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Para algunos comenzó con el menemismo. Para otros especialistas en la materia siempre los partidos políticos aceptaron que sus dirigentes o legisladores sean candidatos por distritos diferentes donde dieron sus primeros pasos, o algunos casos que nunca conocieron.
Tal vez, el primer episodio se dio al comienzo del regreso de la democracia, cuando el gentleman Julio Amoedo, en función del vínculo que lo unía con el histórico caudillo del peronismo catamarqueño Vicente Leónidas Saadi, se alzó con una banca en la Cámara alta, lo que lo obligó a conocer y visitar más seguido a la provincia que representaba.
El de Amoedo es, sin lugar a dudas, uno de los casos más emblemáticos de las mutaciones distritales de los dirigentes. Hubo luego diferentes casos resonantes, como ahora el de Daniel Scioli. Cuando todo indicaba que el vicepresidente sería el candidato del Frente para la Victoria en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, cambió de aires y de domicilio, y se mudó al partido del Tigre. No por voluntad propia, sino para encabezar la fórmula a la gobernación de la provincia de Buenos Aires por el oficialismo, de acuerdo con lo resuelto en el principal cuartel de campaña K.
Razones de peso
La principal razón que esgrimen quienes se cambian de domicilio para ser candidatos es que se trata de una necesidad que demanda el ejercicio del poder. Otros apelan a relucir sus partidas de nacimientos para justificar el cambio. En ambos casos, ya sea vía cambios de domicilio o vía partidas de nacimiento, reflejan una tendencia que en los últimos años se ha agudizado y que las protestas de la oposición no tienen eco en la Justicia Electoral, la que a la larga termina legalizando esa modificación.
Un ejemplo de ello es la senadora y primera dama, Cristina Fernández de Kirchner, quien ocupó una banca en la Cámara baja y después en la Cámara alta, en representación del peronismo santacruceño y en las últimas elecciones fue electa senadora nacional por la provincia de Buenos Aires, propuesta por el Frente para la Victoria, derrotando a Hilda González de Duhalde.
En rigor, lo que está en análisis es el límite que tiene un legislador o dirigente partidario para acomodar sus pretensiones electorales, según sus conveniencias personales o en la mayoría de los casos porque es una demanda de la fuerza política que integra, como es el caso de Scioli y de Cristina de Kirchner.
En nombre del impiadoso ejercicio del poder mutan de distrito merced a los vidriosos artículos de los códigos electorales, los que carecen de una fortaleza jurídica para impedir estos cambios.
Claro que no son los únicos casos. Seguramente, cuando se conozcan las listas de candidatos para las elecciones de este año, va a haber más de una sorpresa. Lo que se demandará para más de una presentación judicial y para las chicanas de un juego en el que todos participan. |