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Ese grito que sonó con fuerza a partir de los cacerolazos de 2001/2002, que había tenido su antecedente inmediato con el voto bronca de las legislativas previas, se fue apagando con el tiempo ante la convicción de su inconveniencia. ¿Qué país podía erigirse a partir de las cenizas de toda su clase política? Así las cosas, con el tiempo hasta los medios que más potenciaron aquel que se vayan todos como grito de guerra, fueron modificando su discurso y volviendo sobre sus pasos.
Hoy ese grito de protesta sólo se escucha en algunas canchas -preguntarle a Daniel Passarella, por ejemplo, o a Blanquiceleste en Racing-, pero también sonó con fuerza en los cacerolazos de la desatada Santa Cruz. Es que en los ámbitos políticos donde vuelve a corearse esa cantinela, ya no hay espontaneidad, sino la interesada intervención de una izquierda que creyó ver una alternativa superadora en es estado asambleísta de los días de los cacerolazos y que ahora vuelve a buscar en esos ámbitos de bronca el espacio que no encuentra en las urnas.
¿Se fueron todos? Claramente la respuesta es no. Pero habrá que destacar que el ámbito de la ciudad de Buenos Aires es tal vez donde mayor ha sido la renovación política. Y un breve repaso a las listas de la última elección permite determinar que es así.
Alcanzará con ver las listas de los principales partidos, encabezadas por los debutantes Mariano Narodowski, Diana Maffía y hasta la periodista Gabriela Cerruti, quien no lleva mucho tiempo en la función pública. Hay caras conocidas como las de Ginés González y Aníbal Ibarra, pero son casos aislados. La izquierda, en cambio, expuso en esta elección a sus nombres tradicionales: Patricia Walsh, Marcelo Parrilli, Jorge Altamira, Marcelo Ramal, Lía Méndez… Los nombres de siempre, y más o menos la misma cantidad de votos habitual. Pero no está mal que los propongan, ni en tela de juicio se ponen sus antecedentes.
Lo que resulta contradictorio es, en definitiva, que quienes promueven el que se vayan todos sean precisamente quienes no lo practican. |