|
La palabra política viene de los griegos, y deriva de la palabra polis, traducida habitualmente como “ciudad-Estado”. El político era el ciudadano -porque para ellos todos los ciudadanos eran políticos- que luchaba a través de las instituciones democráticas por el bien común de su lugar de pertenencia.
E históricamente esta tendencia se mantuvo con la política moderna. Las personas querían mejorar su lugar (su barrio, su ciudad o su país) y por eso trataban de llegar al gobierno para cambiar todas esas cosas que, desde chicos, veían que se hacían mal.
Sin embargo, en los últimos años este modelo desapareció de la Argentina. Y para 2007 la cosa se agravó aún más: ya nadie milita en el distrito que lo vio nacer (o crecer) sino en donde conviene o donde mejor dan las encuestas.
El batacazo
Nadie lo esperaba, a fines de noviembre de 2006, cuando el vicepresidente de la Nación, Daniel Scioli, fue llamado a la Casa Rosada y recibió aquel ofrecimiento. Desde su desembarco en la política, Scioli siempre militó en la ciudad de Buenos Aires; más específicamente en el barrio del Abasto, donde tiene su local partidario. Siempre hizo gala de estar preparándose para ser jefe de Gobierno porteño, de tener los mejores equipos y planes para esta ciudad; más de 100 personas habrían estado trabajando en ello.
Sin embargo, el pedido del Presidente fue demasiado fuerte y Scioli no pudo decir que no. Parece que él daba bien en las encuestas de la Provincia y que era más necesario allí para el proyecto político. En Capital Federal, en cambio, parecía más fácil instalar otro candidato. Más allá de la extraña lectura política (en la provincia de Buenos Aires el justicialismo podría ganar casi con cualquier candidato), la gran incógnita es cómo hará Scioli para gobernar un territorio que no conoce y cuyos hilos de poder le son absolutamente extraños. ¿Cómo hará para negociar con intendentes que están en el poder desde hace más de 20 años? ¿Cómo hará para sanar las finanzas de un distrito que recién ahora empieza a analizar?
Pero Scioli no es el único caso de los que tienen las valijas hechas para cualquier circunstancia. Mauricio Macri también sonó como candidato a gobernador de ese distrito, pese a que todo su discurso político estaba y está basado en las supuestas ganas de “solucionar los problemas de los vecinos de la ciudad”.
Sin embargo, la idea fue rápidamente desechada y el dilema macrista osciló entre ir por la Presidencia o por la jefatura de Gobierno. Finalmente, optó por lo segundo. En similar situación se colocó Elisa Carrió cuando en marzo anunció que estaba evaluando la posibilidad de ser candidata a jefe de Gobierno. Nuevamente esto traicionaría su verdadera vocación, ya que semanas antes había dicho que no le interesaba arreglar caños y tapar baches.
Estos últimos decidieron quedarse en su ámbito político natural. Otros, en cambio, ya armaron las valijas. Uno de ellos es el ministro de Salud, Ginés González García, quien luego de haber sido titular de la cartera sanitaria en la provincia de Buenos Aires y haber ejercido su militancia allí toda la vida, ahora aparece como primer candidato a legislador porteño.
Otro caso resonante es el de Rafael Bielsa, quien fue candidato a diputado nacional por la ciudad de Buenos Aires e, incluso, hasta último momento en 2003 sonaba como candidato a jefe de Gobierno por su agrupación Gesta. Hasta que Kirchner le ofreció la Cancillería y allí cambió la historia. Ahora, el legislador que se sienta en el fondo de la Cámara de Diputados, y con un rol más que secundario, busca volver a tener el aval presidencial (lo perdió cuando salió tercero en la última elección porteña) como candidato a gobernador de Santa Fe, su provincia natal.
El Gran DT. Si bien siempre existieron las mudanzas, el primer gran desembarco que dio lugar a esta ola lo vislumbró Carlos “Chacho” Alvarez, gran estratega político, al que se le ocurrió una treta para vencer al peronismo en la provincia de Buenos Aires. Así promovió que Graciela Fernández Meijide, por ese entonces gran figura política porteña, se mude a ese distrito. En esa elección Meijide triunfó frente a Hilda “Chiche” Duhalde con el 48% de los votos.
Esta victoria posicionó a la entonces senadora por la Capital Federal para ser precandidata a presidente por la Alianza. El acuerdo era el siguiente: irían a internas abiertas con Fernando de la Rúa y el que ganaba competiría por la presidencia y el que perdía acompañaba como vicepresidente. Sin embargo, tras la aplastante victoria radical, Chacho decidió volver a mudar a Meijide: no sería vicepresidenta sino candidata a gobernadora de Buenos Aires, distrito que ella tampoco conocía.
Aprovechando el camión del flete, también se subió Lidia Satragno, Pinky, que se bajó en La Matanza - “Mi Matanza”- aunque sin suerte electoral.
Por su parte, el justicialismo también decidió mudar a otro de sus hombres. El vecino de La Paternal Carlos Ruckauf hizo las valijas y se fue a la Provincia de la mano del caudillo local, Eduardo Duhalde.
Frente a la tibia campaña de Meijide, la disputa entre los dos porteños se definió a favor de Ruckauf. Su desconocimiento de las cuestiones provinciales y su falta de vocación hicieron que a los dos años renunciara para asumir como canciller. “El me lo venía avisando y yo no le creía. El se quería ir y yo no le creía. Lo que creo es que Ruckauf es una persona de apuestas fuertísimas de corto plazo, pero que no tiene la constancia ni la vocación de servicio que tiene que tener alguien con un rol así”, describió en una entrevista el actual gobernador Felipe Solá sobre las circunstancias en que asumió el poder tras esa renuncia.
El gran punto de inflexión fue 1997, cuando el Frepaso hizo -a través de Meijide- aquel gran traspaso. Antes que eso, sin embargo, Menem había hecho lo propio con Erman González, un riojano definido como “un hermano más de Carlos Menem”. Fue ministro de Hacienda y Finanzas de La Rioja entre 1985 y 1987, y diputado nacional por ese distrito en los dos últimos años del gobierno de Raúl Alfonsín.
Sin embargo, en 1993, cuando Menem necesitaba un candidato para disputar las legislativas en la Capital Federal, lo mudó a Erman, quien hasta hoy es reconocido por ser el único peronista que logró una victoria en ese distrito. Luego intentó repetir en 1995, esta vez como candidato a senador, pero no tuvo suerte frente a la entonces porteña Fernández Meijide.
Sin ideología
Hay muchos casos de mudanzas. Obviamente se deja fuera de esta categoría a quienes se mudaron siendo estudiantes o realmente militaron toda su vida en un distrito distinto al que los vio nacer. Ejemplos de esto serían Fernando de la Rúa o Domingo Cavallo, ambos cordobeses, pero que vivieron la mayor parte de su vida en la ciudad de Buenos Aires. O hasta la propia Elisa Carrió puede ser justificada. Fue diputada por el Chaco, pero desde entonces hizo la mayor parte de su carrera política en Capital. ¿Esto podría avalar el traslado?
En la historia reciente también hubo casos resonantes. El más importante fue el desembarco de la primera dama, Cristina Fernández de Kirchner, a la provincia de Buenos Aires. El caso es similar al de De la Rúa pero al revés. Nació allí, pero se fue a Santa Cruz donde hizo toda su carrera política. Por conveniencia personal, en 2003 advirtió que era mejor pasarse nuevamente a su provincia natal. Ahora, como senadora por la provincia de Buenos Aires no presentó una sola iniciativa en defensa de los derechos de su distrito.
También fue importante el caso del hombre de San Martín, Luis Barrionuevo, que se acordó de su pasado catamarqueño y se mudó a la provincia en 2001, para ser senador. Luego intentó ser gobernador en 2003, pero la Justicia impugnó su candidatura, en el medio de un escándalo de quemas de urnas, entre otras prácticas indeseables. Este año volvió a intentarlo, ya con aval judicial, pero no tuvo suerte. Los catamarqueños optaron por reelegir al actual mandatario.
Menos mediático, pero no menos simbólico, fue el caso de Vilma Ripoll, la dirigente del MST-Izquierda Unida, que supo ser legisladora porteña y en 2005 se presentó como candidata a diputada bonaerense. Como se ve, la especulación política no reconoce límites ideológicos.
El político sabe de su vocación para transformar la sociedad en la que vive. Sin embargo, los políticos argentinos, y sus sucesivas mudanzas, parecen refutar esta hipótesis.
El dirigente argentino reconoce su vocación en ganar elecciones, y escaparse a la hora de gobernar.
Todo un signo de la realidad en que vivimos.
Pablo Winokur |