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Impacto de los tratados de libre comercio en el modelo vitivinícola chileno
Por Julio Cobos. El exvicepresidente de la Nación advierte la importante diferencia, en términos de capacidad competitiva con el país vecino, producto de decisiones políticas de largo plazo.
14 de marzo de 2019
Ha pasado una nueva vendimia y es una buena oportunidad para analizar algunos aspectos relacionados al sector vitivinícola y sus diferencias con Chile.

No es una novedad la disminución del consumo per cápita de vino en las últimas décadas, afectando directamente a una de las industrias principales de nuestra provincia. Este problema debe ser suplido con políticas proactivas de largo plazo que promuevan la baja en los costos logísticos, la mejora en la calidad de los productos y la inserción en los mercados internacionales. Las políticas erráticas y el cambio permanente en las reglas de juego a lo largo de décadas, han provocado la pérdida de mercados que costaron mucho conseguir y sostener y que intentar recuperarlos significará años de trabajo.

Chile tiene más de veinte acuerdos de libre comercio y otros tantos de comercio preferencial, convirtiéndose los mismos en puertas de acceso a las economías más fuertes del planeta. Argentina no sólo está muy lejos de esa cantidad sino que además los mantiene con países pequeños y en vía de desarrollo. Es difícil que podamos crecer si no logramos -y mantenemos- nuevos mercados.

Un ejemplo del impacto de los Tratados de Libre Comercio, es el que firmó Chile con China. Según la American Association of Wine Economists, las exportaciones de vino a China tanto de Argentina como de Chile eran similares hasta el bienio 2005/2006, momento en el cual el país trasandino firmó un Tratado de Libre comercio con el gigante asiático; a partir del cual, nuestras exportaciones a China se mantuvieron relativamente constantes mientras que las de Chile crecieron 3.300% en algo más de diez años. Hoy, Chile triplica los ingresos por exportación de vino a la Argentina. Es decir que, gracias a decisiones políticas de largo plazo, el país trasandino logró un gran beneficio para el sector y en consiguiente para la población. Precisamente esto es lo que debemos replicar en nuestro país, para la vitivinicultura en particular y las demás industrias en general.

Un informe realizado por el Observatorio Vitivinícola Argentino dónde se analiza la inserción de la vitivinicultura Argentina en el mundo, señala que Chile -en volumen- se convirtió en el cuarto mayor exportador de vinos del mundo superado solo por Italia, Francia y España. Esto cobra verdadera dimensión cuando vemos que en 1990, Chile exportó 43 millones de litros de vino y nosotros 44,7 millones de litros, sin embargo en 2015, exportamos 267,5 millones de litros de vino y el vecino país 848 millones de litros. Algo hicieron bien y nosotros no.

Tiempo atrás, la Fundación Ideal realizó un estudio comparativo entre Argentina y Chile, tomando diferentes indicadores de competitividad como tasas, impuestos laborales y aranceles, entre otros. No hay un sólo índice comparativo que favorezca a la Argentina. Es decir, un país con mucho más territorio y población pero con una capacidad competitiva notablemente menor. Esto es lo que debemos revertir y se hace desde el Estado, con acuerdo con los diferentes sectores y sostenimiento en el tiempo.

Para que los tratados de libre comercio tengan el impacto que tienen en Chile es necesario además aumentar nuestra competitividad, lo que implica bajar costos logísticos y presión tributaria, promover interacción de industrias locales con potenciales clientes internacionales, simplificar sistemas de exportación y aumentar los beneficios a economías regionales; acciones que se deben adoptar y mantener en el tiempo, porque los vaivenes permanentes en las políticas económicas hieren de muerte a nuestra presencia en las góndolas del mundo; perdemos confianza y previsibilidad, condiciones indispensables para emular el sistema chileno.