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La noche del jueves 17 de Abril pude volver a comprobar por televisión que determinado periodismo tiene maneras de trabajar que, para no ser demasiado expresivo en mi apreciación, las tildaría de “llamativas”. Cuando citan como invitado a algún funcionario o ex funcionario oficial o a alguna persona con pensamientos afines al gobierno, le tienen preparado un escenario sugerente que da lugar a profundas suspicacias: Situación 1): Comparándola con las veladas de boxeo, pueden mandarlo al inicio del programa como “semi-fondo” para tratar de quitarle méritos a su presencia y que sus dichos vayan quedando olvidados con el transcurrir del espacio. Este “sistema”, utilizado con el mismo fin, fue una constante en la última campaña electoral a Presidente cuando con el “top” de la hora de la veda encima, solo había políticos opositores… Sucedió eso en el caso que me tocó ver el jueves 17, adonde un ex gobernador abrió el programa en un “mano a mano” con el conductor. Demostrando una templanza envidiable y una gran sapiencia sobre los temas tratados, el ahora diputado debió soportar una catarata de réplicas por parte del periodista que lo reporteaba, quien párrafo a párrafo iba refutando casi todas las palabras que como podía iba vertiendo el visitante (siempre tirando el entrevistador para el lado de “la contra”). Se tocaron temas inherentes al campo que el diputado conoce muy bien. Obviamente, sabiendo de su opinión sobre el Secretario de Comercio Interior, el conductor le pidió una reflexión sobre Moreno (aquí todo fue asentir)… Y también se habló del humo…En este aspecto el periodista puso exagerado énfasis en remarcar que “ya van diez días y el fuego sigue!!!”, pero del o de los criminales que encendieron las hogueras y de las serias dificultades que existen para combatirlas y/o extinguirlas, por sus enormes dimensiones y por la naturaleza del terreno: ¡Nada!. Situación 2): El reporteado participa de la “pelea de fondo” en un “ring” muy particular: Le toca “combatir” en desigualdad numérica y, para colmo, el conductor puesto en “árbitro” nunca lo deja exponer siendo ecuánime con los tiempos otorgados y a cada rato lo interrumpe para “limpiarle los guantes”. Mientras tanto los otros invitados (que siempre piensan igual que el mandamás) se van explayando a voluntad, acompañados por el asentimiento “cómplice” permanente del conductor. Para las dos situaciones queda todavía la “lectura de las tarjetas de los jurados”, traducidas en las reflexiones finales de quien manejó el espacio periodístico… “El fallo”, sin apelaciones, siempre le da la pelea perdida por escándalo al oficialista. Pero, eso sí, con una republicana explicación que no admite de ningún observatorio…
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