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Viernes 17 de noviembre de 2017
COYUNTURA
Era el candidato ideal de Cristina para sucederla
Cuando en el verano de 2012 estalló el escándalo Ciccone, comenzó a apagarse la estrella de Amado Boudou, en quien Cristina había depositado grandes expectativas y hoy hubiera podido ser presidente.
4 de noviembre de 2017
Por José Angel Di Mauro

Inicio de Semana Santa de 2012, la ciudad y el Gran Buenos Aires se reponían de un furioso tornado que había dejado un saldo de 17 muertos, cuatro de ellos en la Capital Federal. El fenómeno meteorológico sorprendió a Mauricio Macri en Villa La Angostura y a buena parte del gabinete porteño también de licencia, por lo que la vicejefa de Gobierno, María Eugenia Vidal, se puso al frente del operativo de ayuda junto al entonces ministro de Ambiente, Diego Santilli. Pero una noticia fue lo suficientemente trascendente como para dejar ese tema en segundo plano: el terremoto político que desataría Amado Boudou.

Un día antes había ocurrido el trágico tornado, pero también el juez federal Daniel Rafecas había autorizado el allanamiento de una propiedad del entonces vicepresidente de la Nación en Puerto Madero, en el marco de la investigación relacionada con la supuesta gestión del vicepresidente de la Nación, cuando era ministro de Economía, para facilitar el levantamiento de la quiebra de la ex Ciccone Calcográfica. El procedimiento, solicitado por el fiscal Carlos Rívolo, desató la ira de Boudou, quien ese Jueves Santo convocó a la prensa en el Salón de Lectura del Senado para salir al cruce de las últimas noticias sobre la causa Ciccone. Arrancó esa conferencia de prensa en la que no aceptó preguntas hablando de la tormenta que había azotado a la Ciudad y el Conurbano el día anterior, quejándose porque era para él “una vergüenza que en un día como hoy tengamos que estar ocupándonos de operaciones mediáticas en vez de los temas que le interesan a los argentinos”.


Habló luego del “brutal ataque a las instituciones que se está llevando adelante por las mafias”, calificó como jefe de las mismas al CEO de Clarín, Héctor Magnetto, y fustigó a “actores menores que llegan hasta el Poder Judicial”. En su descargo la emprendió contra el juez Rafecas, quien hasta entonces había sido muy condescendiente con él y hasta había sugerido que no tenía vinculaciones con la causa Ciccone; la emprendió contra el presidente de la Bolsa de Comercio, Adelmo Gabbi, y acusó al estudio jurídico de Esteban Righi, por entonces procurador General de la Nación, por supuesto tráfico de influencias.

La onda expansiva de sus denuncias alcanzó para apartar de la causa al juez y al fiscal, y se llevó puesto al procurador general de la Nación, que renunció a los pocos días ante la falta de respaldo oficial frente a tamaña acusación del vicepresidente, que dicho sea de paso la Justicia rechazó a los cuatro meses. Tal fue la importancia de la reacción de Boudou, que las consecuencias se extendieron hasta el presente, con la presencia de Alejandra Gils Carbó en el cargo que ostentaba antes Esteban Righi.

Pero no fue en ese momento cuando comenzó el derrumbe político de Amado Boudou, sino meses atrás, cuando en el verano una investigación periodística originada en las declaraciones de Laura Muñoz, quien sindicó a su exesposo Alejandro Vandenbroele como el presunto testaferro del entonces vicepresidente de la Nación y estalló el escándalo Ciccone. Boudou pensó que, como tantas otras causas, la misma no avanzaría, pero las investigaciones periodísticas comenzaron a cercarlo y fue aquel allanamiento el que lo descolocó y lo llevó a jugar fuerte. Sin embargo nunca pudo recuperarse, pues su papel a partir de entonces quedó limitado a lo meramente decorativo. En rigor, se transformó en un jarrón que el gobierno de Cristina Kirchner no sabía donde poner.

Durante meses, Boudou soportó el repiqueteo constante de la oposición en el Senado que cuestionaba su presencia al frente del cuerpo y le reclamaba al menos pedir licencia mientras durara la investigación. La entonces presidenta sintió que cualquier decisión que tomara en ese sentido la hubiera mostrado débil y lo protegió, más sin defenderlo públicamente.

Lejos quedaba el inicio del segundo mandato de Cristina Kirchner, quien el 16 de diciembre de 2011 pronunció su recordada frase ponderatoria hacia el encumbrado Boudou: “No saben lo lindo que es tener vicepresidente. Estoy tan contenta…”. Bien se sabe que ella no daba puntada sin hilo: esas palabras fueron pronunciadas en San Rafael, Mendoza, provincia de su anterior vice, Julio Cobos, con el que rompió definitivamente cuando su voto “no positivo”.

Por entonces “Aimé” era una estrella en ascenso dentro de un cristinismo que estaba prevaleciendo por sobre el kirchnerismo. Tan era así que el entonces ministro de Economía había sido el encargado de hacer campaña, guitarra en mano, en lugar de su compañera de fórmula y jefa. Muy ponderado por Cristina desde que tuvo la idea de estatizar las AFJP cuando el gobierno necesitaba financiamiento tras no haber prosperado la resolución 125, Amado Boudou se había ilusionado con ser jefe de Gobierno. Si hasta se había especulado con la fórmula “Boudou-Filmus” para competir en la Ciudad.

Boudou contaba por entonces con el fuerte apoyo de los grandes gremios, CGT de Moyano incluida, y en el marco de su instalación habían aparecido afiches gigantes mostrando las caras de Cristina y su ministro de Economía. En rigor, parecían ser parte de la campaña de instalación de Boudou para la Jefatura de Gobierno; por eso, cuando la Presidenta se inclinó por Filmus, no pocos se imaginaron que el ministro de Economía había sido reservado para una instancia superior. Así, esos afiches terminaron siendo una suerte de testeo para la futura fórmula presidencial.

El entonces ministro reunía una serie de requisitos reclamados por el kirchnerismo, que exigía para todos los cargos de las elecciones venideras estrictas pruebas de lealtad, pero muy especialmente para el puesto de vicepresidente, habida cuenta de la experiencia cobista. Y Boudou tenía méritos suficientes en ese sentido, que terminaron dándole el número 2 para la fórmula presidencial de 2011, esa que se alzó con el 54%.

Semejante respaldo electoral fue no pocas veces reivindicado por el propio Boudou cuando el asedio judicial se había desatado en torno suyo. Pero antes había esperado que le sirviera para una instancia mucho más trascendente: ser el elegido en 2015 para suceder a Cristina Kirchner. Resulta contrafáctico analizar qué hubiera ocurrido de no hubiera estallado el escándalo Ciccone, pero muy probablemente la carrera política de Boudou hubiera evolucionado en ese sentido, postergando tal vez las aspiraciones de Daniel Scioli, a quien la Presidenta nunca vio con buenos ojos para sucederla.

Boudou además tenía un adicional no menor para ser elegido por CFK: por haber integrado la fórmula presidencial en 2011, no tendría reelección en 2019; ideal por si Cristina pretendía retornar entonces al poder.