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Lunes 23 de julio de 2018
OPINIÓN
Alarma que llega de Perú
Por Alberto Asseff. El autor advierte la aparente paradoja que es el sostenido crecimiento de la economía peruana, cuando la dirigencia política tambalea por denuncias de corrupción.
26 de marzo de 2018
Ha sonado una alarma que resuena en el Plata. Perú tiene resquebrajado su sistema político con sus expresidentes presos, procesados o cuestionados severamente y el último, Pedro Pablo Kuczynski, renunciante ¡Vaya si allí hay grieta! Los enfrentamientos llegan hasta separar a los hermanos Fujimori de modo rencoroso, sañoso. La población peruana está ganada por el descreimiento en medio de un tsunami de corrupción. Sin embargo, en la última década el PBI peruano creció un promedio de 5,7% anual. No sé si atreverme a hablar de que ese crecimiento tuvo su derrame social, pero en Lima es visible que ha emergido una clase media que otrora no existía. Un dato: es imposible circular con un vehículo por la ciudad, abarrotada hasta la medianoche, con gente yendo y viniendo de su trabajo y de otras actividades.

La alarma no se refiere a la tambaleante política y a la rampante corrupción, sino a la paradoja de que en ese contexto la economía creció y lo hizo sostenida y palpablemente ¿No es que sólo un sistema institucional sólido y una administración transparente atraen las inversiones? ¿Por qué en Perú hubo expansión económica no obstante la presencia lamentable de la mala política? ¿Será que inciden otros factores además de la seguridad jurídica?

Desde Perú proviene un nuevo llamado de atención para quienes adscriben a libro cerrado a ideologías. Porque es innegable que no hay una sola, sino varias, más allá de sus contraposiciones. La ideología de la globalización indica que el mundo marcha hacia la democracia firme, la libertad de comercio y de mercado, la cooperación internacional y, en suma, al concepto de que pertenecemos todos a la idealizada “aldea global”. Sin embargo, la democracia sufre embates fortísimos en todos los lares, desafiada por la xenofobia, el autoritarismo, las trampas como las de facebook, el proteccionismo comercial exaltado hasta el borde de la beligerancia y, obviamente, por el extremismo. La aldea global sigue padeciendo sangrientas guerras como la de Siria, situaciones desopilantes como la de Venezuela, asentada sobre valioso petróleo, pero arrasada por la corrupción y la pésima gestión. Un país promesa como Brasil corroído por un colosal entramado de corrupción que ha destartalado a los partidos y sepultado los liderazgos políticos, echando sombras sobre su futuro.

Es evidente que los cambios que experimenta la globalización impelen a que revisemos nuestras creencias a su respecto. No es anecdótico que el campeón del libre comercio nos aplique aranceles insuperables a nuestros biocombustibles, dando al traste con sus ‘enseñanzas’ sobre la libertad.

Necesitamos ser más pragmáticos. A un relato falaz como el que sufrimos durante más de 12 años no podemos suplantarlo con otro relato fantasioso o, cuanto menos, utópico. El sistema -si es que podemos llamarlo así- internacional no es una Arcadia. Sus protagonistas siguen pujando como al principio de la historia. Ahora hay menos infantería de marina desembarcando al son de invasores, pero pueden hurtar 50 millones de datos personales y penetrarnos hasta nuestra médula, manipulándonos. La meta del dominio sigue impertérrita, aunque hoy tenga novedosos rostros.

La Argentina debe ser fuertemente crédula de sus posibilidades, pero sumamente precavida a la hora de aferrarse a algunas convicciones que exigen una permanente revisión para compadecerlas con nuestros intereses nacionales concretos. Se trata, por caso, de desburocratizar todo lo que podamos, sin afectar la idea virtuosa de tener un Estado inteligente que controle sin asfixiar la iniciativa de la gente. Menos papeleo y sellos, más vigilancia para que nadie quiebre las normas del juego, empezando por la competencia. Es cien más eficaz garantir la libre competencia que un Estado intervencionista en la economía. Pero, impulsar al comercio como activador de más empleo y progreso no implica abrir las fronteras archivando los resguardos. Ni proteger la incompetencia ni desproteger al sano emprendedor. Siempre hay que buscar y hallar el equilibrio.

Por supuesto que las categorías y cogniciones anacrónicas deben ser inhumadas entre nosotros. No nos “salvará” un Estado omnipresente, pero tampoco uno ausente. No saldremos adelante amurallándonos y “viviendo con lo nuestro”, pero igualmente no tendremos destino si no aumentamos nuestras transacciones con y en el mundo entero. Por eso hemos venido insistiendo en que hay que posar la mirada en la vecina África donde nos esperan buenos y mutuamente beneficiosos negocios, que son la contracara de los “negociados”. Deberíamos preguntarnos si además de impulsar el acuerdo con Europa no tendríamos que fogonear su similar con África ¿Se ha pensado o nuestros prejuicios culturales invisibilizaron esa opción?

No es que falleció la “globalización”, sino que está mutando. Al mismo ritmo de los cambios que exhibe, nosotros debemos hacer cursos de actualización continuos. Jamás quedarnos quietos en una idea, por más maravillosa que nos parezca. En lo único que debemos ser pétreos en materia de principios éticos esenciales.