BUSCAR FACEBOOK TWITTER
Martes 19 de junio de 2018
OPINIÓN
Alfonsín, con su palabra y compromiso, recuperaba aquella paz tan anhelada
Por José Bielicki. Tras cumplirse un nuevo aniversario del regreso de la democracia, el diputado nacional (MC) evoca esa gesta.
13 de diciembre de 2017
El 10 de diciembre de 1983 finalizaba la dictadura criminal que oscureció la vida de los argentinos. No es fácil comprender, para las nuevas generaciones, cuán complejo era ese instante para una sociedad castigada y oprimida con un resultado sombrío para quienes asumían la conducción del gobierno y, en particular, para el Presidente de la República. Los antecedentes de otros gobiernos surgidos después de situaciones iguales (de facto) fruto de golpes militares, son incomparables con lo recibidos en aquel año. Delitos increíbles con desaparecidos asesinados, aislamiento internacional, pesada deuda externa, deuda social grave, conflicto al borde de la guerra con Chile, y tantos que significaban una pesada y casi imposible situación.

Allí, ese día, en el estrado, estaba ese hombre que abría una esperanza para comenzar la reparación anhelada. Su palabra y compromiso eran sagrados para llevar adelante la tarea de recuperar la paz, pero con la sanción que se debía imponer a los responsables del desquicio intencional producido. Alfonsín, frente a quienes creían que el camino era el olvido y el reconocimiento de la “autoamnistía” que pretendieron darse los que gobernaron el país hasta ese día, con la lucidez de un gran estadista, comprendió que no habría seguridad democrática si los delitos no tenían sanción. La postura contraria la encarnaba el candidato justicialista Italo Luder, quien aceptaba la solución con el olvido que dejaban los militares del proceso.

Hoy, a 34 años y unos pocos días de aquel 10 de diciembre, recuerdo aquella mañana: ese hombre estaba allí, exponiendo su discurso a la Nación, yo estaba a pocos metros en mi banca, con los otros consagrados para acompañar la epopeya que se abría. Eramos los albañiles para sostener la valentía del que había logrado superar, con el apoyo del pueblo, lo que parecía imposible: ganarle al candidato de la fuerza política hegemónica. Allí vale la pena recordar un hecho singular y único, el ofrecimiento del Presidente triunfante a quien había derrotado nada menos que la Presidencia de la Suprema Corte de Justicia. Italo Luder la rechazó. ¡Qué ejemplo y cuánto valor pudo tener el perdedor, controlaba desde otro poder al ganador!

Nuestra emoción y alegría era la expresión acompañada por quienes tuvieron el privilegio de ocupar los palcos y las galerías de la Cámara de Diputados, pero también de las multitudes que rodeaban el Congreso de la Nación. Era la esperanza que renacía y nosotros, los legisladores radicales y peronistas, sentíamos el valor de la recuperación.

Han transcurrido más de tres décadas, el balance es positivo. Podemos hoy sentirnos orgullosos de todo lo actuado. La historia no recogerá a los albañiles, pero cada uno sabe que cuando nos tocó la responsabilidad de cumplir con nuestro juramento, lo hicimos y acompañamos a uno de los grandes. La tarea fue recuperar la vida frente a la muerte y la decadencia. Y no fue fácil.

Debemos recordarla día a día para no caer en gobiernos hegemónicos y corruptos como el que nos tocó vivir hasta hace dos años.