EL INSENSATO CONFLICTO CON URUGUAY En el caso Botnia, se imponía una negociación reservada a nivel presidencial. Kirchner y Tabaré debían concederse, entre sí, lo mínimo necesario para que el conflicto se disipara y cada país resultara ganancioso. Prefirieron cortar el diálogo y echar nafta al fuego con palabras altisonantes y gestos desproporcionados. Tiene varios nombres. Hoy suele llamársela “diplomacia mediática”. El rótulo tradicional era “diplomacia de megáfono”. Los franceses hablan de la “diplomatie tapageuse”; es decir, escandalosa. Cualquiera sea la expresión elegida, implica un contrasentido. No es que la diplomacia signifique –como sugiere la acepción vulgar- hipocresía o disimulo. Puede ser muy franca, pero debe atenerse al origen de la palabra latina: diploma = documento oficial. En caso de conflicto, las partes deben, en lo posible, guardar silencio mientras no puedan documentar alguna coincidencia. Los discursos de barricada, las respuestas a boca de jarro y los actos teatrales son incompatibles con la verdadera diplomacia. Entre otras cosas, hacen difícil (o imposibles) las concesiones. Al inicio de una genuina negociación, las partes proclaman sus posiciones “de máxima”. A continuación, procede el “tira y afloja”. La negociación es exitosa cuando, tras consentimientos recíprocos, cada parte logra lo principal, sacrificando lo accesorio. Si se opta por la diplomacia de megáfono, se enardece al público y, al final, el sacrificio de lo accesorio es percibido como una rendición. Reducido a “todo o nada”, un conflicto se vuelve inmanejable, y perjudica a ambas partes; aun a la que parece conseguir “todo”. El costo del empecinamiento puede sobrepasar el precio de las indulgencias que no se otorgaron. En el caso de las mal llamadas “papeleras”, el canciller Jorge Taiana delineó, meses atrás, la estrategia original de la Cancillería. Lo hizo, ante la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado: No había que oponerse a las “papeleras” sino a la contaminación. Enunciada así, la posición argentina era inatacable. Se procuraría que Uruguay reubicara, al menos, una de las plantas, a fin de reducir el “impacto acumulativo”. Aquel objetivo ya se alcanzó. El proyecto Celulosa de M’Bopicuá (CMB), a cargo del Grupo Empresarial ENCE (España) no se realizará en Fray Bentos. Queda sólo el proyecto Orion, llevado adelante por Oy Metsä-Botnia Ab, de Finlandia. Se auspiciaría un plan binacional de protección ambiental, para reasegurar que el proceso industrial no afectara el ecosistema. Uruguay, en principio. aceptaría esto. Sin embargo, el Presidente Kirchner hizo suyo el slogan “No a las papeleras”. Ni Greenpeace se atreve a tanto. Como parte de una campaña mundial, iniciada en 1995, la organización ecologista quiere que la pasta celulosa se trate mediante el exótico proceso TLC (Totalmente Libre de Cloro); pero no se opone a la industria. En el caso de Fray Bentos, su cuestionamiento se centra en empleo del LCE (Libre de Cloro Elemental): el proceso más utilizado en todo el mundo, pero que no tiene riesgo cero. Enfundado en la bandera del ambientalismo extremo, el gobierno argentino rehusó la negociación con Uruguay. Prefirió ir la Corte Internacional de Justicia y pedir lo imposible: que se mandara a parar la construcción de las “papeleras”. Si se excluyen los dos votos “cantados” (pertenecientes a los jueces ad hoc que propusieron, respectivamente, la Argentina y Uruguay), caímos por 13 a 0. En un intento de justificar la derrota, el gobierno la atribuyó a los intereses de los países centrales, que estarían empeñados en librarse de industrias contaminantes. El fallo fue firmado por jueces del primer mundo (Estados Unidos, Gran Bretaña, Japón, Alemania, Francia), de potencias en reconstrucción (Rusia), de la periferia (Jordania, Madagascar, Sierra Leona, Marruecos) y, también, de América Latina: México y Venezuela. Todos coincidieron: la medida cautelar reclamada por la Argentina era improcedente. Con esa catástrofe judicial bastaba. Ningún funcionario sensato podía, después de tal resultado, aconsejar otra acción internacional. Sólo quedaba la negociación directa con Uruguay. Sin embargo, triunfó la imprudencia. El gobierno decidió llevar su protesta al Banco Mundial, imaginando que el organismo le negaría financiación al proyecto Orion. Era una fantasía: el Directorio del Banco Mundial no descalificaría la técnica que Estados Unidos y Europa aplican en sus propios territorios. De los 23 directores –que representan a los cinco continentes- sólo uno votó a favor de la Argentina: fue el argentino Alberto Camarasa. Hoy, como ayer, hace falta el tête à tête presidencial. Uruguay ha ganado, en La Haya y Washington; pero aún debe ganar, definitivamente, en Fray Bentos. La continuidad del conflicto afectaría la operación de la planta de Botnia y, en general, perjudicaría a la economía uruguaya. Entre otras cosas, una pugna con la Argentina –-que incluye medidas de acción directa, como el corte de pasos internacionales—provoca inseguridad jurídica, allá y aquí. Uruguay necesita normalizar las relaciones binacionales. La Argentina, por su parte, debe salir de la trampa en la cual se introdujo. Por ahora, el gobierno -luego de apabullantes derrotas en los foros internacionales que escogió- aparece tolerando el corte de puentes fronterizos: un bloqueo comercial a Uruguay que pone a la Argentina en clara la violación del derecho internacional. Hace falta, por lo tanto, el “teléfono rojo” entre Buenos Aires y Montevideo. Las señales, no obstante, son poco alentadoras. Al conocer la decisión del Banco Mundial, Kirchner tomó el megáfono y gritó que la de derrota argentina era atribuible a la “capacidad de presión" de Botnia. El Presidente se quejó de quienes hemos criticado la estrategia (o falta de estrategia) exhibida por su gobierno: “Es lamentable que se siga diciendo que la postura argentina fue equivocada. Han vuelto a ganar los intereses de Botnia y del Banco Mundial”, clamó. “Ganaron los intereses internacionales". Según el Jefe de Estado, esos intereses “ya han elegido a esta región como basurero de ciertas industrias”. Por eso, oponerse a las “papeleras” sería abrazar una “causa nacional”. A veces, la verba presidencial es incomprensible. Si Botnia y el Banco Mundial tuvieran los mismos intereses –los de un capitalismo salvaje, resuelto a exportar las industrias venenosas al tercer mundo- pedirle ayuda al Banco habría sido un despropósito. El enojo y la grandilocuencia, ¿no serían recursos para disimular el bochorno? En su fuero íntimo, ¿no estaría el Presidente programando una estrategia distinta? No parece. Además de lanzarse contra el Banco Mundial, también atacó al “intransigente” Tabaré Vázquez. El Presidente uruguayo no se quedó atrás. Apenas oyó vagos rumores (sobre la aparición de terroristas suicidas en la pacífica población de Gualeguaychú) recurrió a la parafernalia bélica y desplegó tropas en Fray Bentos. El diálogo entre presidentes ya no podía postergarse más. Había que detener la escalada. Pero no. Kirchner eligió un acto político, en San Andrés de Giles, para criticar a Vázquez. Con voz acongojada, dijo que la noticia sobre el envío de tropas a Fray Bentos le había “golpeado el corazón”. Subrayó que los argentinos “no nos merecíamos esta afrenta”. Suplicó: “Por Dios, no hay que perder la razón”. Pidió que no se utilizara el conflicto para obtener “réditos internos”. Exhortó a olvidar las “xenofobias del pasado”. Vázquez podría haber pronunciado un discurso equivalente en Uruguay. Lo inexplicable es que ambos presidentes no se digan estas cosas entre sí, en privado. Sin pelos en la lengua, pero con el afán de llegar a un acuerdo. Un símbolo del fracaso diplomático (y político) de ambos mandatarios, es la mediación de Juan Carlos de Borbón. Juan Antonio Yáñez no tiene que aproximar a Margaret Thatcher y Leopoldo Fortunato Galtieri. Debe vincular a dos presidentes que hablan el mismo idioma, piensan parecido y no tienen diferencias insalvables. La ventaja de Yáñez es que no habla ante cualquier micrófono y no procura ganar la primera plana del día siguiente. |