BUSCAR FACEBOOK TWITTER
Miércoles 15 de agosto de 2018
OPINIÓN
Hay un gen que atrasa
Por Alberto Asseff. El diputado del Mercosur sostiene que la costumbre del derroche, el facilismo, el acomodo se interpone en el desarrollo de las potencialidades del país.
23 de abril de 2018
A fines del siglo XIX y hasta los años treinta de la centuria pasada, nuestro país ocupaba el rango de los ricos de este mundo. Cierto es que esa riqueza convivía con la desigualdad. Había injusticia apenas escondida, pero existía portento a la vista. Algo nos embargó en esa época de los treinta. Un factor – o varios – incidieron para que aquel lugar que el pensador Ortega y Gasset llamara ‘Pampas, promesas’, iniciara un doloroso proceso decadente.

El primero de esos determinantes fue el derroche, hermano gemelo del facilismo. Derrochamos bienes, oportunidades y hasta territorios enteros, al norte, al suroeste y al este. Despilfarramos talentos. Tendimos paulatinamente a declinar el esfuerzo y luego también se fue desplomando el mérito como el excluyente “abrepuertas”. Así llegó el tiempo nefasto en que la propiedad no era el producto del trabajo, sino de la avivada, el acomodo o la influencia. Un buen “amigo” poderoso era (¿y es?) más decisivo que años de estudio y de experiencia acumulada.

El país del progreso sin horizonte a la vista devino en el del atraso paulatino, pero inexorable. Gradualmente fuimos tornando obsoleta nuestra infraestructura. Habiendo sido pioneros en petróleo, terminamos importándolo, como al gas. Siendo los primeros en todo el hemisferio sur del planeta en disponer de transporte urbano subterráneo, hoy hasta Panamá avanza en la materia al punto que en diez años tendrá el doble de nuestra red. Con orgullo éramos el país promesa que saludó el gran escritor y por eso nuestra tierra atraía y afincaba a gentes de todos los lares, incluyendo japoneses y oriundos de los más remotos sitios. Hoy sus hijos y nietos se desviven por obtener la ciudadanía de sus ancestros. Fuimos el país de avanzada en el plano social. “Los únicos privilegiados son los niños”, nos decían. Empero, hoy el 45% de ellos son pobres, con padres que nunca trabajaron y con perspectivas que la vida les depare peor que negruras.

Nuestras instituciones se han ido vaciando – no de agentes, que pululan. Hoy la majestad de la Justicia se empalidece hasta el estremecimiento cuando, por caso, conocemos que la oficina técnica de escuchas por orden judicial, no sólo filtra escandalosamente la información obtenida, sino que está plagada de hijos, sobrinos y parientes de toda laya de jueces y fiscales. Ninguno accediendo a sus cargos por concurso, como acaece nefandamente en todo el ámbito estatal. Las leyes sobre los asuntos político-electorales son cada vez más frondosas, pero la política se derrumba en materia de calidad y vocación de servicio. A más regulación, peor política. Paradójica ecuación, pero crudamente real. Desarrollo Social y Trabajo cuentan con tantos programas asistenciales al punto que ni el más memorioso de los argentinos podría enumerarlos sin un papel o pantalla de ayuda. Sin embargo, las necesidades sociales crecen al extremo que muchas veces se tiene la sensación del ‘Estado ausente’. Otro contrasentido: el Estado es elefantiásico, pero cada vez más estático, con menos respuestas, sobre todo rápidas y efectivas. Es un mastodonte. Un dinosaurio supérstite.

El gen del atraso se ha metido en las entrañas de nuestra Nación. Circula por nuestras venas. Se alarma ante la corrupción, pero en la primera ocasión se engancha en ella. Sabe que el trabajo, el esfuerzo y el mérito deberían estar en el trono, junto a la igualdad. Empero, en la primera oportunidad se sube al amiguismo y al acomodo. Es consciente -porque algunos valores heredados no se olvidan así nomás- que el imperio de la ley es esencial para el progreso, pero apenas se presenta un intersticio para la avivada emerge nuestra vocación por la trampa.

Que los empresarios no gozan de buen prestigio es una evidencia. Ahora, si no somos capaces de promover el emprendedurismo, el pronóstico para nuestro país no sólo es “reservado”, sino sombrío. ¿Acaso podemos creer que la movilización y desarrollo de nuestras actividades económico productivas nos lloverán de la mano del Estado proveedor de todo? Es verdad que hay intentos de plasmar una “economía circular” donde la motivación no sea la rentabilidad. Bienvenidas esas iniciativas porque seguramente incorporarán a muchos marginados y excluidos. No obstante, no nos debemos deslumbrar. No podemos inventar la pólvora. Ya la inventaron. La rentabilidad es un motor insoslayable para ensanchar la economía. La injusticia no viene de ella, sino de su salvajismo si carece de control o media la colusión con los gobernantes que deben vigilar el equilibrio en las relaciones del capital con el trabajo. El gen del atraso nos impide ver que si combatimos al empleador hasta el exterminio, el trabajo desaparece a la par. Caen juntos.

El gen del atraso gesta en nuestro cerebro ideas viejas, empíricamente comprobable en su redondo fracaso. Pero ese gen pone un velo a la comprensión y nos pulsa a empecinarnos. Insistimos en que todo capital es explotador por naturaleza y que todo Estado es benéfico por esencia. Así nos va, con un Estado enorme y con una economía escuálida en relación a nuestras indescriptibles potencialidades.

El gen del atraso nos nubla el conocimiento hasta el grado de que no nos damos cuenta que si un robot nos quita un empleo, ese mismo robot genera otro nuevo. No es que este sistema sea automático. Se necesita, claro, de la mano sabia de los gobernantes previsores que auxilian a la iniciativa privada para desplegarse y explorar nuevas áreas.

El gen del atraso ha producido el “milagro” de que una comarca del buen sol, de grandes ríos y montañas, de un variopinto clima y de amplísimos horizontes se haya transformado en un océano lacrimógeno, saturado de pesimismo quejoso y sobre todo con una paralizante incertidumbre sobre el futuro. Omitimos que la felicidad es darle contenido a la vida y para que ésta se energice se necesita, sí o sí, que esté claro y despejado el camino.