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Sábado 23 de junio de 2018
SU OPINIÓN VALE
La dignidad suele pagarse cara, pero el digno no acepta rebaja
Por José Narosky. Una evocación de Pablo Casals, el más grande violencelista que recuerde el autor.
2 de abril de 2018
“Quien tiene ideas es fuerte. Pero quien tiene ideales es invencible”.

En agosto de 1973, el público reunido en Tel Aviv, capital de Israel, presenciaba un espectáculo que parecía mágico. Un anciano de 96 años empuñaba magistralmente el violoncello, con un virtuosismo tal que no parecía terrenal.

Sería su última actuación en público. Dos meses después, en octubre de ese mismo año 1973, fallecía en Puerto Rico, el violoncelista Pablo Casals.

Si bien el prestigio del eximio concertista ocultó la figura del “hombre” Casals, el mundo supo de su dignidad y de su hombría de bien. Porque por encima de su arte, estuvieron sus principios.

Casals nació en un pueblito de Cataluña, España. Fue en un comienzo violinista y los cafés de Barcelona fueron sus primeros escenarios.

Teniendo solo 16 años, dio un concierto de violoncello en Madrid, mostrando el talento que lo convertiría en el indiscutido maestro de ese instrumento.

Un concierto en París. A los 23 años, lo consagró para siempre.

-“Pongo mi alma en la música”, declaró al cumplir 90 años.

Contaba ya 80 años cuando se casó por tercera vez con una hermosa alumna de 21 años, que lo acompañaría hasta su muerte.

Había jurado al irse de España, su patria en 1939, no volver a su país natal mientras Franco gobernara.

Cumplió su promesa. Y la dignidad suele pagarse cara. Pero el digno no acepta rebaja.

Casals tocó en Buenos Aires dos veces. En 1937, el público porteño lo ovacionó entusiastamente la noche de su presentación en el Colón, saludando en él a uno de los músicos más eminentes de su época.

Fue no sólo el más grande violoncelista. Quizá haya sido el más perfecto que haya existido desde que se creó ese instrumento. Su vida constituyó un ejemplo de conducta en la lucha por sus ideales. Y una anécdota simple, pero honda que lo pinta de cuerpo entero.

El 2 de abril de 1925, en la plenitud de su fama, debía actuar en Pretoria la Capital de Sudáfrica. Allí, en esa ciudad que visité hace unos años, me lo relataron. Almorzando Casals en el hotel el día del recital, el mozo de piel negra que lo servia, al expresarle su admiración al maestro, le manifestó que estudiaba hacía ya muchos años ese instrumento, por influencia precisamentede Casals.

-“Maestro: ¿Le molestaría escucharme tocar, solamente diez minutos?. Le preguntó el mozo.

-¡Cómo nó!, venga Ud. a mi habitación y lo escucharé con gusto. Casals se sorprendió gratamente al oírlo.

-“Venga esta noche a mi concierto. Lo invito”.

-“No podré ir -le dijo el mozo- porque como soy negro tengo prohibido asistir al Teatro Municipal”.

-“¡Ud. está invitado por mí!. Tome estas entradas. Yo lo voy a hacer entrar, y si no le permiten asistir, no daré el concierto.” Y llegó la hora. Un público entusiasta llenaba la sala. Al mozo de color le fue impedida la enterada, por supuesto. Casals, informado por su representante de esta circunstancia, expresó: -“Si no le permiten entrar a un invitado mío, no tocaré. Entonces, el empresario le dijo ásperamente:

-¡El teatro está completo; incluso están presentes las autoridades del país. Además, tiene Ud. un contrato firmado Sr. Casals y salvo razones de salud, y no este el caso, deberá pagar 50 mil dólares sino actúa hoy¡.

Respondió el músico: “-Pues pagaré la indemnización, pero no tocaré en ningún país que juzgue al hombre por su color, raza o religión. Y se retiró del teatro”.

Sólo agregaría que su comprensión y su dignidad trajeron a mi mente este aforismo: “La dignidad tiene un precio. Pero hay muchos hombres dispuestos a pagarlo”.