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Martes 17 de octubre de 2017
OPINIÓN
Jordi y Montse se van de casa
Por Daniel Bosque. Conocedor de la histórica controversia, el autor analiza las perspectivas independentistas de Catalunya y sus posibilidades reales de lograr su cometido.
6 de octubre de 2017
Por fin ha salido de su mutismo el Príncipe de Girona, también conocido como Felipe VI, Rey de España. Las duras y tardías advertencias monárquicas, caceroleadas on line por los catalanes han acabado de dibujar un escenario que si no fuera real orillaría lo increíble.

Ya se ha dicho hasta cansar cómo Mariano Rajoy y la catatónica nomenclatura política de Madrid han promovido este desastre o no han hecho grandes cosas para impedirlo. La derecha españolista, confiada en el engaño de que su poder emana de un orden natural y divino, ha terminado construyendo el altar del separatismo culé. Google lex sed lex: desde hace años se viene hablando del choque de trenes, desde 2010 marcadamente, cuando el Tribunal Constitucional a instancias del PP mutiló el Estatut que habían avalado cuatro años antes el 73% de los españoles. Todos sabían de este bigone, de que un día los “polacos” se irían a hacer su soñado Estado-Nación.

El Siglo XXI no da para grandes próceres. Cuesta imaginar que las estatuas de Nigel Farage, el audaz mentor del Brexit, y de Carles Puigdemont adornarán los parques en el que niños y jóvenes venideros jugarán en pantallitas y liarán porros. Sus oportunismos, en cambio, les valdrán alguna calle y briefs con fotos en wikipedias. Los catalanes son como los argentinos, por su proverbial falta de modestia, pero tienen euros. La afinidad en grandilocuencias y audacias de unos y otros ayuda a explicar que un puñado de rioplatenses sean protagonistas de esta secesión.

“Con plata cualquiera es vivo, sin guita cualquiera es gil (idiota)”: el tango Las Cuarenta puede desalentar a quienes le auguran a Catalunya Independent un futuro negro. Basta ver cómo los devaluados burócratas de Bruselas esperan a que caiga la moneda del Catexit todavía el aire. Después del default de Grecia, de la Europa de dos velocidades, de la salida de U.K., de la Merkel acosada por los neonazis y con 75 acechanzas separatistas en su vientre, la CE no está para revolear tarjetas rojas. Catalunya, como le llamarán ahora los que quieran hacer negocios con un PBI más grande que Bélgica o Dinamarca, será un postulante nada despreciable para el bloque.

Otra cosa bien distinta es el Barça, que en el 1-O ha llevado su militancia hasta la prudencia de no perder puntos en la Real Federación Española de Futbol. Ayer nomás, su cantera llevaba a la bandera del hoy Estado opresor a lo más alto, pero quien sabe si terminará con sus oropeles en una liga menor. Otra troika vidriosa, la de Gianni Infantino en Zurich, verá qué hacer con tanta pasión y business.

El follón catalá rebasa siglos, la última dinámica de la historia lo ha desbarrancado y no parece haber viaje de retorno. “Cataluña quiere tener su nación y así les des lo que pidan algún día la conseguirán”, dijo Adolfo Suárez hace 20 años a este periodista, al recordar sus pulsos con Josep Tarradellas, el mítico presidente de la Generalitat en los albores del post franquismo.

En esos tiempos, un cisma como este habría producido terremotos en La Moncloa y en La Zarzuela. Hoy ni siquiera hace transpirar a los altos cargos que mandaron a las fuerzas nacionales a pegarles a adultos y ancianos que querían votar su ilusión por zarpar de un país que no sienten suyo.

Los políticos suelen jugarse al mus los sueños de los votantes. Por eso esperan que Puigdemont diga “nos vamos” para negociar el calendario del desenganche de 7,5 millones de ciudadanos del mapa ibérico. Después de los saraos, en los que sonará El Sedadors hasta el cansancio, le esperan a la República Catalana por nacer los grandes temas pendientes que hasta hoy postergaron nacionalistas, conservadores y la izquierda, en su afán de levar anclas. Impuestos, moneda, infraestructura, comercio exterior, desigualdad, desempleo, seguridad. Todo un universo para gestionar, ahora sí, pero sin la cómoda coartada de que Madrid y sus imposiciones son los que impiden la felicidad.

“Catalunya, triomfant, tornarà a ser rica i plena!”, cantan los estelados a las puertas de manejar sus destinos sin el lastre peninsular. Es una dura lección para la España despechada, además de un costo severo por ahora difícil de mensurar. Demasiado tarde para lágrimas.

Daniel Bosque es periodista. Trabajó en medios de Madrid y Barcelona.