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Lunes 11 de diciembre de 2017
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La vuelta de Cristina al Senado, exactamente 10 años después
Diez años y un día son los que se cumplen desde que Cristina Kirchner renunció a su banca de senadora para asumir como presidenta de la Nación. Con esta jura, inicia su cuarto período en el Senado, donde volverá a sus fuentes: rebelde y opositora.
28 de noviembre de 2017
Por José Angel Di Mauro

Cristina Fernández de Kirchner vuelve al Senado una década después de haberse despedido de ese ámbito. El 28 de noviembre de 2007 fue la última vez que se sentó en su banca de la Cámara alta, en esa oportunidad para asistir a la aceptación de su renuncia como senadora, ya como presidenta electa.

Para despedirse, le dio la palabra quien presidía por entonces el Cuerpo, Daniel Scioli, a la sazón también gobernador bonaerense electo. Cristina Fernández pronunció ese día un discurso sin confrontaciones, en el que destacó el rol del Congreso de la Nación a nivel institución democrática: “Me voy de un Parlamento legitimado por el voto popular”, señaló la entonces senadora al recordar sus inicios en 1995, cuando los senadores eran designados por las legislaturas y no por el voto popular, como se decidió a partir de la reforma constitucional.

En ese último discurso Cristina resaltó que ese Congreso había terminado con “la cultura de la impunidad”, al sancionar la nulidad de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. Hizo hincapié también en la reforma del Consejo de la Magistratura, proyecto de ley del cual había sido autora. “La reforma del Consejo de la Magistratura fue denostada y se nos acusó de querer manipular jueces. Sin embargo, hace un año que funciona y no ha sucedido nada eso”, señaló entonces. Es muy probable que en los próximos meses la exmandataria asista a una nueva reforma de esa ley, ahora a instancias del Ejecutivo, sin poder hacer mucho para evitarlo.

“Todavía nos falta que los jueces paguen impuestos a las Ganancias, porque todos somos iguales ante la ley, y el impuesto es solo un concepto económico que en democracia lo tienen que cumplir todos los ciudadanos”, señaló en referencia a un deseo que en sus ocho años como presidenta no pudo lograr.

En su discurso de despedida del Senado, aseguró que nunca había imaginado ser presidenta de la Nación, pero destacó tener “una firme convicción” y garantizó que cumpliría su función “con responsabilidad, como siempre lo hicimos desde esta banca”.

Estaban presentes en esa sesión su esposo, el presidente Néstor Kirchner, y el entonces jefe de Gabinete Alberto Fernández. Enseguida juraría su remplazante: Eric Calcagno, y luego los 24 senadores electos en octubre pasado.

Cristina se iba tras haber pasado ocho años en el Senado, al que llegó por primera vez en diciembre de 1995. En la ceremonia de jura de aquel entonces también estuvo presente su esposo, por esa época gobernador de Santa Cruz, y su hijo Máximo, entonces de 23 años. También estaba su hija Florencia, de 5, que se sentó en su banca antes que ella, como también lo haría años después en el sillón de Rivadavia, estrenándolo antes que su padre.

Le tomó juramento el vicepresidente Carlos Ruckauf, y Cristina Kirchner juró sola, vestida con un tailleur rosa y pantalones, la mano derecha extendida sobre la Biblia. No era el centro de atención de los reporteros gráficos, atentos a quien por entonces era la política del momento: Graciela Fernández Meijide, que juró en esa misma sesión, a diferencia de ella no designada por una legislatura, sino tras haber derrotado en las urnas de la Ciudad de Buenos Aires a Erman González y al radical Jorge Vanossi. Dos años después Fernández Meijide le daría al duhaldismo un golpe de nocaut al vencer en la provincia de Buenos Aires a Chiche Duhalde en la elección para diputados.

Fernández de Kirchner se ganaría el mote de “rebelde” pocos meses después, al plantear cuestionamientos a su propio gobierno. “Si ser rebelde significa decir lo que se piensa y manifestar el disenso democráticamente cuando no se está de acuerdo, entonces lo soy. Si plantear, por ejemplo, que el ministro (Oscar) Camilión debe renunciar o que la señora María Julia Alsogaray tiene responsabilidades institucionales concretas cuando por negligencia se produce el incendio en los bosques, o plantear que un senador no puede ingresar al Senado con un videopliego -se refería a Ramón Saadi-, entonces soy rebelde”.

Su bloque le toleró sus permanentes rechazos a las posturas oficiales. Pero la gota que colmó la paciencia del presidente, Augusto Alasino, fue su negativa a apoyar el texto de creación del Consejo de la Magistratura, con lo que le impidió a su bancada lograr el número necesario para insistir con la sanción original del proyecto. Eran tiempos en que Carlos Menem y Eduardo Duhalde extendían al Senado su anticipada pulseada por la sucesión en el 99, y en la Cámara alta se quiso dar una muestra de que allí el poder menemista era real y concreto.

Mas no la echaron. Con la intención de que ella misma se apartara de la bancada, las autoridades del bloque resolvieron expulsarla de las comisiones de las que formaba parte. La medida generó gran polémica y un debate sobre si la representación en las comisiones corresponde al legislador o al bloque. El titular de la Cámara, Carlos Ruckauf, terminó advirtiendo que eso era antirreglamentario, pues “la separación de un senador no puede hacerse sin su consentimiento”. Ante las circunstancias, el bloque decidió revisar la resolución, y habida cuenta de la intención de Cristina de dar pelea, resolvieron no dar más vueltas y directamente separarla de la bancada.

Los senadores justicialistas aseguraron que la permanencia de su colega junto a ellos resultaba ya “insostenible” debido a las posiciones contrarias a las resoluciones que adoptaban y a sus votos negativos. La dama rebelde replicó que había votado a favor de todas las leyes del gobierno que hacían a la transformación económica y que en cambio lo hizo contra todos aquellos proyectos del bloque que implicaban un menoscabo para su mandato. Pero no le quedó otra que irse, y formó junto a Felipe Ludueña el bloque PJ Santa Cruz.

Igual, fue por poco tiempo, pues a los pocos meses encabezó la lista de su provincia en la elección para diputados y pasó a la Cámara baja.

Volvería al Senado en 2001, ahora elegida por el voto popular, para asistir al desbarranque de Fernando de la Rúa. Desde su banca, más precisamente desde la presidencia de la Comisión de Asuntos Constitucionales, hizo su aporte al emitir un dictamen para que el Congreso autoprorrogara las sesiones ordinarias hasta el 28 de febrero, en una medida que representaba otra estocada contra el gobierno, pues pretendía en ese tiempo dejarle las manos libres al peronismo para votar la derogación de facultades especiales de Domingo Cavallo, como así también impulsar la reforma a la ley de Acefalía, lo que el radicalismo tomaba como un embate por la cabeza misma del poder. No hubo tiempo para ver cómo podría resolverse el conflicto institucional, ya que menos de una semana más tarde comenzaban los saqueos y poco después caía el gobierno de De la Rúa, cuya renuncia había pedido públicamente Cristina Kirchner horas antes. Pedía eso y comicios no más allá de 90 días, acorde a los deseos de su esposo, que soñaba con ser consagrado candidato por el Frente Popular. Y que en el ínterin asumiera el flamante presidente provisional del Senado, Ramón Puerta.

En su segundo período en el Senado, CFK tuvo su nueva etapa rebelde, esta vez formando el Grupo de los 8, que junto con ella integraron el santacruceño Nicolás Fernández, Jorge Yoma, los entrerrianos Jorge Busti y Graciela Bar, el chubutense Marcelo Guinle y los puntanos Liliana Negre y Raúl Ochoa. Se oponían a las principales leyes que necesitaba el presidente Eduardo Duhalde, argumentando que el mandatario se sometía a las exigencias del Fondo Monetario. Por ejemplo a la derogación de la Ley de Subversión Económica, que casi evita mandando a buscar a un senador correntino con el avión sanitario de la provincia de Santa Cruz. Para evitar el traspié, el oficialismo debió valerse del abandono del recinto por parte de una senadora radical, previa gestión con el gobernador radical de su provincia, y luego el desempate por parte del titular del cuerpo.

¿Qué argumentaba Cristina Kirchner por esos días? Que pese a todas las disposiciones del gobierno, el FMI no le iba a dar la plata. “¿Sabés cuál va a ser la próxima exigencia? Que enjabonemos el Obelisco y que el Presidente se suba... No le van a dar la plata, Marcelo...”, señalaba por esos días Cristina en un reportaje. El tal Marcelo era Marcelo Longobardi. Otros tiempos. Otra etapa de Cristina, que después fue senadora cuatro años y medio con su esposo presidente. Y que ahora, en su regreso al Senado, tendrá la oportunidad de volver a ejercer su papel de opositora que tan bien cumplió.