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¿Cuánto tiempo puede durar la legitimidad del sistema democrático argentino si la mayoría de los que votan creen que los dirigentes políticos son corruptos o incompetentes o las dos cosas a la vez? ¿Cuántos referentes principales de los partidos están realmente preocupados con este tema?
La gente mira a la dirigencia y pregunta: ¿qué es esto? Porque la capacidad de asombro de los que caminan por la calle está mucho más allá de los límites del sentido común.
1. Un partido político levanta la bandera de la ética y convoca a la construcción de un nuevo contrato moral en la Argentina. El mismo partido votó, en diciembre de 2005, a favor de la incorporación de Borocotó a la Cámara de Diputados.
2. El ministro del interior dijo que los maestros heridos en los incidentes de Santa Cruz se provocaron ellos mismos sus heridas. Al día siguiente el gobernador de esa misma provincia fue despedido por el Presidente por permitir la represión.
3. El 10 de diciembre de 1999 asumió una alianza electoral para, entre otras cosas, acabar con la corrupción. Menos de 60 días después ese mismo gobierno pagó coimas en el Senado para que se votara una modificación a la ley de contrato de trabajo.
4. El actual gobierno sostuvo hasta la tarde del miércoles 16 de mayo pasado que los presuntos actos de corrupción en la construcción del Gasoducto Norte era un delito entre personas privadas. En la noche de ese mismo día echó a dos funcionarios de su mismo gobierno por actos de corrupción en el mismo caso.
En los cuatro ejemplos el mensaje es el mismo: “nada importa, todo vale”. Por otra parte, ejemplos como estos se han repetido, con mayor o menor intensidad, con mayor o menor formalidad, bajo el gobierno de cualquiera de los partidos que gobernaron desde 1983. Los gobiernos anteriores no eran mejores:felizmente ahora cada dos años le preguntamos a la gente lo que piensa y siente .
Sin embargo, la mayoría de los principales dirigentes se han entusiasmado con otra idea: cuáles son las desprolijidades –públicas y privadas- de los que no pertenecen a su tropa. Dependiendo de la capacidad de comunicación de cada uno, de su nivel de educación o histrionismo, cada uno se divierte diciéndole al otro todas las maldades que se le ocurren. El problema es que en este teatro de la destrucción –representado en el escenario de los medios de comunicación- no solo juegan el presidente y sus ministros sino un variopinto de dirigentes opositores.
Ésta obra tiene también otro problema y es lo peor que le puede pasar a un actor: se está quedando sin público. En las elecciones presidenciales de 2003, cuando volvíamos del abismo de 2001 y podía suponerse un mayor interés por la elección de autoridades votó solo el 78% del padrón, la concurrencia más baja registrada desde los años treinta del siglo pasado.
En la última elección para Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, en agosto de 2003, votó solo el 68.6% del padrón, una de las menores concurrencias registrada en varias décadas en el distrito.
Esta tendencia se confirma en las elecciones de diputados nacionales en la Capital Federal, donde la mayor asistencia se registró en 1983 –al restablecerse el sistema democrático- con el 87.7% y desde entonces ha ido descendiendo hasta un mínimo en 2001 de 72%. (*)
Lo notable de estas estadísticas es que el voto en la Argentina es obligatorio entre los 18 y los 70 años. En Francia, en cambio, donde el voto es voluntario acaban de concurrir a las urnas el 85% de la población.
La cuantificación de este análisis, que muestra el desinterés del pueblo por la política es, en realidad, el problema central de la Argentina. Todo lo demás es el decorado del cuadro de los brazos caídos: el humor del Presidente, el estilo carnavalesco de algunos funcionarios que lo rodean, la arrogancia, el histrionismo o el misticismo laico de algunos líderes de la oposición, la confirmación de las denuncias de corrupción o las declaraciones contradictorias de importantes funcionarios sobre un mismo tema, casi en forma simultánea.
Este análisis dice dos cosas:
1. Es más fácil cambiar de idea que de carácter. Los dirigentes con más de 30 años en la vida pública han hecho y hacen lo que pueden. Sin embargo, parecen agotados para producir entre ellos algo más que un sistema autodestructivo sin beneficios para la gente.
2. Mirada desde el futuro, la Argentina debería estar pensando más en los que tenían menos de 15 años en 1976.
Siempre hay excepciones.
(*) Estadísticas del Centro del Estudios Nueva Mayoría
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