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Martes 12 de diciembre de 2017
OPINIÓN
Acuerdos: solo cambiar la velocidad, no la dirección
Por Alberto Asseff. Los acuerdos indispensables para sacudir virtuosamente al país y ponerlo en dinámica no son para distribuir tajadas del poder, prebendas o canonjías.
25 de julio de 2017
En medio de un proceso electoral es harto difícil, pero hasta podría ser una propuesta cosechadora de votos: la Argentina implora por Acuerdos de Estado, esos que habilitan darle consenso político a las grandes Reformas de modo que sólo se debata la velocidad de ejecución, pero no la dirección. Se acuerda el rumbo, la directriz, se discuten los procedimientos y sus matices.

En el país la confrontación es sobre el camino y la estrategia. Hoy, por caso, se enfrentan quienes quieren reformas modernizadoras con aquellos que aspiran a retornar al sistema que nos condujo a la decadencia excepcional en todo el orbe. La Argentina es el único país de la tierra que en más de medio siglo vino declinando en casi todos los parámetros. Ni hablar de los socio-económicos, desplomados desde aquella esplendorosa movilidad social a esta pobreza estructural de 20 millones de compatriotas.

Primeramente, es útil desmitificar eso de conservadores versus progresistas. Suele enrostrárseles a quienes aspiran a producir reformas que son conservadores y paradojalmente a quienes se aferran, por ejemplo a añejos convenios colectivos, se les llama progresistas. En rigor este mote se limita a algunas legislaciones de avanzada como el matrimonio homosexual o igualitario o la tipificación del femicidio, este último con escasos resultados prácticos, desgraciadamente. Por lo demás, el llamado progresismo ha probado ser inepto para responder a demandas cruciales como la de generar más empleo, fortalecer la familia, combatir el delito y el narcotráfico o apuntalar a la escuela pública. Durante el imperio cultural de ideas progresistas se triplicó el consumo de droga entre los adolescentes y se quintuplicaron las villas miseria, además de la marcada obsolescencia de la infraestructura de caminos, puertos, matriz energética, transporte público, etc. El progresismo tiene el triste récord en materia de corrupción, impunidad y justicia subordinada – las tres articulan una misma ecuación de saqueo del patrimonio común. El progresismo argentino es sinónimo de atraso. Es tan vernáculo que habría que peticionar a la Real Academia que agregue esta acepción como ‘argentinismo’.

Llegó la hora de las grandes Reformas, antítesis del conservador statu quo. Los Acuerdos deben tener en la mira abatir a la inflación; la cleptocracia –y sus parientes putativos, la viveza, la ventaja, el acomodo y la trampa; la pobreza – hija natural de las dos; reestructurar al Estado– que de 98 mil laberínticas Oficinas, deberá pasar a un organigrama ágil, funcional, eficiente y controlable, ni más grande ni más pequeño que el necesario; quebrarle el pescuezo al diabólico binomio déficit-deuda – para lo cual es ineludible la reforma del Estado; bajar la presión tributaria y reducir la parafernalia de 96 impuestos – lo que implica funcionalizar al Estado y domesticar ese dúo endiablado de déficit-deuda; es inadmisible que la canasta familiar este gravada por el IVA o la necesaria transparencia de la economía sufra el desopilante impuesto a los débitos y créditos bancarios; modernizar y ampliar toda la infraestructura – algo posible si se eliminan sobreprecios; progresar en productividad – que no es explotación, sino racionalidad básica y honradez generalizada – que permite desterrar sobrecostos como las extorsiones de mafias sindicales o de sectores policiales que a nombre de la ‘seguridad’ cobran servicios y peajes clandestinos; convenios colectivos que eleven la puntería buscando desplegar el mundo del trabajo –hoy amenazado hasta por la inteligencia artificial– en lugar de exprimir el fruto hasta secarlo, sin previsión de reponerlo y mucho menos agrandarlo; desarrollar los planes del Norte y de la Patagonia para rehacer geopolíticamente al país, hoy desarmonizado por la concentración demográfica; y la apuesta mayor a una educación de calidad que dé a todos los argentinos igualdad de oportunidades y herramientas para ser libres y prósperos.

Los Acuerdos exigen una actitud contracultural muy firme. Deberemos lograr que lo que hoy es ‘políticamente incorrecto’ devenga en un reclamo social.

La unión de los argentinos es el principal mandato constitucional incumplido y correlativamente es hoy un imperioso objetivo. Los Acuerdos indispensables para sacudir virtuosamente al país y ponerlo en dinámica no son para distribuir tajadas del poder, prebendas o canonjías, sino para escribir todo un tomo – o más – de la historia patria. Esos Acuerdos toleran diferencias en el ritmo o velocidad de las transformaciones, pero no en lo atinente al derrotero del país. Éste debe ser sostenido por varios turnos de gobierno, inclusive con prescindencia del color partidario. Eso son cabalmente Acuerdos de Estado. Nuestro país clama por ellos que es lo mismo que decir que pide a gritos un regreso al patriotismo esencial, ese que nos dio la Independencia. El mismo que ahora podrá darnos una renovada esperanza.

*Diputado del Mercosur

Dip.nac. m.c.

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