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Cuando la muerte llega por informar
Por Jaime Selser. Con motivo del Día del Periodista, una recorrida por episodios trágicos que involucraron a trabajadores de prensa, asesinados por cumplir con su tarea de informar.
6 de junio de 2019
El ejercicio del periodismo ha sido considerado una profesión de riesgo. Con el desarrollo de las sociedades, el avance de los derechos y la expansión de las democracias como estados de derecho en la mayorías de las naciones del mundo, parece increíble pero son reales las cifras de periodistas muertos en ejercicio de su función de informar. En la mayoría de los casos lo que se busca con la eliminación física de un periodista es eliminar el mensaje. Lo que resulta una torpeza ya que por más que se crea que matando a un periodista se podrá esconder tal o cual situación, lo que en realidad se está haciendo es eliminar al portador del mensaje. Los hechos no pueden suprimirse y en definitiva antes o después y más allá de ese relator “que ya no está”, se conocerán.

El conflicto en Siria que está llegando a su final, costó la vida de 211 periodistas. Son datos que ha dado a conocer Reporteros Sin Fronteras (RSF) y que sirven para denunciar la inseguridad y vulnerabilidad a la que están expuestos estos profesionales. Además de los secuestros y torturas de otros tantos, tan solo en 2017 han sido 26 los periodistas encarcelados según esa organización.

Al salvajismo político y al terrorismo, parece no bastarle con asesinar a los mensajeros. Han ido más allá convirtiendo su muerte en un elemento para causar miedo y dar una clara señal de que su lunática lucha no tiene límite ninguno. Hubo casos que por la truculencia de su crueldad conmovieron al mundo. James Wright Foley, en agosto de 2014, fue decapitado en una ejecución filmada por representantes del Estado Islámico. Foley fue el primer ciudadano estadounidense en ser ejecutado por este grupo terrorista. Foley era reportero gráfico, independiente. Trabajó para la empresa de noticias estadounidense GlobalPost, hasta el 22 de noviembre de 2012, cuando fue secuestrado en el noroeste de Siria, por el grupo terrorista Estado Islámico (EI) mientras cubría la Guerra Civil de Siria.

Steven Joel Sotloff fue otra de las víctimas que con su muerte sacudió al mundo. Sotloff fue un periodista estadounidense-israelí que en el 2013 fue secuestrado en la ciudad siria de Alepo y fue hecho prisionero por terroristas del Estado Islámico y fue cobardemente decapitado el 2 de septiembre de 2014 en Irak.

La maquinaria de los secuestros como método de recaudación del Estado Islámico tuvo su faceta en los periodistas. Como manera de provocar aún más al mundo y desafiar a las potencias, el grupo yihadista Estado Islámico (ISIS, por sus siglas en inglés) difundió videos de un periodista japonés Kenji Goto y de un ciudadano italiano cautivos en Siria y siendo pretendida pieza de cambio el marco de una extorsión en ambos casos los escenarios eran similares y se los veía de rodillas con un mameluco naranja, interpelando a sus gobiernos para que accedan a las peticiones de los terroristas. Es casi una regla tácita en los gobiernos del mundo no acceder a esta clase de extorsiones de terroristas, Goto resultó decapitado y el empresario italiano liberado.

Cierto es que los argentinos conocemos y tenemos un capitulo negro de violencia política, violencia que alcanza a periodistas y reporteros gráficos, el más grave quizás en la época de la dictadura miliar entre 1976 y 1983 en la que el número de periodistas desparecidos, secuestrados y torturados quedó documentado en el informe “nunca más” y luego fue ampliado por la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación. Por fortuna, con sus más y su menos, la democracia argentina no admite ninguna clase de persecución como las que se señalan en este artículo. Sin embargo, brega por la plena vigencia de la libertad de expresión y libre y garantizado trabajo de los periodistas resulta indispensable para fortalecer la democracia que tanto costó a los argentinos tener.

Jaime Selser es licenciado en Comunicación (UBA) y periodista