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La primera piedra la lanzó la candidata a vicejefa de Gobierno de Macri, Gabriela Michetti, una semana antes de la primera vuelta electoral. La legisladora enfatizó en la necesidad de revisar el sistema, ya que “existe una situación controvertida porque si un candidato gana con el 45% de los votos y muy lejos de los otros, tiene que ir igual a segunda vuelta”. ¿Presentimiento o manejaba alguna encuesta en este sentido? Todavía nadie pronosticaba una victoria tan amplia del macrismo.
Ya conocidos los resultados salió a hablar el titular de la Legislatura, el también macrista Santiago de Estrada, quien estimó que la diferencia a favor del líder del PRO “es tan grande como para que no tenga que plantearse una segunda vuelta”. También Daniel Amoroso, legislador del mismo palo, expresó que la segunda vuelta no tendría sentido si la distancia entre el primero y el segundo fuera mayor a los 15 puntos porcentuales. No obstante Macri dijo: “Nosotros respetamos las reglas del juego”.
Es cierto que el todavía presidente de Boca obtuvo la primera minoría de los votos. Pero la Constitución de Buenos Aires exige la mitad más uno; la mayoría absoluta. Y eso tiene un porqué.
Vox Dei
La democracia es el Gobierno del pueblo. A fuerza de ser precisos deberíamos reconocer que en la Argentina -ni en ningún otro lugar del mundo- existe una verdadera democracia, dado que “el pueblo no delibera ni gobierna”. Así que tal vez por practicidad -sería muy engorroso si todos debatiéramos cada decisión-, o quizá por una cuestión ideológica, nuestra Constitución Nacional y las subnacionales consagran un sistema de gobierno representativo.
La elección de las autoridades se realiza a través del sufragio libre, que los ciudadanos realizan cada una determinada cantidad de tiempo. En la mayoría de las democracias sólidas del mundo -a excepción de los Estados Unidos- para elegir al primer mandatario se requieren de la mayoría absoluta de los votos: esto es la mitad más uno, de modo de que el mandatario tenga el aval de la mayoría de la población.
En algunos países esta mayoría se logra en la primera vuelta electoral. En otros se establece una segunda vuelta o ballottage, en caso de que ningún candidato obtenga los votos necesarios. Y también están los sistemas parlamentarios -como Gran Bretaña, Italia o Alemania- donde se consigue la mayoría a través de acuerdos en las legislaturas. Los primeros mandatarios son elegidos en forma indirecta por los parlamentarios. Por lo tanto, las fuerzas minoritarias se ven obligadas a elegir entre los dos primeros. A su vez, quien resulta electo como primer mandatario debe acordar un plan de gobierno con estas fuerzas que le dieron su apoyo.
No es casual que Estados Unidos sea uno de los pocos países que no contempla una ingeniería electoral para evitar que un candidato asuma con el 22% de los votos: se trata de un país altamente homogéneo en que la distancia ideológica entre los dos partidos mayoritarios -que acaparan el 99% del electorado- prácticamente asegura que el ganador tendrá una mayoría absoluta de representantes en el Colegio Electoral que a su vez elegirá al Presidente.
Por la diversidad
Siempre que se diseña un sistema electoral se hace para beneficiar a los ganadores del momento en que éste se diseñó. El sistema electoral cristaliza y consolida ganadores y perdedores. El caso más emblemático es el de Santa Cruz, que encaró una reforma electoral que -con la excusa de acercar a la gente a sus representantes- logró que la Legislatura sólo tuviera dos representantes de la oposición (pese a tener el 20% de los votos).
Cuando se reformó la Constitución Nacional de 1994 se diseñó un sistema electoral a la medida del entonces presidente Carlos Saúl Menem. Un sistema que los analistas califican como ridículo. Un ballottage mentiroso y casi imposible: sólo se va a segunda vuelta si ninguno de los candidatos supera el 40% de los votos o si la diferencia entre el primero y el segundo no es mayor a 10%. Se trata de un sistema electoral que permite que alguien que no obtuvo la mayoría de los votos se consagre como Presidente de la Nación.
Cuando se discutió la creación de la Constitución de la Ciudad de Buenos Aires, estatuyente, en que el Frepaso tenía la primera minoría, se tomó a la Carta Magna nacional casi como un antiejemplo a seguir. Allí se determinó que para ser jefe de Gobierno de la Ciudad había que ostentar la mayoría absoluta de los votos: la mitad más uno. Esto tenía dos objetivos. En primer lugar un indisimulable objetivo político; el Frepaso sabía que era muy difícil que la derecha obtuviera más del 50% de los sufragios en una ciudad históricamente progresista. El segundo objetivo es de legitimidad política: la ciudad de Buenos Aires es tal vez la más heterogénea del país, y cuanto más fragmentada sea una sociedad, más necesario se hace una representación adecuada para gobernarla.
El sistema electoral entonces debe fomentar los acuerdos entre las fuerzas que representan a ese dividido mosaico electoral. Por eso, una Legislatura elegida a través de un sistema proporcional; por eso, una doble vuelta electoral en que los ciudadanos votan primero por el candidato que más les gusta y luego por el que menos les disgusta. Eso es una verdadera democracia, pluralista.
¿Legislatura dividida?
Uno de los argumentos en contra del sistema de segunda vuelta que rige en la ciudad de Buenos Aires es que propicia un jefe de Gobierno que debe obtener la mitad más uno de los votos, en segunda vuelta, pero que no existe la posibilidad de ir a una segunda vuelta en la elección de los legisladores, con lo que la composición de la Legislatura queda dividida y con muchos monobloques.
En primer lugar es importante aclarar que la atomización de la Legislatura porteña no está relacionada con el sistema electoral, sino con la crisis de los partidos políticos. En la pasada elección a jefe de Gobierno sólo habían quedado dos monobloques: el del radicalismo y el de Izquierda Unida. El problema fue que los bloques eclosionaron. Sólo por mencionar algunos ejemplos: Fernando Melillo pasó del ARI al kirchnerismo; Silvia la Ruffa entró con Patricia Bullrich y pasó al kirchnerismo; el bloque de Macri se fragmentó en varios pedazos y el de Ibarra quedó diluido.
En segundo lugar, las comparaciones son odiosas: la doble vuelta francesa está pensada para un sistema semipresidencial con primer ministro que nada tiene que ver con el porteño.
La Constitución porteña fue pensada por determinados motivos, que fundamentalmente tienen en cuenta la especificidad de la ciudad de Buenos Aires. Independientemente de las ventajas coyunturales que pueda traer el sistema a unos u otros, es importante tener en cuenta que las instituciones son pensadas para representar más cabalmente a una sociedad y que no es conveniente retocarlas a criterio.
La Constitución establece la segunda vuelta y ésta debe ser respetada. Al menos por derecho de quienes en la primera vuelta no votaron a ninguno de los dos candidatos mayoritarios sabiendo que después tendrían su segunda oportunidad. |