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Miércoles 15 de agosto de 2018
OPINIÓN
Bergoglio: Ni el poder de Roma logra tapar todo
Por Luis Zamora. El exdiputado nacional, abogado querellante en el juicio ESMA, repasa el proceso judicial de la causa que investiga la responsabilidad de Francisco en el secuestro de dos sacerdotes jesuitas durante la dictadura.
23 de enero de 2018
A mediados del 2015 intenté comunicarme en varias oportunidades con Graciela Yorio. La estaba asesorando en relación a cómo continuar la investigación de la responsabilidad de Jorge Bergoglio, en el secuestro de su hermano el sacerdote jesuita Orlando Yorio y del también sacerdote jesuita Francisco Jálics, con quien compartía tareas de catequesis, en la entonces “villa del Bajo Flores”.

Yorio y Jálics fueron secuestrados por la Marina el 23 de mayo de 1976, llevados a la ESMA, donde fueron torturados, y luego mantenidos cautivos casi seis meses cuando fueron liberados. Orlando Yorio falleció en el año 2000 como párroco en una iglesia en Montevideo y Francisco Jálics vive desde hace muchos años recluido en un monasterio en Alemania.

Ambos denunciaron, en más de una oportunidad a Bergoglio como responsable de haberlos “denunciado y entregado” a los marinos que los secuestraron y torturaron. Lo hicieron oralmente y por escrito. Jálics nada menos que en un libro de su autoría donde lo alude varias veces sin nombrarlo(1). Yorio luego confirma que es Bergoglio a quien se refieren ambos(2) y el propio Jálics años más tarde termina aclarando que sus denuncias de entonces eran contra Bergoglio(3).

Ambos eran teólogos y habían sido docentes en el Colegio Máximo de la Compañía de Jesús en San Miguel y como tales fueron profesores de Jorge Bergoglio. Luego hicieron la llamada “Opción por los pobres” y fueron a ejercer su ministerio, tal como lo entendían, a la villa que hoy es conocida como “la 1.11.14”. Bergoglio, por su parte, había sido nombrado en 1975 Provincial de la Compañía, era el superior jerárquico de los jesuitas y por lo tanto también de los dos sacerdotes, quienes dependían directamente de él y con quién mantenían una relación estrecha de acuerdo a los antecedentes mencionados. Yorio y Jálics vivían en el Barrio Rivadavia a dos cuadras de la entrada a la villa y allí fueron secuestrados por la Marina junto a un grupo de jóvenes catequistas. Estos últimos, después de vivir horas dramáticas en la ESMA, fueron liberados en los días siguientes. En cambio, un grupo también vinculado a ese trabajo, secuestrado días antes, nunca apareció. Entre ellas estaba Mónica Mignone con cuyo padre, Emilio Mignone, compartí tantas jornadas en aquel CELS inolvidable que enfrentó a la dictadura. Mignone era además un importante dirigente laico de la Iglesia Católica. De sus investigaciones, de sus diálogos con Yorio y Jálics cuando fueron liberados y de sus numerosas relaciones en la Iglesia, Mignone concluyó y así lo escribió, que tanto el Cardenal Aramburu como el Provincial Bergoglio eran “pastores que entregaron sus ovejas al enemigo sin defenderlas ni rescatarlas” (4). En muchas conversaciones que tuve con él y en reuniones de trabajo en el CELS, ya en aquellos tiempos dictatoriales, Mignone adelantaba esa conclusión que luego puso por escrito y en forma pública.

En el proceso oral conocido como “Mega Juicio ESMA”, en el tramo iniciado en el 2009, donde imputamos un obrar genocida al grupo de tareas que perpetró esos crímenes masivos contra miles de secuestrados y secuestradas -entre ellos Yorio y Jálics y las catequistas referidas- declararon algunas de estas últimas. Al surgir de sus declaraciones referencias a las imputaciones que le hacían los curas a Bergoglio, solicité, como querellante, que sea citado a declarar en el juicio. El jesuita ya era para entonces Cardenal Primado de la Argentina (año 2010). Después de varias objeciones que planteó Bergoglio para concurrir, logramos que se vea obligado a hacerlo. Aunque había tenido más de 30 años para prepararse no encontró respuestas para varias preguntas, en otras fue reticente y en algunas no tuvo más remedio que mentir. Por ejemplo, tuvo que reconocer que supo desde los primeros días del secuestro que estaban cautivos por la Marina. Era evidente que lo sabía porque, de acuerdo a lo que luego denunciaron Jálics y Yorio, había estado en conocimiento del operativo con anterioridad, los había acusado ante los marinos y no podía reconocerlo. Insistió una y otra vez que no recordaba cómo se había enterado a pesar de que era un dato de enorme importancia. “De mi entorno, surgió”, decía. Hasta que finalmente, ante mi insistencia, dio el nombre de un jesuita, el padre Storni, que por supuesto, ya había fallecido para entonces y era imposible chequear el dato. Así fue gran parte de la declaración. No pudo explicar tampoco cómo sabiendo dónde estaban secuestrados no lo había denunciado o, como sí lo hicieron algunos familiares, por qué no se había acercado al lugar. Quedó claro que sabía mucho más de lo que decía y que algunas de las respuestas no eran ciertas. Como cuando señaló que el dato de que estaban en la ESMA se los había dado enseguida a la familia Yorio. Citamos a declarar a Graciela Yorio quien en su testimonio lo desmintió con energía, que se habían visto varias veces con él y que nunca les dijo ni a ella ni a nadie de su familia que él sabía que los tenía la Armada.

Tres años más tarde, cuando fue elegido por el cónclave de cardenales para suceder al renunciante Ratzinger como titular del poder eclesiástico y político en el Vaticano, muchos de estos antecedentes volvieron a salir a la superficie -especialmente las sólidas investigaciones del periodista Horacio Verbitsky- y, con mucha más fuerza, recorrieron el mundo. Por esa razón fuimos requeridos por varios medios masivos en relación de estos antecedentes y responsabilidades. Y por supuesto los reafirmamos y desarrollamos con todas las pruebas que las fundamentaban.

En el marco de la gravedad de los hechos que se le imputaban públicamente al recién electo y de tratarse nada menos que de la imagen ética de la persona que la Iglesia acababa de elegir como referente global con el intento de recuperar un prestigio que veían perder día a día con la gestión anterior de Ratzinger, en ese contexto, reitero, y luego de pasadas 48 horas de esa elección y de desatada la polémica, apareció un sorpresivo comunicado de las autoridades alemanas del monasterio donde está retirado Jálics, en el que se daba a conocer que el anciano cura jesuita, quien venía manteniendo un silencio de años, había expresado ahora que “se había reconciliado con Bergoglio” y un portavoz jesuita afirmaba, por su parte, que Jálics “estaba en paz” con el nuevo titular del poder en Roma. Por supuesto no alcanzó, entre otras razones porque no se sabía si era de su autoría y, además, en todo caso, no desmentía los hechos, sino que simplemente se “reconciliaba” con el autor a quien se le imputaban. De allí que, después de otro intento, aparece un nuevo comunicado, siete días después de la elección papal, esta vez del propio Jálics -o que Jálics no desmintió- donde señala que la acusación que había hecho en su momento contra Bergoglio “era una sospecha infundada” de él y que “es un error afirmar que nuestra captura ocurrió por iniciativa del padre Bergoglio''. Inmediatamente señalamos en un texto público, al que nos remitimos por razones de brevedad, la inconsistencia de aquella repentina “rectificación” (5).

Pero por lo que referiremos a continuación nos interesa rescatar una señalización que hicimos en ese breve artículo en la que afirmábamos que “Jálics sostiene ahora que ya a fines de los ’90 había llegado a la conclusión de que estaba equivocado respecto de Bergoglio. Sin embargo, habría tardado 18 años en hacer pública esta aclaración a pesar de que en ese lapso varias veces fue requerido y nunca señaló esa rectificación, limitándose a expresar que no ‘quería remover el pasado”. ¿Es así o el poder del Vaticano le exigió a un hombre honorable, respetado y sufrido como Jalics, hacer esa rectificación para la que no da ni tiene fundamentos?”.

El nombramiento y la actitud de la Iglesia para defenderlo tergiversando los hechos causó mucha indignación en la familia Yorio. Entendían legítimamente que todo el esfuerzo de su hermano Orlando por aclarar lo sucedido y por sentirse reivindicado por esa Iglesia a la que había pertenecido hasta la muerte y por la que había llegado a jugarse hasta su vida quedaba definitivamente frustrado. Tratando de salvar la imagen de Bergoglio, manchada con razón por sus propios actos, dejaban sin hacer justicia con el compromiso y la trayectoria de Yorio. Graciela, y su hermano Rodolfo, me pidieron que redobláramos los esfuerzos para acumular pruebas judiciales.

Poco después volvió a declarar Graciela en el proceso judicial y antes lo había hecho su otro hermano Rodolfo. Fueron contundentes y dignos. Tiempo después intenté comunicarme con ella para seguir la causa y no logré hacerlo. Insistí varias veces hasta un día atendió su marido. Estaba en el hospital acompañando a Graciela, víctima de una fulminante enfermedad terminal. Me golpeó profundamente. Graciela era una bella persona y su compromiso también lo era.

Hablé entonces con Rodolfo. Allí me dijo algo que ignoraba. Graciela se había escrito tiempo atrás con el padre Jálics, luego de sus “rectificaciones”, en el marco de que tanto una como el otro, y también Orlando, sabían todo lo que vinculaba a Bergoglio con los hechos represivos e imborrables que habían vivido en la dictadura los dos jesuitas y el deseo de “rehabilitación” de la trayectoria de Orlando. Rodolfo me contó que su hermana había recibido una respuesta escrita de Jálics donde, en sentido opuesto a su última “rectificación”, volvía a imputarles responsabilidad por lo que habían vivido los dos tanto a las autoridades de la Iglesia como a Bergoglio y expresaba de alguna forma sentirse temeroso de que esto trascendiera nuevamente y le pedía cuidado. Fue una conversación telefónica así que las palabras no son literales pero mi recuerdo imborrable respeta nítidamente el contenido de la conversación que tuve con él. Me pidió que cuando terminara la agonía dolorosa de su hermana, quería cumplir con el deseo de ella, y también de él, de hacer público el texto de Jálics, en homenaje a Orlando y a la lucha de su propia hermana.

Me comprometí a ayudar en lo posible para ello.

Rodolfo enfermó también seriamente. Hablé con el esposo de Graciela y me sugirió esperar alguna recuperación para concretar ese deseo. En eso estaba cuando hoy domingo veo la publicación de Horacio Verbitsky en su blog “Cohete a la Luna” titulada “Las dos caras del Papa” (6).

Lo primero que me conmovió de la nota fue la noticia de que Rodolfo había fallecido dos meses atrás. Son golpes. Y luego Verbitsky relata que, a través del hijo de Graciela, Mariano, le habían llegado dos textos de Jálics, seguramente parte de esa correspondencia con Graciela de la que me había hablado Rodolfo, y que ambos entonces ya querían hacer pública. Y así se lo pide Graciela al periodista. Y Verbitsky lo hace. Allí está nuevamente la verdad en la superficie con la firma de puño y letra del padre Jálics. (Recordemos lo que en su momento dijo Jalics de Bergoglio:”Nos denunció ante los militares”). Reinstala la verdad. Y también sus miedos.

Como señalé en mi artículo es justificado el temor por el poder vaticano. Su historia es tenebrosa hacia afuera y hacia sus propios integrantes. Pero aun así reiteramos: todo no se puede tapar. Ni Roma puede hacerlo.

Notas

(1)FranzJalics. “Ejercicios de Contemplación”. 1r. Edición en alemán, 1995. 1ra Ediciones Sígueme, Salamanca 1998. 2da. Edic. 2010. Pág.139/140/141;241/242/243.

(2)Entrevista a Orlando Yorio. “Página 12”, 9 de mayo de 1999. Carta al reverendo Roura del 24 de noviembre de 1977, original en Roma, copia en mi poder y otra agregada al expte. judicial nro. 14.217 en trámite ante el Juzgado Federal Nro. 12 de esta Capital, entre otros expedientes.

(3) La Nación. 20 de marzo de 2013.

(4) Emilio Mignone. “Iglesia y Dictadura”. Edic. del Pensamiento Nacional.1986.

(5) Luis Zamora. “Todo no se puede tapar”, “Página 12”, domingo 24 de marzo del 2013

(6) Horacio Verbitsky. “Las dos caras del Papa”. http://www.elcohetealaluna.com/las-dos-caras-del-papa/