El próximo miércoles 15 de febrero habrá una movilización a Plaza de Mayo para reclamar por la derogación de la Ley Antiterrorista.

Adiós a un demócrata

4-4-2009

A los 82 años falleció el primer presidente democrático de la Argentina post-dictadura. Su historia y el reconocimiento de quienes fueron sus amigos y adversarios.

Difícilmente una persona, un líder político, pueda causar tantas adhesiones como las que se vivieron desde el lunes 30 de marzo (cuando se conoció que estaba muy mal de salud). Miles de personas se acercaron a despedir los restos del rebautizado “Padre de la Democracia”, Raúl Alfonsín: primero a su departamento de la calle Santa Fe y luego al Congreso de la Nación (mayor símbolo de la democracia). Cosas de la historia: el hombre que tuvo que renunciar a la Presidencia, jaqueado por la hiperinflación, criticado por las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, por el Pacto de Olivos, hoy es homenajeado por propios y ajenos. Casi todo el arco político se aprestó a darle el último adiós.

Raúl Alfonsín nació en Chascomús el 12 de marzo de 1927. Se recibió de abogado en La Plata y allí comenzó su actividad política en el Movimiento de Intransigencia y Renovación de la Unión Cívica Radical. En 1954 tuvo su primer cargo electivo como concejal de su distrito de origen. En 1958 fue electo diputado provincial en Buenos Aires y en 1963 se lo votó como diputado nacional, cargo que debió abandonar con el golpe militar de Juan Carlos Onganía, que derrocó al presidente Illia. En 1965 sería elegido presidente del Comité provincial de la UCR.

Durante la denominada Revolución Argentina (la dictadura de Onganía) Alfonsín fundó el Movimiento Renovación y Cambio dentro del radicalismo, que promovió un acercamiento de este partido a fuerzas de centro izquierda. Allí comenzó una importante disputa política con el histórico líder radical Ricardo Balbín, quien tenía un pensamiento más conservador. En 1973, con la vuelta del peronismo al poder, Alfonsín volvía a su rol de diputado nacional, mandato que tampoco culminaría: el 24 de marzo de 1976 se producía el golpe militar más sangriento de la historia argentina.

El Congreso quedaría cerrado hasta 1983, cuando él mismo sería el encargado de reabrirlo.

Durante el Proceso, fue fundador de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, junto a distintas personalidades de la política y la sociedad civil como Adolfo Pérez Esquivel, Alfredo Bravo, Oscar Alende, Alicia Moreau de Justo, el obispo Jaime de Nevares, entre otros. La APDH se encargaba de defender los derechos humanos ante la represión ilegal del gobierno de facto. Cabe destacar que mientras estos políticos se oponían al régimen dictatorial, otros participaron como funcionarios o apoyando tácitamente a ese gobierno. También durante el Proceso fue de los pocos dirigentes que se opusieron a la guerra de Malvinas.

Estas posiciones críticas fueron justamente las que hicieron que en 1983 se alzara con la presidencia de la Nación, con el 51,7% de los votos frente al 40,1% del peronismo, encabezado por Italo Lúder. Por primera vez el radicalismo vencía en las urnas al peronismo que, sin su histórico líder, estaba sumido en una feroz interna y había quedado a los ojos de la sociedad como un símbolo de la violencia de los 70.

El 10 de diciembre de 1983, Raúl Alfonsín asumía como Presidente. Así concluía su discurso de asunción ante la Asamblea Legislativa que lo proclamaba como primer mandatario.

La presidencia de Alfonsín tuvo sus idas y venidas. Se enfrentó con importantes desafíos. El más trascendente, el de consolidar la democracia. En el medio hubo importantes aciertos y desaciertos. Entre los primeros se pueden anotar los juicios a las Juntas, la sanción de la ley de divorcio, la paz con Chile; entre los tropiezos, la dificultad para sancionar una nueva ley sindical o resolver la crisis económica que vivía la Argentina. En el medio queda la duda sobre si las leyes de Punto Final y Obediencia Debida fueron aciertos que permitieron consolidar la democracia o errores que sellaron la impunidad.

Debió abandonar la presidencia unos meses antes de concluir su mandato, el 8 de julio de 1989.

Durante los años posteriores tuvo una presencia clave en la vida política argentina. Selló el Pacto de Olivos con Carlos Menem que fue la puerta para la reforma constitucional de 1994. Ayudó en la conformación de la Alianza entre la UCR y el Frepaso que permitió que el espacio llegue al poder en 1999. Fue una pieza fundamental en el apoyo de la UCR al gobierno de transición de Eduardo Duhalde durante la crisis de 2001/2002.

Su último cargo electivo fue como senador en 2001, cuando obtuvo el 15% de los votos, muy por debajo de Duhalde, a quien luego apoyaría para que asumiera la presidencia. En junio de 2002 renunció a esa banca. Eran épocas difíciles para ser senador: el Congreso estaba jaqueado y había recibido algún escrache en la puerta. Además en esos días circularon fotos sacadas desde el palco de la Cámara alta, en que Alfonsín leía un papel que recomendaba cajonear a un juez. Si bien el mensaje de ese papel no parecía tener sentido, el tema generó un desgaste sobre su figura.

Esa fue la última participación formal en la política argentina, aunque siguió siendo influyente hasta último momento.

Todo el arco político argentino destacó su figura al conocer que había fallecido. La presidenta Cristina Kirchner, lo recordó como “un hombre con convicciones, muchas veces con diferencias con nosotros, pero con mucha convicciones, eso es lo que es digno de respetar, un hombre que defendía a rajatabla sus convicciones, es algo muy valorable”.

En consonancia con su mujer, el ex presidente Néstor Kirchner opinó que pese a las “profundas diferencias” fue “un hombre de muy fuertes convicciones al que los argentinos van a reconocer” porque “encabezó el proceso democrático a partir de 1983, pero además el juicio a las juntas militares fue un parangón histórico que le deberán reconocer”.

Vale cerrar esta pequeña crónica, este pequeño homenaje con el propio cierre que Alfonsín pronunció el día de su asunción como Presidente. “Todos somos humanos y falibles, pero esta vez contamos con muy poco espacio para el error o la flaqueza. No debemos fallar. No fallaremos. Y si al cabo de nuestros mandatos hemos cumplido con aquellos grandes fines del Preámbulo de la Constitución (…) nada tendremos que envidiar a los grandes personajes de nuestra historia pasada, porque esta generación, la nuestra (…), habrá merecido de su posterioridad el mismo exaltado reconocimiento que hoy sentimos nosotros por quienes supieron fundar y organizar la República”. Raúl Alfonsín (1927-2009).

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