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Primero fue el Partido Intransigente, con el mítico Oscar Allende. Luego el voto giró radicalmente (sin hacer referencia a la UCR) y de la centroizquierda fue a la centroderecha. En 1989, la UCeDé de Alvaro Alsogaray escalaba al tercer puesto detrás del peronismo y el radicalismo. La UCeDé cayó, tal vez licuada al interior del PJ menemista. Y comenzó a crecer el Frepaso, un conglomerado de partidos encabezado por el Frente Grande, que también supo albergar al socialismo, al PAIS (de José Octavio Bordón), entre otros.
El Frepaso llegó a salir segundo en la elección de 1995, que diera su segundo mandato a Carlos Menem. Luego se alió con el radicalismo para conformar la Alianza y terminó licuado en el medio de un gobierno que duró apenas dos años. Hoy los hombres y mujeres de aquel Frepaso militan mayoritariamente en el Frente para la Victoria. Es decir, que entre el radicalismo y el peronismo, se encargaron de terminar con aquel proyecto creado por Chacho Alvarez. Este último también tuvo responsabilidad en la licuación de su propio partido: si no hubiera renunciado a la vicepresidencia, tal vez hubiera asumido como primer mandatario el 20 de diciembre de 2001 y otra sería -tal vez- la historia de su partido.
La política argentina se dirimía entonces entre el radicalismo y el peronismo, con una tercera fuerza que primero fue de centro izquierda (el PI), luego de centro derecha (la UCeDé), después volvió a la centroizquierda (Frepaso) y luego -cuando éste se alió con la UCR y ganó la elección del 99- apareció otra tercera fuerza como fue Acción por la República, el partido de Domingo Cavallo, que llegó al 10% de los votos y terminó diluyéndose cuando su líder desembarcó en el gobierno de la Alianza.
Y a partir de ahí la historia cambió. Desde 2001 para acá hubo varios intentos de terceras fuerzas, que hasta podrían ser consideradas segundas, dado el ocaso del radicalismo. Pero veamos un poco qué pasó.
Explosión total
En 2001 las fuerzas políticas nacionales estallaron. Por empezar, el radicalismo, luego de su fracasado gobierno. Y luego el peronismo, que si bien estaba en el poder, se había convertido en tres partidos: uno encabezado por Carlos Menem, otro por Adolfo Rodríguez Saá y el último por la dupla Eduardo Duhalde/Néstor Kirchner. Luego de las elecciones de 2003, esos tres sectores quedaron en una situación difusa, más aún luego de que se fracturara la alianza entre Duhalde y Kirchner. Hoy el estado del justicialismo, como partido, es un misterio.
El radicalismo finalmente no estaba tan muerto como se creía. Desde Buenos Aires se lo vio así, pero no se tomó en cuenta que el partido centenario aún es fuerte en las provincias. De hecho, hasta el día de hoy -a seis años de 2001- retiene seis gobernaciones y 38 bancas en Diputados y 17 en el Senado. Claro que muchos de esos hombres y mujeres responden al radicalismo K.
También del radicalismo se habían desprendido en su momento dos columnas vertebrales de las “terceras fuerzas” que se crearon a partir de la crisis de 2001: Elisa Carrió y Ricardo López Murphy.
Las terceras fuerzas a partir de 2001 fueron difusas porque no se termina de saber incluso si el radicalismo no es una “tercera fuerza”, dado que salió sexto en la última presidencial. Pero a nivel parlamentario, básicamente surgieron dos grupos. El primero fue el ARI, encabezado por Elisa Carrió, que comenzó siendo una alianza entre ex radicales, socialistas y frepasistas, todos desencantados con el gobierno de la Alianza.
En su primera elección obtuvo un 17% de los votos en Capital Federal y un 8% en la provincia de Buenos Aires. En este distrito se consolidaba también como tercera fuerza el Polo Social de Luis Farinello, que no llegó demasiado lejos y hoy es una vertiente kirchnerista. Fuera de esos dos lugares y Córdoba, el ARI casi no existió.
Luego, en 2003 -ya fracturado del socialismo-, el ARI presentó la candidatura presidencial de Elisa Carrió. Quedó quinta, con el 14%.
Resultado que no pudo repetir en las legislativas de ese año. Sin hacer una mala elección, consiguió un 9% en la provincia de Buenos Aires. En Capital hizo una alianza con el ibarrismo que terminó licuando su chance de ingresar legisladores, culpa de la denominada “lista sábana horizontal”. En 2005, con Carrió encabezando quedó segunda con el 20% de los votos.
La centroderecha tuvo dos intentos que luego se juntaron: Mauricio Macri y Ricardo López Murphy. Este último hizo una excelente elección presidencial en 2003, quedando tercero con el 16%. Tampoco pudo repetir en las legislativas. En Buenos Aires sólo consiguió el 4,4%; en Capital, tampoco pudo hacer pie en una alianza fallida con Patricia Bullrich, que no le permitió ingresar legisladores.
Por su parte en esas mismas legislativas de 2003 -que se hicieron en simultáneo con las de jefe de Gobierno porteño- Mauricio Macri salió primero y logró introducir cinco diputados (dos de los cuales migraron al peronismo).
Ya juntos los dos referentes, en 2005 Macri fue candidato por la Capital y López Murphy por la provincia. El primero obtuvo el 30% de los votos; el segundo el 7%.
¿Por qué es tan difícil construir una nueva fuerza política en la Argentina? ¿Por qué no se puede repetir en este país la experiencia del PT brasileño o el Frente Amplio uruguayo? Ambos países supieron construir desde abajo una fuerza política que -con independencia de otros partidos- se constituyeron, crecieron y perdieron en numerosas oportunidades hasta que llegaron al poder. Los ejemplos merecen ser mirados, no por la tendencia ideológica de estos espacios políticos sino por la interesantísima forma en que se crearon.
¿Por qué en la Argentina no se puede repetir? Vale observar los ejemplos de las “terceras fuerzas” que se mencionaban al principio de la nota; ¿qué tienen en común todos ellos? Las principales similitudes se dan en las características de esos partidos. Se trata de espacios con ideología diversa -desde derecha a izquierda- principalmente urbanos y con un único líder visible con alta ponderación entre la opinión pública. Oscar Allende, Alvaro Alsogaray, Carlos “Chacho” Alvarez y Domingo Cavallo eran los referentes de esos proyectos.
El problema de todos ellos es que ninguno logró generar cuadros dirigenciales por fuera de su liderazgo. Sea por el egoísmo de no permitir que nadie les hiciera sombra o por simple incapacidad, ninguno de esos líderes logró formar “herederos” para el momento en que su popularidad ya no estuviera en alza. Es decir, muerto el perro, se acabó la rabia. Por otro lado, no sólo no supieron construir herederos, sino que tampoco supieron dar un lugar a un segundo que los pueda cubrir: sólo Chacho Alvarez logró fogonear a Graciela Fernández Meijide, quien incluso llegó a pre-competir por las presidenciales de 1999.
Los problemas en el liderazgo político de esas terceras fuerzas son una de las principales causas de su deterioro. Todos quisieron seguir manejando por siempre los hilos del poder de sus partidos, y se encargaron de tapar a todo aquel que levantaba un poco la cabeza. Tal vez el Frepaso fue el que más cerca estuvo de revertir esto, pero por otros problemas no pudo llegar a concretarlo.
Otra causa de las dificultades de consolidación de las terceras fuerzas tiene que ver con la cooptación por parte de los grandes partidos. Veámoslo más claramente. El principio del fin del PI se dio cuando éste pactó con el PJ el acompañamiento de la fórmula Menem-Duhalde. El fin de la UCeDé se dio porque sus cuadros se acoplaron por completo al gobierno de Menem. El Frepaso terminó deglutido por la UCR y la pésima gestión de la Alianza. Y Acción por la República, el partido de Cavallo también pereció por la última gestión de su líder en el Ministerio de Economía: de alguna manera también fue diluido por el efecto de la Alianza.
La última causa de la no consolidación de las terceras fuerzas tiene que ver con que éstas se consolidaron como movimientos políticos meramente urbanos. ¿Por qué se da esto? Por dos factores. El primero es la falta de arraigo de estos partidos que basan su éxito en los perfiles mediáticos de sus líderes, pero que no tienen la estructura para llegar a los lugares más alejados del país. Incluso cuando de alguna manera logran poner una unidad básica no tienen los recursos materiales para proveer incentivos selectivos a los militantes son casi nulos.
Y el segundo factor de la falta de llegada fuera de las grandes urbes tiene que ver con un tema de ingeniería electoral, que podría ser definido como la “ausencia de listas sábanas” o sistema proporcional en los distritos chicos. Un tercer partido que obtiene el 10% de los votos en la provincia de Buenos Aires (donde se disputan 35 bancas), gana 5 escaños; en cambio un tercer partido que obtiene el 25% de los votos en Catamarca, por ejemplo, no logra hacerse con ningún escaño.
No poder acceder a una banca disminuye los incentivos tanto para militar en el partido a nivel local (al no acceder a cargos públicos también se complica obtener recursos para financiar el partido y sus actividades), como para votar a candidatos que no llegarán nunca a ocupar un lugar en el Congreso.
Ausencia de liderazgos participativos, cooptación por parte de los partidos mayoritarios y dificultad para constituirse como partido nacional, fuera de las grandes urbes, parecen ser las limitaciones a estas fuerzas que tienden a perecer.
Futuros
El futuro de las nuevas terceras (el ARI y el PRO) fuerzas vuelven a ser difuso, tal vez por las mismas causas que desaparecieron las anteriores. El ARI, ya sin su principal referente entre sus filas permanece en una situación de indefinición. La “Coalición Cívica” que promueve Carrió no termina de convencer y ya se empiezan a sentir las primeras grietas (en realidad las segundas, si se tiene en cuenta de que más de la mitad de sus dirigentes migraron en su momento al kirchnerismo). Además Carrió anunció que será su última elección. ¿Podrá sobrevivir el ARI sin su líder?
En el PRO la situación no es mejor. Macri decidió competir por la jefatura de Gobierno porteña, y con eso le dio un matiz distrital al partido. Para salvarlo, López Murphy ya lanzó su candidatura presidencial por ese espacio, pero Macri aún no le da su respaldo, mientras coquetea con Lavagna.
Si Macri se va con el ex ministro, López Murphy abandona el espacio, con lo cual el PRO tampoco sobreviviría como tal. Máximo podría ser un partido vecinalista, si es que Macri gana en Capital.
Sea como fuere la suerte de las terceras fuerzas en la Argentina, nunca fue la mejor. Habrá que ver si a partir de liderazgos sólidos alguna de ellas logra llegar a consolidarse en el tiempo. Por ahora, no parece ser el caso del ARI ni del PRO. Aunque no está dicha la última palabra.
Pablo Winokur
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