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Viernes 20 de julio de 2018
SU OPINIÓN VALE
Si una vieja herida del alma sangra, no es vieja
Por José Narosky. Una evocación de Simund Freud al cumplirse 162 años de su natalicio.
7 de mayo de 2018
“Hay enfermedades que quitan la vida. Aunque no maten”.

Imaginemos una pequeña plaza en Inglaterra en un suburbio de Londres. En un banco, permanece sentado, cabizbajo, un anciano. Es austríaco. Tiene 82 años y una venerable barba blanca. Está observando corretear a su nietito. Es el 1 de setiembre de 1939. Ha comenzado ese día, la Segunda Guerra Mundial.

La gente pasa a su lado indiferente, sin reconocerlo. Ya ni siquiera él mismo se reconoce.

De ese hombre, que hacía ya tantos años, se había embarcado en una aventura científica, en pro de la curación de males que se alojan en lo más recóndito de la mente humana, sólo quedaba a su propio criterio, ¡a su criterio!, ese hombrecillo melancólico. Pero se equivocaba.

El mundo no olvidaría jamás su lucha y su valor para rastrear en los aspectos menos sublimes del hombre, para poder ayudar a ese mismo hombre a vivir una vida plena.

Fue el primero en comprender que si una vieja herida del alma sangra, no es vieja.

Freud bautizó a su método de investigación con el nombre de psicoanálisis. Pero, retrocedamos en el tiempo.

Había nacido en un modesto hogar en Freiberg, una ciudad austríaca cercana a Viena, un 6 de mayo de 1856, a mitad del siglo XIX.

Médico a los 25 años, le atrajo desde el principio el tratamiento por hipnosis. Viajó a París y colaboró con el famoso neurólogo Charcot.

Luego, regresó a Viena. Al poco tiempo se casó. Tenía 30 años. Instaló un consultorio para enfermos nerviosos, un término que parecía absurdo, desusado en esa época.

Escribió entonces, artículos en revistas médicas sobre el origen sexual de la neurosis.

Sus teorías eran revolucionarias y aumentaron el número de sus adversarios, unos por temor, otros por ignorancia, algunos por egoísmo o también por envidia. Porque la envidia suele ser un impuesto al talento. Y los que vuelan, suelen rozar con sus alas a los que no pueden volar.

Trabajó prácticamente solo, durante 10 años.

Sigmund Freud, no sufría la incomprensión de sus contemporáneos. Sufría por ellos. Y entendió que para la sordera espiritual no existen audífonos. Porque todo hombre superior y él lo era, sabe que para tener adversarios, basta pensar diferente.

El cariño de su esposa y de sus 6 hijos atenuaban sus dificultades. Su fama iba creciendo.

Escribía profusamente.

Sus más ardientes defensores eran precisamente sus enfermos.

A los 67 años, una proliferación cancerosa en su paladar, requirió una intervención quirúrgica.

Ese mal lo acompañaría hasta el fin de sus días.

Había publicado en 1933, el año que Hitler asumía el poder en Alemania, un opúsculo que definía su personalidad de pacifista. Lo tituló: “¿Porqué la Guerra?”. Y ya en ese año 1933 en Alemania, quemaban sus libros.

Freud en Austria comentaba con bondadosa ironía: “¡Qué progresos estamos haciendo! ¡En la Edad Media me hubieran quemado a mí!”.

Leyes racistas lo obligaron a dejar Austria, su país natal. Porque Freud era judío. Se dirigió a Londres en 1938, poco tiempo antes que comenzase la Segunda Guerra Mundial.

Tenía 81 años y declaró entonces: “Sí, me siento libre en Inglaterra, pero esa liberación está vinculada al dolor. Porque he amado profundamente a Austria, que es hoy para mí, una prisión, de la cual me han obligado a salir...”.

Recordemos que en esa época, 1938, Alemania había ocupado ya Austria.

Cuando una fría madrugada del invierno londinense, un 23 de septiembre de 1939 moría Freud, la humanidad entera se tiñó de luto. Pero el reloj del futuro, se había puesto por fin, en movimiento. Ya no se detendría jamás.

Gracias a él, millones de personas con determinadas alteraciones mentales, pudieron normalizar sus vidas.

Sigmund Freud fue, para terminar, un verdadero gigante del intelecto y también de la integridad moral y científica.

Perteneció al escaso número de hombres que transformaron toda una cultura y modificaron incluso la ciencia. Fue el primero que se internó en lo más hondo de la mente del hombre. Porque muchos miran sin ver. Pero sólo algunos, como el, pudieron ver sin mirar.

Esa mezcla de visión y talento trajeron a mi mente este aforismo: “Las puertas sólo se abren para quien gira el picaporte”.