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Miércoles 13 de diciembre de 2017
OPINIÓN
Selfie/Selfish: el juego de las diferencias (y las semejanzas)
Por Alicia Besada. La diputada traza un paralelismo entre el Brexit y el referéndum celebrado en Cataluña.
5 de octubre de 2017
Algo en torno a la pérdida de valores se está poniendo en juego a la hora de analizar el Brexit o la reclamada independencia de Cataluña (Catalunya para los catalanes). Parece que, contrario a lo que se suponía, la globalización amenaza ahora con “encerrarnos”, en hacer de las diferencias algo que distancia y separa y no una oportunidad para aprender del otro.

Voy a intentar un paralelismo que tal vez a alguno le parezca gracioso.

Estamos en una sociedad global atravesada por las selfies. Sí, son escenas de la vida cotidiana: hombre y mujeres sonriéndole a sus teléfonos celulares mientras viajan en colectivo, caminan por la calle o toman un café, “hacen caras”, levantan las cejas, fruncen el ceño, guiñan un ojo o sacan la lengua. Selfie es una derivación en inglés de “autofoto”. De repente parecemos encantados con esa posibilidad: sacarnos autofotos. Tanto, que la fuimos mejorando hasta incorporar el “selfiestick” (o palito de la selfie). En algún momento del pasado remoto quedó ese tiempo donde buscábamos a alguien que nos saque una foto. Claro, implicaba acercarse a otro (generalmente desconocido) y pedirle un favor. Había un riesgo cierto, desde explicarle dónde disparar hasta cómo hacer foco. Y después había que agradecer y, a veces, hasta ofrecerse a peligrosos diálogos: “¿de dónde son?” (si era en plan turismo) o “espero que salga bien” (cuando había que revelar rollos). Por suerte ya resolvimos esos momentos incómodos. Todo vale a la hora de reflejarnos a nosotros mismos, siempre que la imagen nos devuelva espléndidos, favorecidos o, al menos, no desfavorecidos... Lo bueno es que somos capaces de sacar una, diez o mil fotos de nosotros mismos hasta encontrar la que más nos guste. Esa que vamos a compartir en las redes sociales, y que va a mostrarnos para los demás. Esa, que está destinada a contar más de nosotros que nosotros mismos.

El paralelismo prometido va de la mano de otra palabra en inglés, bien parecida a las selfies por cierto: selfish. Selfish significa egoísta.

Desde hace algunos años las distintas voces del independentismo catalán se sustentan en afirmaciones rotundas y repetidas. Van desde creencias históricas (que en 1714 hubo una guerra de secesión que acabó con Cataluña sojuzgada), hasta económicas (“España nos roba, aportamos más de lo que recibimos”). Esas voces también afirman que una Cataluña independiente ingresaría automáticamente en la Unión Europea, algo tan imposible en el corto como improbable, a mediano plazos. En resumen, hay un importante número de catalanes que quieren vivir fuera de las leyes españolas y crear un nuevo estado independiente. Estado que fue justamente reconocido y delimitado en su Constitución de 1978, mediante un anexo: El Estado de las Autonomías. La norma, que los catalanes consideran hoy “hostil para Barcelona”, creó los gobiernos autonómicos de: la Junta de Galicia, la Generalidad de Valencia o los Gobiernos de Navarra y del País Vasco, entre otros. También la actual “Generalitat de Catalunya”, claro. A partir de esa autonomía cada región fue reafirmando sus raíces y tradiciones, convirtiendo sus dialectos en idiomas y oficializando su enseñanza en los sistemas educativos. Reconocerse diferentes no era, en aquel entonces, un síntoma de riesgo. Nadie supuso hace 40 años que se estaría gestando un germen independentista. Ese germen que encuentra sus mayores defensores actuales en la realidad económica de la última década. Barcelona se saca una selfie y se ve preciosa, se siente poderosa y pujante, productiva, multicultural y cosmopolita. Y superior. “¿Por qué no ser una nueva Andorra? Si tenemos himno y bandera, idioma y gobierno propio”, se preguntan. “Fuera de España seríamos más ricos”, afirman.

La mayoría de los catalanes a la que le hace ruido separarse de España hace silencio. Según los propios datos del gobierno autónomo de Cataluña 1-O votaron el 42% de los empadronados (90% por el sí a la independencia), en el medio de un peligroso y condenable enfrentamiento con las fuerzas policiales nacionales, que tenían la orden de hacer cumplir la ley. La Corte de Justicia de la República ya había fallado y declarado inconstitucional cualquier referéndum independentista. El argumento es unívoco: no es cierto que Cataluña pueda separarse legalmente de España apelando al derecho de autodeterminación, ya que ese derecho se reserva solamente a “pueblos sometidos a dominación colonial”. Obviamente se trata de una cuestión semántica. Se supone que los independentistas parten de desconocer las leyes de quien se quieren independizar…

Atención con el apego a la ley porque los que se quieren independizar también demostraron que son capaces de hacer trampa para lograrlo: el 1-O se registró que en 71 municipios votaron hasta el 380% más de los empadronados…

Si la selfie y ser selfish estuvieran efectivamente íntimamente ligados, propongo: ¿por qué no volvemos a mirar al otro, a sentirnos en comunidad y sociedad? ¿Por qué no construir con otros y no a pesar de ellos? ¿Por qué no aprender de las diferencias?

ALICIA BESADA

Diputada Nacional Interbloque Cambiemos por la Ciudad Autónoma de Buenos Aires