Hombres y mujeres de todo el continente, a lo largo del siglo XIX, pelearon por instituciones a medida de “lo americano”. Este proceso de configuración institucional continuó, no sin conflicto, en las diferentes naciones del sur del Río Grande a lo largo del siglo XX. Y si bien la Patria Grande fue un sueño inconcluso, en nuestro país reconocemos como referencia ineludible el primer y segundo gobierno del general Perón, por el definitivo reconocimiento del pueblo como sujeto político, artífice de su destino y sus instituciones.

Pero en países periféricos con economías dependientes, como es el caso de los países latinoamericanos, los diseños institucionales fueron extremadamente débiles. El General Perón lo explicaba así:

En la liberación de nuestros pueblos gravita más la integración continental que el problema nacional (…) ningún país latinoamericano se puede liberar por completo si, al mismo tiempo, no se libera el continente, y si luego el continente no se integra para consolidar su liberación (…) Liberarse es fácil. Consolidar esa liberación es lo difícil.

En la simpleza de esta definición, se reconoce una acción preexistente a las instituciones. La conquista de la libertad es previa a la organización institucional de los pueblos, y finalmente, si la liberación no se consolida, si los bloques regionales no se integran, la institucionalidad –la gobernabilidad- se resquebraja. Resulta evidente entonces que los pueblos están obligados a realizar una acción permanente referida a la lucha por su libertad y a la definición de la comunidad geopolítica que integran: esta acción, multiplicada a lo largo y a lo ancho de la historia y las geografías, es la acción política.


El repudio de la política

La acción política impregna nuestras vidas y nuestras instituciones, pero nos cuesta reconocerlo. Mientras la ejercemos cotidianamente, la negamos sin miramientos. Parafraseando a Arturo Jauretche, podríamos decir que la hemos convertido en una actividad maldita. Una pregunta central que deberíamos hacernos es a quién le interesa este repudio social, capaz de desalentar cualquier iniciativa de acción colectiva.

¿Cómo lograr que la política vuelva a ser una actividad reconocida?, ¿cómo revertir el hecho de que sea ejercida por actores que niegan llevarla a cabo mientras denostan a quienes la ejercen expresamente?, ¿cómo superar la militancia por la no política, convertida en la acción política más potente de este tiempo?

Este desafío se enfrenta a otro obstáculo concurrente. El sistema de partidos consagrado constitucionalmente participa de la crisis global de las instituciones modernas: las organizaciones de jerarquías rígidas, propias de un mundo más simple y de verdades más estables, tuvieron su ocaso en la segunda mitad del siglo XX. El surgimiento de nuevas formas organizativas es complejo en todo Occidente, cuanto más en América Latina, cuya liberación está inconclusa.

Aprovechando esta crisis, muchos insistieron, con sus voces amplificadas por las tecnologías de la comunicación, con el fin de la historia y la muerte de la política. Sin utopías ni sentidos vitales trascendentes – con paraísos o sin ellos - se vuelve absurdo cualquier esfuerzo por transformar el mundo: el mercado, a partir del afán de lucro, lo transforma sin necesidad de un sistema político que oriente el progreso. Así las cosas, los partidos carecen de razón de ser o cumplen un rol secundario e intrascendente.

Esta idea se retroalimentó con el desencanto de los pueblos con sus dirigentes, provocando una desmovilización inédita. Bertolt Bretch alertó tempranamente sobre los peligros que acarreaba esta apatía:

El peor analfabeto es el analfabeto político. No oye, no habla, no participa de los acontecimientos políticos. No sabe que el costo de la vida, el precio del poroto, del pan, de la harina, del vestido, del zapato y de los remedios, dependen de decisiones políticas. El analfabeto político es tan burro que se enorgullece y ensancha el pecho diciendo que odia la política. No sabe que de su ignorancia política nace la prostituta, el menor abandonado y el peor de todos los bandidos que es el político corrupto, mequetrefe y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales.


A pesar de estos llamados de atención, los sistemas partidarios estuvieron en el centro de las instituciones interpeladas, no sólo por su organización anacrónica –lo cual compartimos- sino por su sentido mismo –cuestión que queremos debatir y refutar-.


La recuperación de la política

Si, tal como pregonan las voces alternativas, otro mundo es posible, el desafío fue, es y será la organización de la acción política, entendida como la puesta en acto de la voluntad popular. Esta voluntad reconoce y procesa los intereses en juego en el marco de valores compartidos.

La organización de la política es el talón de Aquiles de la precaria institucionalidad que América Latina logró a lo largo de la modernidad: por estas latitudes, muchos golpes de Estado suprimieron la política en nombre de las instituciones , presentándola como su enfermedad crónica y no como su origen y legitimidad. En la noche más oscura de la Argentina, la política fue lo innombrado detrás de la frase “algo habrán hecho” y practicarla se pagó con la vida.

En otros casos, aún cuando se reivindicó y se reivindica la política y el sistema de partidos, se pide “prolijidad” para su ejercicio. Aprovechando el auge de los posgrados y el prestigio de lo “culturoso”, se da a entender que nadie tiene derecho a hacer política sino se capacita, olvidando que la posibilidad de formarse es también una pelea política: a pesar de los esfuerzos hechos por los gobiernos populares, no son precisamente los pobres los que pueblan las aulas magnas de las universidades. El saber es un rehén del poder, inaccesible sino se accede primero al poder, a través de la política.

Si es desprolijo tomar mate en las unidades básicas o los comités, si deben usarse palabras crípticas que conocen algunos iniciados, si a algunos “no les da” para entrar en la discusión, cualquier partido de masas latinoamericano que esté revisando su porvenir –y el justicialista es un caso- se convertirá en una socialdemocracia ajena a nuestra idiosincrasia, a la que el pueblo volverá a dar la espalda. La política que se haga en este suelo se hará caminando sobre estos pies: será profundamente latinoamericana, argentina, cordobesa o rioplatense, peronista o radical. Será nosotros. Pero si estas identidades son un obstáculo para su “buen hacer”, la política no será más que un simulacro.


La institucionalidad de la política

Esta generación de latinoamericanos se encuentra ante el desafío de recuperar el ejercicio de la política, sustraerlo de su desprestigio y encontrarle cauces institucionales. Hay muchos intereses en juego y muchos interesados en que esto no ocurra. Nadie lo dirá abiertamente, el enemigo no muestra su rostro. Además, no lo necesita, porque logró instalarse en nuestra cultura y nuestra conciencia, por lo que en ese campo se librarán las batallas.

Si se reconoce que toda transformación es gradual, este desafío supone, entre otras acciones, recuperar el sistema de partidos políticos que reconocen hoy nuestras constituciones. Este es un capítulo que no podemos soslayar: hoy por hoy, es el sistema por el que elegimos nuestros gobernantes, por lo que debemos abocarnos a su innovación y eficacia, recuperando su lugar en la escena, revistiéndolos de acción, comprendiendo la necesidad de su convivencia con nuevas modalidades de expresión de la voluntad social. Algún día, seguramente, este sistema de partidos será reemplazado por otro, y esto no debería asombrarnos, porque ni las sociedades se detienen ni sus instituciones se eternizan. Pero, por el momento, vivimos en este presente y en el marco de estos acuerdos instituidos.


Nuestras disputas de cada día

Las organizaciones humanas están formadas por personas reales y por lo tanto el conflicto está allí, en potencia, siempre. Estos conflictos se profundizan al entrar en escena la competencia por el “primer lugar” propia de las organizaciones jerárquico verticales.

Claro que en el caso de los partidos políticos hay una responsabilidad de representación de masas que debería hacer que se redoblen los esfuerzos de convivencia interna. Pero en tiempos en que las verdades son discutibles y las jerarquías se resquebrajan, el conflicto es muy difícil de administrar y el espectáculo que se brinda puede resultar altamente desmotivador.

Sumado a esto, el conflicto fascina al mercado porque es una mercancía redituable y se la puede vender. La confrontación es algo propio de la política. Las organizaciones políticas lidian cada día con diferentes visiones y propuestas, es la arcilla con la que trabajan para lograr acuerdos sustentables. Pero esto nadie lo va a explicar, porque quizás no convenga. Es preferible convertir las diferencias en espectáculo.

Es cierto que nuestra débil capacidad de convivencia colabora con los medios de comunicación entregando lo que quieren vender. Remarcamos las diferencias sin poner el acento en los acuerdos. Con cada confrontación, ganamos lugar en los medios pero producimos una enorme sangría de entusiasmo y militantes.

Atentos a que la comunicación social merece ser profundamente revisada, resulta igual de importante revisar nuestras prácticas de organización. Frente a los conflictos inherentes a cualquier empresa humana, necesitamos mirar críticamente nuestra cultura organizativa: ¿cómo distribuimos el poder internamente?¿cómo resolvemos los disensos? ¿cuánto nos molestan otros liderazgos, frente a la vocación de que crezca el nuestro?

Y aún cuando encontremos respuestas plausibles a estas preguntas, debemos saber que la calidad de nuestras organizaciones no depende tanto de organigramas o actitudes, sino de conciencias. Urge volver a una ética de la política que nos regrese a las preguntas primordiales: ¿qué valores nos conmueven hasta el punto de vivir y morir por ellos? ¿qué banderas levantamos con una fuerza irredimible? ¿qué proyectos proponemos? ¿cuánto estamos dispuestos a comprometernos para su concreción?

Si los sentidos religiosos están en crisis, los sentidos sociales no deberían sucumbir con ellos: siempre vale la pena vivir por una causa. Pero si no hay causas que entusiasmen, reconozcamos que estamos actuando la comedia de la política para solventar un status social o económico, y no hay reorganización que pueda lidiar con esto.


Reivindicar el movimiento como base partidaria

En el caso del partido justicialista, como ocurre con otros partidos latinoamericanos pero también como experiencia única y original, el partido es la herramienta institucional de un movimiento de masas, que reivindica el hecho de que este movimiento es superador del partido. Los institucionalistas pueden escandalizarse con esta afirmación, pero es siempre bueno recordar que las personas se organizan con las herramientas de la razón, pero se comprometen enteras. El corazón y las pasiones generan movimientos, no partidos.

Los movimientos preceden, presiden y superan la vida de las organizaciones racionales, acotadas por definición. Los movimientos políticos y sociales dan vida al amplio campo político que definimos como nacional y popular, en el que se mueven con una gran libertad. A la hora de las contiendas electorales, si estos movimientos no se sienten expresados por las instituciones partidarias vigentes, las interpelan, las ignoran o las utilizan sin el menor entusiasmo para finalmente dejarlas morir. Los movimientos suceden como las mareas, mientras los partidos se organizan como los códigos establecen, por lo que corren el peligro de anquilosarse como cualquier institución reglamentada.

El movimiento se da en la historia cuando un grupo logra una identidad que lo expresa, lo que no significa que pueda alcanzar la organización reclamada por las instituciones de su tiempo. Asimismo, en tiempos de anomia social sus huellas se pierden y es difícil rastrearlas, aunque un movimiento es un sustrato que emerge en los espacios de actuación donde se reúnen los entusiasmos y los enojos de sociedades siempre vivas.

Reorganizar el partido justicialista, hoy intervenido, nos invita a pensar no sólo en su ordenamiento interno sino en el movimiento que lo sustenta, quizás reconfigurado como movimientos entrelazados y espacios ampliados en los que conviven prácticas de resistencia, causas específicas y propuestas de concertación.


La formación de cuadros dirigenciales

La formación no es ajena a la historia del justicialismo. La Escuela Superior Peronista, las escuelas sindicales, la formación de base, ha sido parte de una historia a veces en la superficie y a veces resistiendo en grupos que circulaban textos y mensajes grabados del líder.

Algún día habrá que escribir esta experiencia formativa. Mientras tanto, si vamos a recuperar nuestro partido y sus actividades de formación, no será para hacerlo “a lo gringo”. Un partido en plena revisión de sus prácticas no debe renegar de su idiosincrasia, porque allí incubará su derrota. Nos hemos formado y capacitado muchas veces y muy bien, y podemos reeditar y enriquecer esa experiencia. No nos creamos una historia oficial que relata que lo único que supimos hacer fue pelearnos hasta la agonía: esa lupa que aumenta los defectos no dice toda la verdad.

En materia de formación, nos capacitaremos con nuevas modalidades, seguramente. Hoy existen experiencias pedagógicas y herramientas tecnológicas que pueden colaborar para una multiplicación sin precedentes de espacios formativos. Pero nuestra propuesta formativa no debería renegar de sus orígenes, intentando parecer una estilizada escuela de posgrado. Debemos aprovechar las experiencias de educación popular y la tradición de las escuelas de gobierno de nuestros partidos de masas ¿o seguimos creyendo que la primera escuela de gobierno funcionó en la Escuela de Negocios de Harvard? Los invito a leer todo lo que supimos hacer en materia de preparación de cuadros para la gestión pública a lo largo de nuestra historia, en todos los partidos y espacios gremiales, políticos y eclesiales del campo popular. Lo más importante de esa experiencia, y que no deberíamos perder, es la convicción de que los saberes se construyen a partir de un diálogo de pares.


El desafío central

Finalmente, no hay enemigo más encarnizado que nuestra propia impotencia. Bajo las formas de un fino cinismo o de una apatía sin precedentes, este cuerpo social ya no se reconoce como pueblo. A partir de una cultura de lo banal multiplicada en horarios televisivos centrales, esta apatía ha ganado terreno como nunca en la historia.

No es fácil lidiar con la indiferencia y el desencanto. En este contexto, cuando se proponga a viejos y nuevos compañeros la reorganización política arreciarán los malos augurios. No vamos a poder hacer nada. Fracasaremos. No nos van a escuchar. Será lo mismo de siempre. Lo nuevo tiene siempre algo de lo viejo, mucho más de lo que nos gustaría. Por otra parte ¿lo nuevo es necesariamente mejor? A esto se le agrega el problema de que se ha exacerbado una cultura de la confrontación. Y finalmente, quien usufructúa de partidos anquilosados no cederá graciosamente terreno. La reorganización, debemos saberlo, será siempre una reorganización en conflicto.

En esta coyuntura política, la figura de Néstor Kirchner reúne hoy amplios consensos y acuerdos para proponer la normalización partidaria. En estos meses, se han propuesto fechas y formas de superación de la situación de intervención. El protagonismo que alcancen las bases partidarias en el proceso dependerá, en gran medida, de nuestra capacidad de movilización y de nuestra amplitud de criterio a la hora de aunar voluntades y gestionar disensos. Nos convoca una oportunidad de la que saldremos airosos si recurrimos a lo mejor de nosotros mismos.

* Bernaza es diputada nacional por el Frente para la Victoria, provincia de Buenos Aires.

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