Por Pablo Winokur
El debate lo abrió el gobernador de Santa Fe, Hermes Binner. Y tal vez, lo cerró -por un tiempo, al menos- el vicepresidente Julio Cobos, cuando dijo que su voto no era positivo.
Binner había expresado que el conflicto entre el Gobierno y el campo demostraba que “esta forma de gobernar está llegando a su fin”, y que se debería pasar de un sistema hiperpresidencialista -como el que tiene la Argentina- a uno “más participativo, de tipo parlamentario”, como en las democracias europeas.
No es la primera vez que esto se plantea en el país. De hecho, la figura del jefe de Gabinete, fue un intento fallido por parlamentarizar el sistema.
Primavera democrática
En todo América Latina se debatió el tema. Se decía que el presidencialismo generaba sistemas políticos débiles. Fue en los 80, cuando la región comenzaba a abandonar los regímenes militares autoritarios y comenzaba el período que se dio en llamar “transición democrática”.
En ese entonces, comenzó a escucharse una hipótesis que en resumidas cuentas decía lo siguiente: en los sistemas presidenciales, cuando hay una crisis, no hay forma de resolver los conflictos. Dado que los mandatos son rígidos -cuatro o seis años-, si se produce algún problema en la gobernabilidad, la única forma de resolver el conflicto es interrumpiendo la constitucionalidad.
En cambio, en un sistema parlamentario el Gobierno subsiste mientras tenga mayoría en el Congreso. Son los legisladores los que eligen, entre uno de ellos, quién será el jefe del Gobierno. Si hay una crisis, el Primer Ministro se muere, es demasiado lento para resolver los problemas o está tomando una tendencia que no les gusta a los legisladores, éstos le pueden revocar el mandato y nombrar en su lugar a otro. Por lo tanto, si -por ejemplo- en 1976 hubiera habido un sistema parlamentario, sólo hubiera sido necesario que se juntara el Congreso, destituyera a Isabel y eligiera a otro entre sus miembros para reemplazarla. Así no se habría quebrado el orden institucional.
Quienes sostenían esta hipótesis planteaban una verdad hasta entonces irrefutable: un solo país presidencialista en el mundo logró mantener la institucionalidad sin que medien rupturas: los Estados Unidos. Todos los demás padecieron algún quiebre. La idea era que reemplazando el sistema, se generaría una mayor estabilidad y mayores consensos entre la clase política. Esta discusión de los 80 llegó a su máximo punto cuando el entonces presidente Raúl Alfonsín creó el Consejo para la Consolidación de la Democracia, un órgano formado por un grupo de notables que debatía el modelo político para la Argentina que se venía. Allí se había propuesto establecer un modelo semiparlamentario, que había sido consensuado entre los dos principales partidos políticos. Pero el sueño de terminar con el presidencialismo se terminó con la victoria de Carlos Menem sobre Antonio Cafiero en la interna del PJ. Hubo que esperar a la Constitución de 1994 para establecer algunas reformas que muy lejos quedaron de lo que buscaba Alfonsín.
Cáscara vacía
En 1994 se generó un híbrido: el jefe de Gabinete. Los radicales trataban de imponer la figura del primer ministro; a cambio, el peronismo les concedió solamente la figura del jefe de ministros, una persona elegida por el Presidente pero que tiene algunas responsabilidades ante el Congreso: ir una vez por mes a presentar un informe y llevar al Palacio Legislativo -cual cadete- el proyecto de ley de Presupuesto, entre otras cuestiones.
El Congreso puede censurar a esa persona si reúne los dos tercios de los votos en cada cámara. Dicho de otra manera, si se consiguen 172 votos en Diputados y 48 en el Senado, se puede expulsar a Alberto Fernández de su cargo. Pero no sólo es casi imposible obtener ese número, sino que además, en caso de conseguirlo, no se soluciona el problema, dado que el Congreso no puede imponer a otra persona en el cargo. En definitiva, un jefe de Gabinete incapaz de resolver sin el aval presidencial, terminó siendo una figura decorativa: importante en cuanto ministro, pero sin poder real ni independencia política.
No es el sistema
A principios de los 90, cuando algunos impulsaban el fin del presidencialismo, otros salieron a contradecir y explicar que en realidad ese sistema no era tan malo. ¿Pero cómo? ¿No era que en el único lugar donde funcionaba era en Estados Unidos? Los defensores del presidencialismo salieron a aclarar otra verdad que tampoco puede ser negada: el sistema presidencial sólo fue probado en el continente americano y el único país desarrollado que lo implementó fue Estados Unidos; en cambio el parlamentarismo funcionó en muchos países, justamente porque se implementó en naciones desarrolladas. Según estas posturas, entonces, el problema de la inestabilidad política en la región no era el presidencialismo sino las condiciones socioeconómicas. De hecho, ¿resultaron políticamente más estables las ex colonias británicas de Africa que adoptaron el parlamentarismo? Incluso en países desarrollados, como Italia o Francia, no generó mayor estabilidad, sino todo lo contrario.
Dos reconocidos autores, Scout Mainwaring y Matthew Shugart, señalaron que el presidencialismo también tiene ventajas:
* Da más opciones para los votantes. Como no eligen sólo para un cargo, sino para varios, se puede votar a Cristina Kirchner como presidenta, pero a la Coalición Cívica como diputados, para balancear el sistema.
* Da mayor responsabilidad e identificabilidad. En el sistema parlamentario no se vota a una persona sino a un espacio. Perfectamente puede pasar que, por ejemplo, dos partidos se unan y terminen ungiendo como primer ministro a alguien que el electorado no hubiera votado.
* Independencia del Poder Legislativo. El Congreso en el sistema presidencial puede legislar por su cuenta, sin que eso tenga injerencia en la supervivencia del Gobierno.
* Espere su turno. Como los mandatos son fijos, los oponentes siempre tienen que esperar a que el presidente en funciones termine su período o apostar por una ruptura institucional. En cambio, en sistemas parlamentarios los gobiernos pueden durar meses.
* Impide que el ganador se lleve todo. Un partido puede perder la presidencia pero ganar en el Congreso. En el parlamentarismo el que gana se lleva todo, y el otro queda en el freezer.
“La prueba la tenemos palmariamente con lo que está ocurriendo ahora”, dijo Binner respecto al conflicto entre el campo y el Gobierno. Según su postura en el parlamentarismo hay “más fusibles” para defender al sistema, en cambio en “en nuestro medio, cuando tenemos un problema, todo el mundo apunta a una sola persona”, haciendo referencia al Presidente.
Puede que el parlamentarismo sea mejor. Pero los sistemas no se aplican en el vacío. Los estudiosos de la política comparada encontraron que ni el parlamentarismo ni el presidencialismo generarán por sí mismos las condiciones para sentar las bases de instituciones más sólidas o diálogos más fecundos. La clave no la hace el sistema sino la cultura de los países en que se implementan.
Tal vez -y sólo tal vez- el voto “no positivo” de Cobos y de otros legisladores, haya significado un cambio más importante que cualquier modificación de la forma de Gobierno. Porque la clave no está en los sistemas, sino en las prácticas. |