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Sábado 20 de octubre de 2018
OPINIÓN
En un momento inoportuno, el sindicalismo declaró la guerra
Por José Angel Di Mauro. Previsiblemente una parte del sindicalismo se pintó la cara en vísperas del inicio de las negociaciones paritarias, y con un ministro de Trabajo que debió salir de escena en medio de una tormenta, pero sobre el que caerá lluvia ácida.
21 de enero de 2018
Será extenuante la gira con la que el Presidente abre su agenda internacional de este año. Pasará por Rusia, Suiza y Francia, desde donde emprenderá el regreso el próximo sábado por la noche, en un vuelo de línea, a contramano de lo que recomendaron la Casa Militar y la consolidada Patricia Bullrich. Amén de las prevenciones en materia de seguridad, se suma el desgaste extra que genera depender de aerolíneas comerciales. Pero Mauricio Macri no se queja; no solo porque venga descansado después de tres semanas en el country Cumelén, sino porque suelen entusiasmarlo especialmente sus giras internacionales como presidente. Nada mejor que cargar pilas afuera cuando adentro todas vienen torcidas.

Al Presidente le refuerza el ánimo la ponderación de la que goza en el exterior, donde no existe ninguna caída de imagen, más bien lo contrario. Es el primer viaje a Europa que emprende desde su triunfo electoral en octubre y espera que sus anfitriones lo tengan bien presente. Sobre todo en Davos, que fue en 2016 el primer destino elegido por el entonces flamante presidente, con la deliberada doble intención de diferenciarse del gobierno anterior y buscar inversiones. Hoy, con las elecciones legislativas ganadas y reformas en marcha, dirá a los inversores reunidos en el Foro Económico Mundial que espera que ahora sí respondan como prometieron.

Lo que en ningún momento le pasó por la cabeza al Presidente fue alterar la agenda y cruzar la cordillera para saludar a Francisco, tal cual hizo en 2013 su antecesora cuando fue a Copacabana, llevando como acompañante al entonces candidato Martín Insaurralde, para una foto que consiguió, pero que de poco le valió. Mauricio Macri se quedó en Buenos Aires, trabajando en su regreso tras el descanso veraniego, aunque sí atento a las señales papales. La primera fue el telegrama protocolar que envió al sobrevolar territorio argentino. En inglés, remarcaron los obsesionados por encontrar detalles que delaten el supuesto encono papal contra el mandatario de su país. “Es el protocolo vaticano”, se aclaró, para aventar fantasmas.


Bien cierto es también que un pontífice tan poco afecto a ceñirse a las reglas pudo haber hecho algún gesto especial, pero no. Habrá que pensar que en definitiva el Santo Padre no tiene ningún interés en exhibir una afinidad que no siente por este gobierno. Es lo que sugieren quienes se arrogan informalmente la condición de voceros y a los que el Episcopado desautorizó hace pocos días... Con cinco años de retraso, podría decirse.

A falta de portavoces confiables -su vocero vaticano, Georg Burke, había anticipado “un mensaje interesante” respecto del telegrama que al final no se salió del manual-, habrá tal vez que dar crédito a quienes manifiestan mantener una correspondencia periódica con Francisco. “Vía fax analógico”, según confió a este medio un sindicalista que se comunica así con el Pontífice, a sabiendas de que es un sistema que evita “pinchaduras”. Los que hablan con este Papa “peronista” aseguran que él tiene “una mala impresión” del gobierno, que se complementa con “la mala relación” de los cinco años y medio que convivieron él y Macri en la Ciudad de Buenos Aires, como arzobispo uno y jefe de Gobierno el otro.

Pero amén de esa supuesta falta de afinidad, la razón que se le atribuye a que el Papa no quiera venir a la Argentina no es la grieta en sí, sino el deseo de evitar que cualquier referencia crítica que inexorablemente haría en su tierra podría traer consecuencias excesivas e indeseables.

El Presidente busca sino recomponer la relación, al menos evitar sinsabores, de ahí que desde el gobierno buscaran adaptarse al espíritu papal cuando al cabo de la primera reunión de Gabinete de este año, el martes pasado, se difundiera que Macri parafraseó al Papa en aquello de “insistir con la cultura del trabajo”. Precisamente ese es un tema que obsesiona al Presidente, que no gana para disgustos en ese ámbito: una buena parte del sindicalismo le declaró la guerra esta semana, y el ministro que debe lidiar con esos gremios quedó en el ojo de una tormenta con final incierto.


Lo de Jorge Triaca fue especialmente serio. No fue un solo flanco el que mostró, sino que ofreció numerosos costados donde se le puede pegar duro. Porque si ya es cuestionable que un ministro de Trabajo -nada menos- tenga un empleado en negro, es muy complicada la grabación que se difundió fustigando a Sandra Heredia; pero es ciertamente indefendible que la haya empleado en el SOMU, el gremio intervenido del detenido Omar “Caballo” Suárez. Investigaciones periodísticas dieron cuenta luego de más allegados suyos incorporados a dedo en un gremio que fue punta de lanza en la cruzada de transparencia lanzada por Cambiemos.

Flaco favor le hace esta situación al gobierno en un momento de máxima tensión sindical.

Cierto es que el Presidente valora la capacidad de su ministro de Trabajo para preferir dejarlo en el cargo, pero tal decisión es una nueva mácula para una administración que cada vez expone más flancos. Este es el gobierno que tras disponer el blanqueo de capitales modificó por decreto la ley permitiendo el ingreso al mismo de familiares de funcionarios, para luego saberse que un hermano del Presidente blanqueó 600 millones de pesos. Si Cambiemos decidió poner la vara alta, debería atenerse a ello y obrar en consecuencia cuando corresponda. De hecho, el propio Marcos Peña habló de esa vara alta al defender a Triaca. “No es algo que tenga que costarle el cargo”, esgrimió. ¿Qué pasará cuando Lilita Carrió -hoy de vacaciones- opine del tema?...

En sus declaraciones del viernes, el jefe de Gabinete abrió finalmente la puerta a una posibilidad que en este mismo espacio se daba por descartada: la de dividir el proyecto de reforma laboral para garantizar su aprobación por partes. Una alternativa que una alta fuente de la Cámara de Diputados había sugerido como probable en la última semana de 2017, pero que desde el corazón del gobierno desechaban, a sabiendas de que así se aprobaría solo lo que les interesa a los gremios y las cosas más controvertidas jamás pasarían.

Sin embargo las cosas han cambiado. El peronismo dispuesto a colaborar ha tomado nota de que el estado de gracia del gobierno ha quedado en stand by, y no está dispuesto a defender las cosas que el gobierno necesite y no sepa imponer ante la opinión pública. Ya expuso mucho capital propio con la reforma previsional y el paquete económico a fines de diciembre, de modo tal que de ahora en más medirán sus esfuerzos. Mientras tanto, el sindicalismo mostró el jueves pasado en Mar del Plata que se ha pintado la cara frente al gobierno, de modo tal que no hay ninguna alternativa para hacer avanzar el proyecto de reforma laboral así como llegó al Congreso.

El baño de realismo se lo transmitió inicialmente Rogelio Frigerio al Presidente en Cumelén, después de reunirse con Miguel Pichetto, y encargado de oficializarlo fue Marcos Peña en una conferencia de prensa en la que anunció que el Presidente prescindía de llamar a extraordinarias. El jefe de Gabinete terminó la semana cediendo nuevamente al admitir que podrían modificar la reforma laboral: “Para nosotros no es de vida o muerte que sea una ley o varias leyes”, confirmó. Así será entonces.

En su vuelta formal a la actividad, el Presidente también reanudó sus visitas al interior, y eligió para ello una provincia opositora: Catamarca. Allí gobierna Lucía Corpacci, que supo tener un diálogo áspero con el gobierno nacional, pero que hoy está encauzado. El gobierno catamarqueño es uno de los que a los ojos presidenciales “se portó bien” con el paquete de leyes de fin de año, sobre todo la reforma previsional. Corpacci aportó dos votos clave, los de Silvana Ginocchio y Gustavo Saadi, y se ubicó entre los gobernadores que en el futuro merecerán atención privilegiada del poder central. Hay otros nueve mandatarios opositores que con más o menos méritos entran en ese rubro. Obviamente no está en ese lote el gobernador pampeano Carlos Verna, que esta semana se encendió de furia cuando el gobierno nacional terminó laudando a favor del gobierno mendocino del radical Alfredo Cornejo, en la disputa por la construcción de la represa de Portezuelo del Viento. Verna dice que irá a la Corte. Al cabo, pertenecer tiene sus beneficios...