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Existe un parecido notorio entre unos y otros. Pero también diferencias sustanciales, que van desde el factor desencadenante, a la situación del poder vigente. Esas variaciones alcanzarían por sí solas para dar por tierra con toda hipótesis conspirativa atada a una protesta como la de los cacerolazos de este invierno 2008, contrastándolos con los del tórrido verano 2001/2002, que es de lo que estamos hablando.
Muchos análisis se han hecho respecto del fenómeno que acompañó a la caída de Fernando de la Rúa, aunque debiera tenerse en cuenta de entrada que eso fue lo que hicieron los cacerolazos: acompañar. Dar un marco estruendoso a un desenlace que sólo se produjo a partir de un sinnúmero de hechos, con uno ciertamente clave, vinculado estrictamente con la democracia: las elecciones legislativas de ese 2001.
En efecto, no fueron las cacerolas que comenzaron a sonar en la noche de ese farragoso 19 de diciembre las que marcaron la eyección del poder del presidente aliancista, sino una cadena de traspiés políticos y económicos que con un grave trasfondo social marcaron el irremediable desenlace. En ese marco, quienes abonan las teorías conspirativas le asignan a los saqueos iniciados en Rosario el 13 de diciembre -luego extendidos al conurbano bonaerense- un valor más decisivo en la huida en helicóptero que el que pudieron tener los cacerolazos que se prolongaron hasta la madrugada del 20 de diciembre de hace seis años y medio.
Pero fue el rotundo traspié electoral de la Alianza en octubre de ese año lo que marcó el inexorable final de una administración estruendosamente derrotada entonces, casi sin representación en esas elecciones caracterizadas por la irrupción de lo que se dio en llamar el “voto bronca”.
Una bronca que caracterizó los tiempos de entonces y que fue combustible de los cacerolazos generados por el fastidio de las clases medias respecto de un gobierno sin poder y de una clase política infinitamente desprestigiada.
El cerrojo puesto a las cuentas bancarias a partir del 1° de diciembre de ese año fue, en todo caso, la gota que rebalsó el vaso de una paciencia colmada.
El resultado electoral previo había cambiado no sólo el mapa político, sino también institucional. Un gobierno sin vicepresidente -alternativa formal de recambio-, casi sin defensores propios y con un oficialismo timorato en un Parlamento ya sin mayoría, quedó aún más acotado y dio pie a una reestructuración institucional que puso a un opositor en el primer escalón sucesorio, anticipando un desenlace para el que sólo hacía falta tiempo y al menos un elemento más que desencadenara el recambio.
En ese marco, las condiciones económicas eran catastróficas para la Argentina. El 5 de diciembre de 2001 el Fondo Monetario Internacional rechazaba concederle a la Argentina un desembolso de 1.264 millones de dólares previsto para diciembre, porque el país no había cumplido con las metas establecidas con la institución. Ni siquiera el ya devaluado Domingo Cavallo, que viajó a Washington para destrabar el crédito, consiguió el acuerdo.
La cuenta regresiva estaba en marcha desde hacía ya un tiempo y sólo faltaba confirmar cuantos números restaban para el estallido.
Todo esta revisión de antecedentes valen para aquellos -oficialistas, opositores e independientes- que el pasado 16 de junio sintieron revivir los peores fantasmas, cuando las cacerolas volvieron a sonar -como ya lo habían hecho dos días antes, y un par de veces más durante el prolongado conflicto con el campo-, previendo un desenlace similar al del penúltimo gobierno democráticamente elegido en las urnas.
Los fantasmas de las recurrentes crisis volvieron a agitarse, como si los finales pudieran ser siempre los mismos.
En rigor, debiera quedar claro que no existen demasiados paralelismos entre los cacerolazos de 2001 y los de 2008, más allá de ciertas similitudes. En esos tiempos de debacle, la clase media salió a la calle a aplaudir y acompañar a los otrora denostados piqueteros que avanzaban por la avenida Rivadavia rumbo a Plaza de Mayo, como ahora acompañó los cortes de ruta de los ruralistas. “Piquete y cacerola/ la lucha es una sola”, fue un hit que sonó en aquellos días, por supuesto sin prolongación en el tiempo.
Los antecedentes valen precisamente para exhibir las mismas diferencias entre una situación y otra. Hoy la economía muestra una solidez inversamente proporcional a la de entonces, amén de los nubarrones que pueden vislumbrarse, entre los cuales una inflación que amenaza desbocarse es una peligrosa espada de Damocles. Pero la endeblés de entonces sirve para resaltar la solidez actual.
El Gobierno kirchnerista viene de ganar ampliamente una elección hace poco más de medio año y cuenta con amplias mayorías en ambas cámaras. Como contrapartida, vale recordar que el mismo día de los cacerolazos contra De la Rúa, la Cámara de Diputados le votaba la derogación de los “superpoderes”. ¿Hace falta alguna otra diferenciación con la actualidad?
Puede que no, pero veamos otra más, contundente. Los cacerolazos de 2001 fueron la expresión de la desesperanza de una sociedad y el fastidio contra sus representantes. Acompañaron un tiempo en el que cobró fuerza la consigna “que se vayan todos”. Amén de los resultados que pueda haber tenido esa demanda no correspondida, el lema que acompañó la protesta de esta coyuntura fue diametralmente opuesto, al punto tal de que el elemento que le puso fin fue nada menos que la apertura del juego por parte del Gobierno nacional hacia el Parlamento.
Una cosa impensada hace seis años, cuando teníamos un Congreso sumido en el peor descrédito, con legisladores que debieron dejar de lado los trajes para no ser reconocidos en la calle, e ingresar presurosos y de incógnito al Palacio para legislar sin ser presa en el camino de la iracundia de algún ciudadano irascible.
Teníamos un Congreso que se ganó el desprestigio en medio de una crisis terminal en la que el escándalo de las supuestas coimas del Senado se cobró un vicepresidente y en gran medida las esperanzas en aquel gobierno aliancista.
¿Alguien podría haber imaginado entonces que en poco más de un lustro la ciudadanía estaría golpeando las cacerolas reclamando mayor institucionalidad, más democracia?
Tiene razón la Presidenta cuando dice que “no se gobierna un país con cacerolas y cortes de ruta”. Pero tal vez esos sean esos medios los que encuentren quienes advierten la inmovilidad de un poder frente a otro, al que ven sometido con el látigo, y respondiendo con pasividad y obediencia, en aras de una supuesta gobernabilidad.
Un Parlamento reflotado a partir de un simple discurso en el que se anunció el envío de una iniciativa que nunca debió haber recorrido otro camino, representa una oportunidad única para la política argentina. En lugar de un signo de debilidad, el Ejecutivo debería ver esa medida como la clave para destrabar una crisis que consumó buena parte del año e hipotecó vaya a saber cuanto del tiempo futuro.
Los ojos de todos están puestos hoy en los legisladores. Menudo compromiso para quienes se les suele reprochar andar por la vida sin un fin preciso. Pero así como éste es un momento para celebrar, el riesgo es también enorme. Porque de no quedar satisfechas las demandas de la ciudadanía, podrán volver las cacerolas, los cortes de ruta, el infierno tan temido y conocido, pero peor, ya sin expectativas.
¿Se debe entonces legislar para la tribuna, o en aras del bien común? La respuesta es obvia, pero simplemente deberá estar acompañada por una exhibición contundente de autonomía de parte del Poder Legislativo. Una muestra de que el trabajo, las discusiones y el respeto por las ideas y el debate tienen un espacio en el Palacio de las Leyes.
Si la gente se queda con la sensación de que el disenso no tiene espacio, que la democracia se maneja según el humor de los gobernantes y sin red, tal vez hayamos perdido la última oportunidad, y ahí sí las cacerolas suenen de manera muy diferente.
Cristina y las cacerolas de 2001
Como todos los políticos, los Kirchner se sintieron mortificados por los cacerolazos y en esos días encontraron como nunca en su provincia la paz que escaseaba en Buenos Aires. Cristina particularmente se sintió impactada por el movimiento de las cacerolas. Le pareció algo nuevo, espontáneo y hasta positivo, pero circunscribe esa apreciación a las manifestaciones masivas del 19 y 20 de diciembre, y también al cacerolazo que debió soportar el fugaz gobierno de Adolfo Rodríguez Saá.
La senadora entendía que el que se vayan todos tenía que ver con la región metropolitana, sin repetirse en otros distritos ni provincias donde los gobiernos contaban con un gran consenso.
Si bien llegó a decir que los cacerolazos no habían servido, Cristina reivindicaba las plazas del 19 y 20 de diciembre, pero advertía que las asambleas barriales fueron copadas después por la ultraizquierda que quería convocar a una asamblea constituyente para discutir qué país hacer, y eso hubiera demandado cinco años de discusiones. De ahí que con su esposo promoviera darle fuerza institucional al grito histérico del que se vayan todos con ese proyecto para reelegir todos los cargos.
(Párrafos del libro Cristina K. La dama rebelde, de José Angel Di Mauro)
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