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Postales de la territorialización

16-4-2007

Por Julio Burdman

¿Qué tienen en común las recientes elecciones de gobernador en varias provincias, la caída de Maza en La Rioja y la crisis en Neuquén? Que en todos estos casos pudimos ver que las cuatro paredes de la acción política en Argentina están en las provincias, o en los municipios, pero ya no la Nación.

La aparente novedad, es que se acabaron los grandes partidos políticos nacionales. El radicalismo, muy diminuido su caudal, se divide entre diferentes opciones, y el neoperonismo, aunque predominante, se parece cada vez más a una confederación de movimientos provinciales, y cada vez menos a un partido político. Lo único que une es la Presidencia. Las otras fuerzas (ARI, Compromiso para el Cambio, Socialismo, Recrear) tienen presencia concentrada en algunos distritos, pero, como los viejos movimientos provinciales, no alcanzan a ser partidos de alcance nacional. Y en todos los casos, la lógica política esta definida por las estrategias localistas.

La política argentina de hoy está casi tan provincializada como hace 180 años. El sistema político nacional es apenas algo más que la agregación de los arreglos entre los subsistemas locales y la Presidencia, una especie de locomotora que arrastra a los vagones provinciales en el tren del federalismo fiscal. El balance de poder nacional, es una agregación de balances electorales en las provincias. Cada una de ellas enfrenta una trama política propia de la que emergen gobernadores que, una vez en el cargo, se convierten en embajadores plenipotenciarios de sus estados periféricos ante la Presidencia central.

Esta descripción no debería sorprender, considerando que la lucha política del siglo XIX se ocupó de la dicotomía entre un Estado nacional que buscaba centralizar funciones, y las provincias que querían mantener la autonomía política –unitarios y federales. Sin embargo, durante buena parte del siglo XX, conocimos en Argentina momentos de nacionalización de la política: el liderazgo peronista, la “columna vertebral” del sindicalismo, o la estructura partidaria del radicalismo, los permitieron. Pero ya no están. ¿Qué pasó?

Muchas causas (económicas, políticas, sociales) forman parte de la explicación, pero entre ellas se destaca la crisis de los partidos políticos que estalla durante la gran crisis económico-social de 2001. El colapso del radicalismo, un partido que en 1983 y 1999 supo reunir la mitad de los votos nacionales, y en las presidenciales de 2003 apenas arañó el 2%, es una de las claves. Y el peronismo, cuyo nivel de institucionalización partidaria es históricamente bajo, se vio ocupante del centro del sistema, en un momento en que apenas si podía con su propia interna.

Los partidos, entonces, son el núcleo del problema. Recién en las elecciones de 2007, el peronismo vuelve a reconocer un único liderazgo, pero su organización partidaria sigue acéfala y el no-peronismo continúa fragmentado. Ante la ausencia de estas fuerzas nacionalizadoras de la política argentina, la vida de las provincias se concentra en su propia dinámica. Los modelos políticos provinciales se diferencian de la Constitución Nacional: tendencias como la separación de las fechas electorales o los intentos de incorporar la reelección indefinida, son una muestra de ello.

Pero hay otro aspecto, en el que el divorcio entre política provincial y política nacional es más evidente, que es la debilidad del hilo que une a los dirigentes políticos entre sí.

- En las elecciones de gobernador en Catamarca (11 de marzo) y Entre Ríos (18 de marzo), se votó en forma anticipada al calendario electoral nacional por los cargos ejecutivos y legislativos locales. En la mitad de los distritos, de hecho, se vota para gobernador entre marzo y septiembre, mientras que las presidenciales y la otra mitad de las votaciones provinciales tienen lugar el 28 de octubre. Ambos comicios, Catamarca y Entre Ríos, se caracterizaron por una oferta electoral de gobierno y oposición en el contexto provincial, pero que acusaba en ambos casos la adhesión al Presidente a nivel nacional. En Catamarca, el 94% de los votos se dividió entre dos alternativas oficialistas: el Frente Cívico – Frente para la Victoria (que apoyaba la reelección del gobernador radical Eduardo Brizuela del Moral) y el Frente Justicialista (que respaldaba al diputado Luis Barrionuevo). En Entre Ríos, un candidato opositor al Presidente, de origen radical, sorprendió al obtener el 22% de los votos, otras tres fórmulas que en mayor o menor medida decían apoyar a Kirchner (el Justicialismo vencedor, el Frente para la Victoria y la Concertación Entrerriana) sumaron el 70% del apoyo. En la próxima provincia, Río Negro, que tendrá elecciones en mayo, el escenario será el mismo: la elección se polarizará entre el radicalismo K (Saiz) y el Justicialismo (Pichetto).

- La suspensión de Angel Maza en La Rioja (12 de marzo) es un espejo inverso de los anteriores. Las fuerzas políticas de la provincia, todas de origen peronista que reclaman la adhesión al Presidente, se realinearon detrás de la pelea por el poder desatada entre el Gobernador depuesto y el Vicegobernador en funciones –Beder Herrera. Ambos esperaban la intervención directa del gobierno nacional pero éste prefirió que las cosas decanten dentro del distrito. Beder Herrera ganó la partida en la Legislatura y se prepara para consagrar su victoria en las elecciones anticipadas de gobernador del 29 de julio.

- Y la crisis que afecta a Jorge Sobisch en Neuquén (4 de abril), a partir de la trágica muerte del docente neuquino Carlos Fuentealba durante la represión de una manifestación por reclamos salariales, no sólo muestra que en la Argentina contemporánea, la tolerancia a la acción policial es muy baja (lo que crea varios problemas), y que los gobernantes son severamente cuestionados cuando hay muertes en protestas sociales. También, la volatilidad de los acuerdos políticos entre líderes de diferentes distritos. Sobisch había impulsado el adelantamiento de los comicios de su provincia al 3 de junio, especulando con hacerlas coincidir con la fecha de las elecciones de Jefe de Gobierno porteño: el neuquino tenía una alianza política con Mauricio Macri, y quería potenciar el efecto político-mediático de un éxito simultáneo de ambos. Sin embargo, Mauricio Macri se distanció de Sobisch en la víspera.

Catamarca, Entre Ríos, Río Negro, La Rioja y Neuquén nos envían postales desde la territorialización. La competencia política (gobierno vs. oposición) está delimitada dentro de la provincia, pero no a nivel de la Nación: todos, en mayor o menor medida, apoyan al Presidente. Y el Presidente, tratando de intervenir lo menos posible, aguarda que la lucha doméstica se salde, para entablar relaciones diplomáticas con el mandatario resultante. Todas son alianzas, ya no quedan identidades. Lo sucedido entre Macri y Sobisch muestra que este fenómeno no es exclusivo del oficialismo. Alianzas meramente tácticas, en las que cada uno no juega otro juego que el propio.

Ahora bien: ¿qué tiene todo esto de malo? ¿Acaso el fortalecimiento de los espacios autónomos provinciales no es coherente con la filosofía federalista de nuestra Constitución? La respuesta, que no es en absoluto simple, la dejamos pendiente para una próxima columna.

* Burdman es director de la Carrera de Relaciones Internacionales de la Universidad de Belgrano

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