@josedimauro
Una de las obsesiones más profundas de los Kirchner siempre ha sido el control. Habría que esmerarse para encontrar algo que los preocupara más que ejercerlo, en todas sus acepciones. Y de los ámbitos donde nunca quisieron perderlo, uno de los principales es la calle. Siempre consideraron que allí el “control” es “poder”.
Les tocó comenzar a gobernar justamente cuando las calles se habían convertido en un territorio anárquico. Tiempo de piquetes, los Kirchner se comprometieron a no controlarlos por la fuerza; no repetirían el “error” de Eduardo Duhalde en el puente Pueyrredón, cuando optó por la usar la fuerza sin imaginar que no podría controlar a la Bonaerense y los resultados hipotecaron su futuro político. Igual, los piquetes nunca le quitaron el sueño al matrimonio Kirchner, por la sencilla razón de que nadie podía arrogarse la potestad total sobre los mismos.
Sí en cambio los Kirchner siempre tuvieron una proverbial aversión hacia las movilizaciones masivas que pudieran tener un contenido adverso. No hubo muchas durante estos 9 años. Las que se registraron durante la crisis con el campo estuvieron precisamente enmarcadas en el fragor de esa “guerra”, por lo que las vivieron de otra manera. La primera que realmente llegó a conmoverlos fue aquella multitudinaria marcha contra la inseguridad convocada por Juan Carlos Blumberg tras el asesinato de su hijo Axel. Contra todos los pronósticos oficiales, reunió entre 150 y 200 mil personas frente al Congreso. Típico del estilo K, el presidente Néstor Kirchner optó por estar ese día bien lejos: se fue a Tierra del Fuego para participar allí del acto por el Día del Veterano de Guerra.
Pero en la Casa de Gobierno estaba su esposa, entonces senadora, que tenía un despacho allí ubicado justo frente al del jefe de Gabinete. Allí se alojó la primera dama cuando miles de manifestantes marcharon espontáneamente a la Plaza de Mayo. Junto a otros funcionarios de confianza, en la oficina de Alberto Fernández, Cristina siguió por televisión las incidencias de esa movilización que si bien no era contra el gobierno de su esposo, les hacía sentir que por una vez les habían ganado la iniciativa, tomándolos con la guardia baja.
El miércoles se registrará el primer paro general cegetista de las tres gestiones kirchneristas, con acto en Plaza de Mayo incluido. No extraña entonces que Cristina Fernández de Kirchner haya optado por estar ese día en San Luis, la única provincia que no visitó durante sus años presidenciales, ni aun cuando Alberto Rodríguez Saá la invitó en 2010 para inaugurar la nueva sede de la gobernación.
Claramente su gestión vive un tiempo plagado de situaciones inéditas, más allá de que muchos de su entorno insistan en parangonar la experiencia actual con su primera presidencia, cuando vivió un primer año plagado de inconvenientes, perdió la elección de medio término al siguiente, y resurgió a partir del tercer año. Las inclemencias se repiten, pero el proyecto no puede darse el lujo de perder las elecciones de 2013; con eso, se extinguirían no sólo las expectativas de re-reelección -que nadie sabe si realmente CFK pretende-, sino que habilitaría una carrera por la sucesión. Y en consecuencia, Cristina perdería el control sobre lo que pueda suceder a partir de 2015.
No podrá decirse que la confrontación definitiva con Hugo Moyano fuera inesperada. Sí la resolución del conflicto, que tuvo lugar el jueves pasado, en el que por primera vez el kirchnerismo sintió no sólo haber perdido la iniciativa, sino también que no pudo quedarse con la última palabra.
Cuando promediaba el conflicto con los camioneros y la situación amenazaba con alcanzar el humor social, el líder de la CGT se mostró como un buen tiempista. Una gran masa crítica hacia el gobierno observaba con cierta simpatía el desarrollo del paro de los camioneros, pero de extenderse el mismo por todo el tiempo previsto seguramente hubieran terminado condenándolo. La provisión de combustible desaparecería el viernes y si bien el levantamiento del paro estaba previsto para esa noche, no se repondría durante el fin de semana. La escasez se extendería a otros rubros, si como Hugo Moyano anunció el miércoles por la noche la huelga se generalizaba a todas las ramas de los camioneros. Sin nafta y con los cajeros vacíos, sería demasiado.
Julio De Vido reapareció la mañana del jueves para anunciar medidas, mientras el gobierno concretaba su denuncia judicial contra gremialistas y empresarios. Justamente estos dos sectores, ya sin la asistencia mediadora del Ministerio de Trabajo, sorprendieron acordando después de la conferencia de prensa del ministro de Planificación. El gremio aceptó un aumento bastante por encima del 18% sugerido por el gobierno y ofrecido por los empresarios, pero por debajo también del 30% demandado por los Moyano, aunque a la postre no podrá negarse que fue un buen arreglo. El líder camionero dio al comenzar la tarde la conferencia de prensa que inicialmente estaba anunciada para bien temprano y se quedó con la última palabra. Además, dobló la apuesta para este miércoles, cuando espera mostrar una vez más el poder de movilización que tantas veces puso al servicio del kirchnerismo.
En esa inédita pérdida de la iniciativa oficial habrá que poner la resolución de la disputa por el mínimo no imponible, que se transformó ahora en eje de este reclamo gremial. Decíamos la última semana de mayo que la viceministra de Trabajo, Noemí Rial, fue desautorizada cuando anticipó que el piso del mínimo no imponible podría modificarse entre fines de junio y el mes de julio, lo cual desató picos de tensión en el gobierno nacional. Es que esos anuncios están reservados a la Presidenta de la Nación, como ha sucedido todos estos años. En esta oportunidad, las necesidades de caja llevaron a estirar los tiempos al máximo, cuestión de incluir también dentro de la aspiradora oficial al medio aguinaldo. Pero esta disputa con Moyano dejó a la Presidenta en la incómoda situación de sentir que si sube el piso ahora, le estará dando en bandeja un triunfo al jefe de los camioneros.
Así, no habrá anuncios de ese tipo antes del miércoles; el gobierno parece haberse resignado a dejar que los acontecimientos fluyan, apostando a que el paro no se sienta tanto y la marcha se note menos. Algunos sugerían adelantar las vallas para no dejarles la Plaza de Mayo a los manifestantes.
Mientras tanto, el discurso oficial transitará por la vía del “complot” y el término “desestabilizante” se escuchará seguido estos días. Aunque sea impensable imaginar que algo así pueda suceder aquí, los acontecimientos de la vecina República de Paraguay servirán para sumar argumentos al discurso oficial en torno a las intenciones “ocultas” de la embestida moyanista, y se pondrá la lupa sobre la concurrencia al acto, cuestión de mostrar que lo heterogéneo puede ser sinónimo de “mezcolanza”.
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