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Sábado 23 de junio de 2018
OPINIÓN
Fin de año con sabor agridulce, pero con las metas cumplidas
La foto final del jefe de Gabinete con hombres del área económica fue la confirmación de que la inflación le está resultando al gobierno más difícil de manejar de lo que esperaba. Fue un triunfo del ala política, que reconoce como costoso pero necesario el esfuerzo legislativo realizado en diciembre.
30 de diciembre de 2017
Por José Angel Di Mauro

Depende desde dónde se mire, distinta será la sensación con la que los funcionarios eleven sus copas este fin de año. Situados exactamente 365 días atrás en el tiempo, deberían estar, sino exultantes, más que aliviados, y hasta felices de ganado una elección clave para el futuro no solo de Cambiemos, sino del propio gobierno nacional. ¿Qué no hubieran dado por semejante resultado electoral, si se quiere impensado entonces aun para los más optimistas?

Visto precisamente desde el día después de esos comicios, la sensación podría tener ahora un sabor agridulce, pues por entonces los planetas parecían haberse alineado de modo tal que las sonrisas desbordantes no dejaban lugar al menor recelo.

En rigor, nada hacía suponer entonces la imagen del penúltimo día hábil del año en la Casa Rosada, con el jefe de Gabinete flanqueado por el presidente del Banco Central y los ministros de Hacienda y de Finanzas. Difícilmente buenas noticias auguren semejante convocatoria.

Un duro golpe a su autoestima debe haber supuesto para Federico Sturzenegger aceptar “la invitación” de sentarse a esa mesa para anunciar las correcciones de las metas de inflación, una medida que resistió hasta último momento y que representó un triunfo del ala política, que desde hacía tiempo cuestionaba la rigurosidad del manejo monetario del mandamás del Banco Central, que hasta ahora había contado con el respaldo determinante del Presidente. Se dice que finalmente convencieron a Mauricio Macri los datos de una ralentización del crecimiento en el mes de noviembre, que Sturzenegger negó. “Yo tengo otros datos”, aseguró, sugiriendo esperar las cifras del INDEC, lo que suponía aguardar dos meses. Y el Presidente habría considerado inaceptable la posibilidad de resignar el crecimiento en 2018.

Otros sostienen que lo que convenció a Macri fue la certeza de que las altas tasas estaban dañando uno de los activos más valiosos de su gestión, como es la vuelta del crédito hipotecario.

Como sea, el mandatario dio luz verde y “sus manos y sus ojos” -Marcos Peña y el dúo Quintana-Lopetegui- instaron a Sturzenegger a entrar en razones. El titular del BCRA habría puesto como condiciones reducir las transferencias de esa entidad al Tesoro y que las paritarias se alineen estrictamente con las nuevas metas de inflación. Recibió garantías en ese sentido y luego Sturzenegger anunció una drástica reducción de los traspasos al Tesoro, que será de 140 mil millones en 2018, 70 mil millones en 2019, y prácticamente desaparecerán al año siguiente del fin del -¿primer?- mandato de Macri. Así las cosas, Federico Sturzenegger evitó tener que repetir el peregrinaje que justo un año atrás le tocó hacer a Alfonso Prat-Gay, cuando fue a ver al Presidente a Villa La Angostura para presentarle la renuncia.

El exministro de Hacienda tuvo una coexistencia complicada con el titular del BCRA durante el año que duró su gestión en el gobierno, y recientemente había criticado públicamente las altas tasas fijadas por esa entidad. Ni bien pasó la conferencia de prensa del jueves, Prat-Gay ponderó las medidas señalando a través de un tuit que “la meta de inflación la fija el PEN, no el BCRA”. Y agregó que “el cambio en esa meta la hace más compatible con el objetivo de reducción gradual del déficit fiscal y de consolidación del crecimiento”. De paso, el exministro pidió también atender el déficit comercial, que este año marcó un récord.

Prat-Gay, que no habló mal del gobierno tras su salida -dato muy valorado por Mauricio Macri, hombre de rencores profundos cuando lo desairan, sino que le pregunten a De Narváez o Felipe Solá-, podría tener una segunda chance con Cambiemos, ya no como funcionario del gobierno nacional, sino como candidato radical a gobernar Tucumán, provincia en la que vivió en su infancia, y por la que su abuelo fue diputado nacional de la UCR.

Los anuncios económicos coincidieron con el pico de una escalada del dólar que llegó a tocar ese día los $19,46. Más que los $19,3 pautados por el Presupuesto 2018 que el Senado acababa de convertir en ley el día anterior. Precisamente unos de los “beneficios” de la flexibilización de metas es que permitiría descomprimir el atraso cambiario. Con todo, el dólar se desinfló el último día del año, cerrando a $18,92, tras diez días en alza. También se desinflaron con eso las hipótesis de “corrida bancaria” para el cierre del año, último extravío de los socios del club del helicóptero.

Si bien no puede ser esa una meta de Hacienda, el cálculo oficial previsto en el Presupuesto 2017 para este año hablaba de un dólar de $17,92. En ese Presupuesto se calculaba el valor de la divisa en $21,21 para 2018 y $23,53 para 2019. Un reporte de la JP Morgan de la última semana prevé un valor de $21,75 para la divisa norteamericana este 2018. Las exportaciones, agradecidas; pero está el riesgo inflacionario.

Los que celebraban eufóricos y ya hacían planes de reelección el 23 de octubre pasado deben haberse atragantado con las imágenes del 14D y el 18D, cuando el clima de desborde que acompañó a la polémica reforma previsional encendió todas las alertas. Pero lo cierto es que tanto esa ley como el resto del paquete económico impulsado por el gobierno terminaron convertidos en ley esta última semana sin mayores sobresaltos en la Cámara alta, donde Cristina Fernández de Kirchner inició su cuarto período como senadora.

Una encumbrada fuente parlamentaria ponderó ese dato ante este medio como corolario para celebrar, más allá de lo azaroso que resultó, que todo hubiese sido aprobado. Admitió que el trámite de la ley previsional había reportado para el gobierno un considerable desgaste respecto de lo mucho ganado en octubre, pero insistió en valorar el resultado final: la aprobación de esas normas. Y consultado sobre si consideraba un error el tratamiento en diciembre, mes que suele ser muy caliente y conlleva antecedentes nefastos, lo rechazó de plano. “No podíamos esperar a marzo”, aclaró tajante, estimando que esas leyes no hubieran salido entonces. Había que aprovechar el momento más fresco del efecto triunfal de las elecciones y eso fue lo que se hizo. Y el resultado fue, más allá de las formas, el deseado. Fin del debate.

Cuando el jefe de Gabinete confirmó en la misma conferencia de prensa del jueves que el gobierno intentará debatir la reforma laboral en febrero, abonó esa misma teoría: no hay que esperar al inicio del período ordinario para los temas más controvertidos. Si bien fuentes legislativas no descartaron la posibilidad de seccionar la ley laboral de modo tal de aprobarla por tramos, resulta curiosa esa alternativa, pues dejaría poco margen para negociar sus partes más controvertidas. Se verá.

Dependerá de la voluntad de los senadores encolumnados detrás de Miguel Pichetto, que en el debut de la flamante bancada Justicialista se mostraron el miércoles críticos, pero solidarios en materia de gobernabilidad. No faltaron quienes cuestionaron que la modificación de las metas de inflación se hubiera hecho inmediatamente después de la aprobación del Presupuesto, que sugiere una previsión de inflación que ya no existe. Pero obviamente esos cambios eran impensados antes de ese debate, que debía saldarse sin modificaciones que obligaran a una vuelta del proyecto a Diputados.

De todos modos no hubo quejas del bloque Justicialista, cuyo jefe calificó en el cierre del debate como “altamente irracional” la política económica por su nivel de endeudamiento. “No tienen un ministro de Economía que por lo menos determine cómo funciona la economía”, se quejó Pichetto, que más adelante advirtió contra una continuidad de “esta política de endeudamiento”. Para el rionegrino, “si algún día se corren las Lebac y van al dólar, volamos por el aire”, inquietó, para terminar recomendándole al gobierno: “Pongan un ministro de Economía que regule la política monetaria, la política fiscal, la política del gasto... Tengan alguna centralidad desde la perspectiva de la visión política. De lo contrario, el presidente del Banco Central va a seguir aplicando tasas de interés del 30% alegremente”. Al día siguiente, parecieron atender su reclamo.

Aunque lo de un ministro de Economía que centralice todo por ahora no corre. Pero sí hay uno que centraliza, está claro, y cada vez con más poder: Marcos Peña, qué duda cabe.