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Martes 18 de septiembre de 2018
OPINIÓN
Negociar y recortar, objetivos muy difíciles para el Gobierno
Un fracaso en la negociación con el FMI no está en las hipótesis de trabajo del gobierno, absorbidas en la búsqueda de rubros donde puedan aplicarse los recortes que permitan reducir el déficit. Las empinadas negociaciones con una oposición cada vez más activa y entusiasta.
27 de mayo de 2018
Por José Angel Di Mauro

“Es difícil ir a pedir plata diciendo que estás quebrado, ¿no?”, se sinceró el jueves Mauricio Macri durante la reunión de Gabinete ampliado en el CCK. Unos 1.400 funcionarios escucharon así de boca del primer mandatario la explicación sobre un tema que más de uno de ellos ha cuestionado en privado: ¿por qué no se dio al principio de esta gestión un diagnóstico preciso de la gravedad de la herencia recibida en 2015? Tras la confesión, algunos sintieron que si ahora eso se expresa en tales términos es porque la única expectativa oficial de financiamiento está puesta en el Fondo.

Un hombre del equipo económico aclaró ante este medio que lo que el Presidente quiso graficar fue el estado de las reservas que encontraron. No dio precisiones, pero aseguró que el efectivo existente en el Banco Central era más que alarmante, por lo que -remarcó- debería valorarse más la recomposición que esta administración hizo en ese sentido. Por eso se irritan cuando desde la oposición les recriminan las reservas perdidas durante esta corrida cambiaria. La expresidenta lo graficó en su particular estilo, señalando que en apenas 15 días “se perdió el equivalente a dos YPF (con dos Vaca Muerta) o la deuda completa que reestructuramos con el Club de París”. Polémico.

Como sea, está claro que el gobierno apuesta un pleno al acuerdo con el FMI, y en ese sentido han ido todos los pasos dados desde que el Presidente pronunció la palabra prohibida. Gestos, hasta que se firme el acuerdo, en dos sentidos: la reducción del déficit, y la apertura al diálogo.

Este último punto, que debiera ser el más sencillo, se le hace cuesta arriba al gobierno. Porque buscar un gran acuerdo nacional cuando a la oposición “se le abrió el arco” (metáfora de 2019), tiene sus dificultades. Y porque los términos a acordar implican concesiones que ninguno quiere hacer. Gobernadores y legisladores de la oposición confiesan en privado que no están muy dispuestos a entablar un diálogo con “agenda abierta”. No rehuirán el convite, porque quedarían mal, pero sin la apertura que podrían haber exhibido cuando el país mostraba otra solidez, o el gobierno acababa de ganar las elecciones. “Ahora nos invitan al velorio”, graficó un mandatario norteño.

Habrá que reconocerle a Macri que le pone el cuerpo a la situación. El mismo está negociando cara a cara con cada uno de los gobernadores, dialoguistas y no tanto. Con algunos de estos últimos, como el formoseño Gildo Insfrán, mantiene un diálogo franco, y ha sacado ciertos beneficios del mismo. Con otros tiene una relación de amistad, como con Juan Schiaretti, pero si bien el cordobés se ha cansado de hacer gestos favorables al gobierno en el tema tarifas, sus legisladores han votado en contra. Su esposa incluida.

Desde ahí surgió ahora el proyecto de ley que apunta a que CABA y la provincia de Buenos Aires se hagan cargo del servicio que prestan Edenor y Edesur, y que el Estado nacional les transfiera AySA. El proyecto preocupa sobre todo a María Eugenia Vidal, cuyo ministro de Economía respondió que “en la Argentina del sálvese quien pueda invertimos mucha imaginación y energía a la hora de ver cómo hacemos para que la cuenta la pague el otro”.

Se supone que ese proyecto no va a prosperar, pero hará ruido en Diputados. Ruido también hará esta semana el proyecto para modificar el cuadro tarifario que se tratará el miércoles en el Senado. El gobierno sorprendió la semana que pasó impulsando un dictamen en el que acepta rebajar el IVA de las tarifas. Hasta el miércoles se seguirá negociando, pero no es sencilla la situación de Miguel Pichetto. El miércoles debiera votarse primero el dictamen correspondiente a lo aprobado por Diputados; recién después -si fuera rechazada esa iniciativa- se procedería a votar ese con el que sorprendió el gobierno, basado en propuestas de los gobernadores Urtubey y Schiaretti, y hasta un proyecto de Pichetto.

El principal elemento de presión lo ha especificado Federico Pinedo: “Si se aprueba nuestro proyecto, las tarifas van a bajar; de lo contrario, el de la oposición va a ser vetado”.

En última instancia, problema para el Presidente, que quiere evitar el veto, pero que ve con resignación cómo cada sector se resiste a ceder nada a la hora de bajar el déficit. El último ejemplo fue el campo, cuando se habló ya no de recorte, sino de suspender la rebaja de la soja. Al trascender la medida las entidades del campo se pusieron en guardia y hubo también fuertes resistencias internas. Conclusión: frenaron esa decisión. En rigor, la postergaron.

Porque hay que recortar y ha trascendido que con el Fondo Monetario se estaría acordando una drástica reducción que debería llevar el déficit de los 3,2 puntos actuales a 1,5. Demasiado extremo, comparado con el gradualismo que venía manejando el equipo económico. Guido Sandleris, jefe de asesores del Ministerio de Hacienda, explicaba hace poco menos de un año a este medio cómo irían bajando el déficit: tras haber recibido un rojo de más de 5 puntos del producto (5,4% en 2015), en 2016 lo bajaron a 4,6. Anticipaba que en 2017 lo bajarían a 4,2% (sobrecumplieron la meta y lo llevaron a 3,9), y que se cumpliría en dejarlo en 3,2% este 2018. El funcionario explicaba entonces que la reducción de subsidios -que redunda en suba de tarifas- era uno de los elementos clave para esa baja sin salir del gradualismo; el otro es el crecimiento. “Si no hay crecimiento es muy difícil bajar el gasto público”, remarcaba Sandleris.

La mala noticia es que una de las consecuencias de la crisis será un menor crecimiento.

En su conferencia de prensa del 4 de mayo pasado, Nicolás Dujovne anunció una baja en medio punto porcentual del objetivo de déficit fiscal previsto para 2018: del 3,2% del PBI a 2,7%, lo que implicaba un recorte de unos 3.200 millones de dólares. Ahora se estaría hablando de más que duplicar ese esfuerzo, lo que implicaría un enfriamiento polar de la economía y una ingeniería minuciosa para conseguir tal objetivo.

Los gobernadores dicen que lo que deban llegar a ceder lo hablarán cuando se elabore el Presupuesto. El gobierno debe enviarlo al Parlamento el 15 de septiembre, y los legisladores se toman su tiempo para discutirlo. Pero el acuerdo con el FMI debe alcanzarse en las próximas semanas. En el gobierno están resignados a que los acuerdos con los gobernadores serán posteriores al que alcancen con el Fondo.

Miguel Pichetto recibió en la semana a la CGT en su despacho del Senado a la conducción cegetista, con la que habló entre otros temas de los tres proyectos que envió el gobierno para avanzar con la reforma laboral. Según dejaron trascender al cabo del encuentro, el único que apoyarán es el del blanqueo laboral, pero advirtieron que rechazan la modificación que ese proyecto incluye sobre el artículo 245 de la ley de Contrato de Trabajo. Se trata de la norma que establece cambios en el cálculo de las indemnizaciones.

“Esa modificación por el Senado no va a pasar”, aclaró Pichetto, corroborando lo difícil que se le hace hoy al gobierno acordar nada.

Ese clima hostil de la oposición lo vivió en carne propia el miércoles pasado el jefe de Gabinete en su visita a la Cámara baja, donde esta vez evitó trenzarse fundamentalmente con el kirchnerismo, que le tiró con munición gruesa. A diferencia de las múltiples visitas anteriores, Marcos Peña aclaró que no iba a contestar agresiones ni chicanas. Fue interpretado por algunos como una muestra de la predisposición al “diálogo” y a “escuchar” que quiere mostrar hoy el gobierno; o bien como una manera de evitar que la oposición en su conjunto hiciera causa común en su contra.

Como sea, al día siguiente Peña fue junto a Rogelio Frigerio y Nicolás Dujovne, uno de los oradores en el CCK, además del propio Macri, y según graficó Emiliano Russo en un artículo de Diario Popular, se lo vio “apagado” en su exposición. En la Jefatura de Gabinete aclararon que estaba “engripado”, desde antes de su exposición en el Congreso. Difícil que la gripe lo haya impactado tanto: ya se lo vio una vez muy resfriado precisamente durante un informe en el Senado, sonándose una y otra vez la nariz en pañuelos descartables que guardaba con disimulo en el interior de su saco mientras continuaba hablando sin parar. Fue el 25 de abril de 2017, cuando el gobierno estaba en plena recomposición de su imagen, camino a las elecciones que ganó con amplitud. Justo un mes antes había apostrofado al kirchnerismo con su emblemático “¡háganse cargo!”. Ahora parece más golpeado que engripado.