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Todos los castillos que hay sobre la tierra, antes fueron castillos en el aire

2-5-2008

Por Teresita Quintela

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Este sagrado Día Internacional del Trabajo, este primero de mayo de 2008, se nos presenta a los argentinos como un portal al cambio tan próximo e inminente que nos parece oír chirriar los goznes de la Historia.

En verdad, cualquiera sea el equilibrio de fuerzas que defina el mundo del futuro, podemos afirmar sin temor a equivocarnos que la República Argentina se convertirá en un relevante productor de alimentos para un planeta cuya demanda en este rubro ya crece en forma exponencial.

Sabemos que este enorme y fértil país nuestro, con su escasa densidad demográfica, deberá enfrentar el desafío de proveer los frutos de su tierra a países en ávido proceso de crecimiento, procurando agregar valor a sus exportaciones mediante las distintas ramas de la agroindustria.

También sabemos que, en caso de no responder con éxito a esta incitación histórica, nuestro país irá dejando su destino y su soberanía en manos de los grandes oportunistas de siempre, capaces de ocupar nuestros territorios y vaciarnos de nuestros recursos sin que apenas nos percatemos de ello.

Si bien los argentinos siempre estuvimos justificadamente orgullosos de nuestras capacidades individuales para el trabajo creativo, hoy debemos reflexionar sobre nuestra escasa predisposición para generar una auténtica cultura del trabajo.

El primer escollo visible es político. Sin unidad nacional, sin algún tipo de acuerdo básico que incluya a todos los argentinos por nacimiento o adopción, resulta difícil generar y mantener vivo el fuego del hogar patrio, la luz común a todos, el mito que alimenta el espíritu entre compatriotas. Con su abrumadora visión de futuro, el general Perón lo expresaba así, treinta y cinco años atrás: “Ya no se puede pensar con la pequeñez de los tiempos en que todos querían disfrutar y ninguno quería comprometer su destino ni su felicidad futura para asociarla a la de los demás. Es necesario pensar en grande, para el mundo dentro del cual realizaremos nuestro destino o sucumbiremos en la misma adversidad que sucumban los demás.”

El segundo escollo es el social. Los argentinos somos pocos en un gran territorio. Si la gran mayoría de los argentinos se dedicara encarnizadamente al trabajo productivo, aprovechando la generosidad de nuestra tierra, no tendríamos demasiado qué temer del difícil futuro que enfrenta el mundo. Sin embargo, la realidad es otra. La concentración de la población alrededor de las grandes urbes esteriliza el potencial activo y creador de nuestra gente, además de producir una feroz decadencia de la institución familiar y promover la desintegración social.

Por otro lado, las enormes burocracias estatales producen una alarmante tendencia al parasitismo en vastos sectores medios, que se apartan de toda concepción de mediano y largo plazo por la naturaleza misma de su forma de vida.

Ante todo ello, en este Día del Trabajador, juntémonos los argentinos para levantar las banderas del trabajo como aventura intelectual, del trabajo como camino espiritual, del trabajo como génesis de los valores humanos básicos: la solidaridad, la confianza, el amor al prójimo, la alegría del ser.

Es hoy cuando debemos percatarnos del inmenso trabajo que tenemos por delante.

Debemos imperiosamente hallar el modo de ser nosotros mismos, y ello implica un gran esfuerzo por afirmar nuestra identidad.

Debemos reconciliarnos todos sin condicionamientos, un logro difícil en esta sociedad que juega el juego peligroso de la continua desavenencia.

Debemos ponernos a la altura de esta oportunidad histórica de ubicar nuestros productos en medio de una sociedad global en expansión, y esto supone un gran entrenamiento para el esfuerzo y la imaginación emprendedoras.

Ya que algún día hay que empezar, que hoy sea el día.

Demos juntos un paso hacia delante, hacia el inmenso trabajo que nos espera. Nuestra Argentina ha superado en pocos años una crisis sin precedentes y ahora debemos reconstruir nuestra casa, ampliarla, ponerla en valor.

Este es el esfuerzo que les debemos a nuestros hijos, rehenes a veces de la desesperanza que invade el alma colectiva.

No temamos soñar una Argentina nueva. Como bien decían las abuelas de antaño, todos los castillos que hay sobre la tierra antes fueron castillos en el aire.
Soñemos juntos la nación del trabajo, la nación del acuerdo y la concordia.

Y se hará realidad.

*Teresita Quintela es Senadora Nacional por la Provincia de La Rioja.

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