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Martes 21 de agosto de 2018
COYUNTURA
La reivindicación de Monzó tras el portazo
La salida del presidente de la Cámara de Diputados anticipada prematuramente en un momento crítico del oficialismo legislativo planteó muchos interrogantes, pero la “turbulencia” cambiaria se ocupó de revertir la situación: el hombre de Carlos Tejedor volvió a la mesa chica y se revalidó su rol como articulador dentro del oficialismo. Crónica de un desenlace anunciado y su vuelta atrás.
29 de mayo de 2018
Por José Angel Di Mauro

Fue en ese momento, y por lejos, la semana más crítica de Cambiemos en el poder. Por todo el ruido político que acompañaba el debate sobre las tarifas, planteado por la oposición como una cuestión de supervivencia de los usuarios argentinos, siendo en realidad el elemento que había encontrado para horadar al Gobierno. Planteaba además el tipo de campaña que llevaría adelante en el camino hacia las urnas de 2019: buscar tomar los factores que despiertan disconformidad en la sociedad y explotarlos al máximo. Para ello, se unirá aun con los sectores de los que reniega, si eso le posibilita dañar a Mauricio Macri y su deseo de reelección.

Fueron los días más críticos porque las encuestas confirmaron lo que ya se percibía en la calle: una fuerte baja de la imagen presidencial, de entre 7 y 10 puntos -después perdería más-, pero sobre todo de la expectativa de la sociedad respecto del futuro de la economía. Venía el Gobierno de un fuerte cuestionamiento interno de parte de Elisa Carrió y los radicales, que terminó en un “aplanamiento” de las tarifas, lo cual llevó a muchos a hablar de “crisis” en Cambiemos. Pero el verdadero concepto de crisis representó el anuncio de que Emilio Monzó no seguiría al frente de la Cámara de Diputados en un eventual segundo mandato de Cambiemos.

Fue esa semana en la que se registró la confirmación del paso al costado anunciado con un año y medio de antelación. Lo peor para el Gobierno -y los argentinos en general- fue que las semanas siguientes no fueron aun peores.

Los rezongos de los socios principales del Pro pueden contribuir en el “ruido” generalizado, pero no dejan de ser matices. O como explicó en pleno recinto el jefe del interbloque oficialista del Senado, Luis Naidenoff, una muestra de “la diversidad” en el interior de la fuerza gobernante, que presentó como “la mayor fortaleza de Cambiemos”. Miguel Pichetto acababa de reprocharle en ese mismo ámbito que si el propio oficialismo critica, no pueden pretender que la oposición se quede “cruzada de brazos”.

Lo de Monzó fue otra cosa. Era previsible que no seguiría al frente de la Cámara baja después de 2019 -si Mauricio Macri resultara reelecto- y ya se le auguraba un destino al frente de alguna embajada, a raíz de las notorias discrepancias con el sentido de la campaña y la política territorial de Cambiemos en el poder. Sobre todo desde que en 2017 fue por primera vez marginado de la campaña, habiendo sido el armador histórico del Pro desde sus inicios.

Pero lo que nadie preveía era que tan prematuramente eso se conociera, y que inmediatamente el jefe de Gabinete lo diera por confirmado. En rigor, se hubiera sabido en junio del próximo año, cuando el nombre de quien fuera intendente de Carlos Tejedor no figurara al tope de la lista bonaerense de Cambiemos. O bien podría habérsele dado una salida muy elegante y conveniente poniéndolo al tope de la misma, así estuviera la decisión de que no siguiera a partir de diciembre. Hubiera sido una jugada política de las que el propio Monzó reivindica, pero difícil imaginarlo haciendo campaña junto con María Eugenia Vidal, con la que tiene notorias diferencias -recíprocas-, y quien será la figura excluyente de esa campaña.

Desde el entorno del presidente de la Cámara baja han hecho trascender que en los días previos le había hecho saber a Marcos Peña -con el que tiene las principales discrepancias- que, como Marcelo Bielsa al anunciar su renuncia a la selección en septiembre de 2004, se había quedado sin energía y prefería cambiar de aire cuando concluyera su mandato. Lo mismo le transmitió después al presidente, de quien no encontró ningún pedido para que reconsiderara su decisión. Lo mismo había pasado -obviamente- con el jefe de Gabinete. Le quedó claro entonces que tenía razón en no seguir, y adelantó los tiempos para que eso trascendiera.

El momento elegido es lo que llenó de estupor a Cambiemos, pues está claro que la situación en la Cámara baja es hoy de alta tensión, a partir de una oposición que ha decidido unirse las veces que sea necesario -y así se junten el agua y el aceite- con la finalidad de hacerle daño al oficialismo. Toda derrota legislativa que les permita mostrar debilidad en el Gobierno les sirve. ¿Con qué autoridad podría ahora negociar el presidente de la Cámara, cuando desde su propio Gobierno le han soltado la mano?

Cuando las renuncias se anticipan de ese modo, lo más lógico es que los tiempos iniciales no se respeten, que la salida se adelante. Pero eso tiene sus riesgos, pues una Cámara baja con una oposición tan confrontativa podría llegar a intentar imponer una figura propia. Además, Cambiemos no tiene hoy alguien que reúna las condiciones de Monzó para ocupar ese rol. A la postre, la realidad se ocupó de poner las cosas en su lugar. Ya volveremos sobre eso.

Crónica de una muerte anunciada

Cayó en desgracia cuando impulsó la estrategia de acordar con Sergio Massa para que fuera el candidato a gobernador de Mauricio Macri. Desde la vereda de enfrente, la entente Marcos Peña-Durán Barba apostó a María Eugenia Vidal y Mauricio Macri optó por esta última alternativa. Ya se sabe cuál fue el desenlace, y el mismo le granjeó el recelo definitivo de Vidal, más allá de algún acercamiento circunstancial. También no ser considerado más como armador en Cambiemos.

Pero lejos de asumir esa situación, Monzó siguió exponiendo sus opiniones, si no en la mesa chica, ante los medios. Elegía los momentos para sus raíds mediáticos, consciente de la repercusión de sus palabras. En ese contexto se mostraba no solo atento a los pasos a seguir por su fuerza, sino también a los de los adversarios. Así fue como en junio de 2016, desde la mesa de Alejandro Fantino, le sugirió a Sergio Massa no seguir en la Cámara de Diputados, pues si pretendía seguir siendo candidato tenía que estar “hablando con la gente”, y no ahí donde “perdés percepción” de la sociedad. “En la Cámara de Diputados estás obligado a jugar en todos los temas, no podés elegir”, explicó.

De cara a la próxima campaña, desde su entorno admitían que ya no sería el armador, pero buscaban morigerar el impacto de esa decisión: “Ya fue todos estos años, ahora su rol es diferente”. Por ese entonces se había especulado con un acercamiento con el peronismo, del que él nunca renegó. Por el contrario, se sentía “parte de la familia peronista”. El dato que había disparado las especulaciones fueron expresiones privadas en las que había cuestionado el método del “timbreo”, por considerar que se trata de una actividad lógica cuando se está en la oposición, no cuando se es oficialismo. “En vez de timbreo, estás más para el ‘ring raje’”, se le atribuyó haber expresado.

Tiempo después, cuando Cambiemos había ganado ya las elecciones de 2017, volvió a despacharse sobre el tema. Fue al cabo de la aprobación de la ley de paridad de género. Con mujeres opositoras y oficialistas festejando por igual, y el resto del cuerpo plegándose casi por completo a la celebración, era tal la dificultad para retomar la sesión que la diputada Graciela Camaño le sugirió a Monzó imponer orden: “Toque el timbre”, le dijo, a lo que el presidente de la Cámara respondió: “Pero no me gusta llamar al orden… No me gusta el timbreo”. Y se echó a reír largamente. No pareció que se le hubiera escapado.

Con todo, reivindicaba su rol en defensa de las leyes que necesitó el Gobierno de parte del Congreso, “el único ámbito donde realmente existe Cambiemos”, sugería ya por entonces.

El presidente tomó distancia de esas expresiones. Dijo que no las compartía, y reivindicó la pluralidad de su espacio. “Él expresa un microclima en el cual vive, que es el de la Cámara de Diputados, que es distinto al del Gobierno y al que la gente vive”, se diferenció Macri.

En ese contexto no sorprendieron entonces las versiones que lo mostraban alejado del macrismo y muy crítico del Gobierno, por lo que él mismo se pronunció a través de las redes sociales que casi nunca utiliza -su último posteo en Twitter data de julio del año pasado-, aclarando estar “comprometido” con el Gobierno de Mauricio Macri y que no estaba pensando en irse a ningún lado. “Tengo la responsabilidad de conducir la Cámara de Diputados de la Nación y estoy abocado a esa tarea”, apuntó.

Salió a defenderlo Elisa Carrió, quien se metió de lleno en la interna oficialista al aclarar que “si no fuera por él, Cambiemos no se hubiera construido ni en la provincia de Buenos Aires, ni en la Nación”. Y aseguró, en septiembre de 2016, que “la historia lo va a reivindicar, aunque ahora lo apaleen, porque sin ese hombre no hubiera habido Cambiemos”. En efecto, fue en el departamento de Monzó donde terminaron acordando Lilita y Macri.

Ya había tenido en privado una fuerte pelea con el presidente -aunque habían recompuesto la relación-, cuando en noviembre de ese año expresó en un reportaje a Perfil las palabras que marcaron su quiebre tal vez definitivo. Fue cuando fustigó a Jaime Durán Barba, a quien criticó por “su excesiva vanidad”, y del que afirmó que tenía “muy poca idea, casi nada, de la realidad de la política territorial de la Argentina”. “Es un consultor, ponerle otro valor es un exceso”, dijo, para promover luego una idea bien opuesta al pensamiento del ecuatoriano: sumar peronistas a la coalición gobernante. “El peronismo tiene dirigentes impresionantes que hay que invitar al poder”, dijo, en referencia puntual a Omar Perotti, Florencio Randazzo, Julián Domínguez, Diego Bossio, Gabriel Katopodis y Juan Manuel Urtubey, a los que citó. En cuanto a Cambiemos, puso en duda su perdurabilidad, y definió ese espacio como “un esquema electoral con éxito”, sin mayores posibilidades de transformarse en un cuerpo sólido como partido político.

Hombre curtido en las estrategias electorales y ya de cara a la campaña 2017, dijo que si no se ganaba en la provincia de Buenos Aires, especialmente, en el transcurso del año tendrían “dificultades en la negociación de las leyes”. Alertaba que en un año electoral las cámaras estarían más politizadas y el oficialismo jugaría un rol “mucho más defensivo que ofensivo”. En ese marco, insistía con la posibilidad de sumar dirigentes peronistas a ministerios.

“Estando el escenario político tan líquido, tan transversal, y sin conducción, es una oportunidad para quien gobierna, por ser la única certidumbre que se encuentra hoy en este escenario tan frágil, de poder convocar a los mejores”, advirtió en noviembre de 2016 durante una entrevista con Marcelo Longobardi. “En otro contexto, con partidos políticos sólidos, los mejores estarían muy anclados a ese espacio político. Hoy hay una gran oportunidad de ampliar el espectro… Se que esto provoca, no creo en el presidente, porque es un hombre muy amplio, pero por supuesto que en algunos aliados esto provoca algún alerta. Pero lo digo en el sentido de mejorar el país”.

Puntualmente con relación a los dirigentes peronistas que había mencionado, aclaró que le parecía que “teniendo la experiencia que tuvieron y el éxito que tuvieron en esa experiencia, son personas de mínima para consultar. Pero si es posible también, para ser parte de este Gobierno”. Según Monzó, el presidente no era refractario a sumar dirigentes peronistas, sino que lo que rechazaba era un acuerdo “con el peronismo en forma amplia. Cuando hablamos de peronismo generalizamos e involucramos a actores que no les interesa en lo más mínimo al presidente de la Nación teniéndolos como parte del Gobierno. Pero yo estoy disecando a ese peronismo tan amplio y con nombre y apellido estoy nombrando a determinados dirigentes políticos; yo no lo hablo con amplitud”.

Monzó apuntaba a determinados dirigentes con un peronismo “totalmente disperso” entendía que podrían ser integrados. “El kirchnerismo cooptó el Partido Justicialista, lo metió adentro del Estado y lo diluyó como tal. Hoy los dirigentes justicialistas están dispersos por el país sin encontrar un espacio de encuentro. Entonces digo: esta es una gran oportunidad, y aparte el peronismo es un partido colaborativo, el dirigente peronista está dispuesto a colaborar con el Gobierno, y es un dirigente que le gusta estar en el poder por idiosincrasia. Al peronista no le gusta estar afuera del poder”.

“Por ahí podemos poner algún prejuicio porque han sido parte de la etapa anterior, pero si disecamos bien, no todo lo anterior tiene por qué ser malo. Hay dirigentes políticos que están en condiciones de ser ministeriables en un Gobierno nacional”, deslizó en esa entrevista.

Esa era la estrategia que para Monzó debía instrumentar Cambiemos: aprovechar su presencia en el poder para salir a tentar dirigentes del peronismo que extrañaran precisamente ese calor. Un pensamiento diametralmente opuesto por ejemplo al de Durán Barba.

Al ser reelecto al frente de la Cámara baja para un nuevo período, Monzó aprovechó para reivindicar la política. Lo hizo al destacar el centenar de proyectos aprobados a lo largo del año, y advertir en un claro mensaje hacia el duranbarbismo que “si no fuera por la política, no se hubiera sancionado ninguna ley en el transcurso de este año”.

Atrayente para los medios por no guardarse nada en cada nota, Mirtha Legrand lo invitó a su mesa para preguntarle sobre esa idea de sumar peronistas al espacio de Cambiemos. “Hay actores que están en la oposición, que son idóneos para ocupar un cargo y ayudar al Gobierno nacional. Y cuando armamos Cambiemos, también fuimos muy amplios”, sostuvo. Recordó al respecto que “Cambiemos comenzó Pro”, luego se incorporó al radicalismo, y valoró en ese sentido “el trabajo y el esfuerzo que hicieron Ernesto Sanz y muchos actores del Partido Radical”, recordó la integración de Elisa Carrió y hasta la del senador Carlos Reutemann, “que fue muy importante para nosotros en Santa Fe”.

“Mauricio Macri es una persona muy amplia, yo soy justicialista y soy el presidente de la Cámara, y fui incorporado en este espacio por el presidente de la Nación”, destacó, para insistir con que “lo que quiero es que sigamos en el mismo sentido: cuando hay personas que son idóneas, tienen que estar en el Gobierno nacional, si se puede y si ellos comparten lo que está haciendo el Gobierno”. Mirtha Legrand le preguntó si no se estaría juntando el agua y el aceite, cosa que Monzó negó e insistió en que él hablaba de integrar “a los peronistas, nunca dije a los kirchneristas”. Luego explicó que “hoy no hay partidos políticos en la Argentina como continente, como algo sólido, en el mundo, y en este vértigo donde están tan licuados los partidos políticos, donde no hay esa solidez, hoy es posible invitar a un referente que en algún momento tuvo alguna pertenencia (a otro sector), a que participe en el Gobierno nacional”.

Las elecciones de medio término preocupaban especialmente al jefe de la Cámara de Diputados, si bien descartaba que si le iba mal al oficialismo pudiera surgir la amenaza del helicóptero. Pero sus temores eran más llanos: “Si no ganamos en la provincia de Buenos Aires, especialmente, en el transcurso de este año vamos a tener dificultades en la negociación de las leyes como lo hemos tenido porque estamos en minoría”. Por eso sostenía que tenían que garantizar el triunfo en la provincia de Buenos Aires “por el bien de todos”.

Ya en enero de 2017, Monzó volvió a apuntarle a Cambiemos: “Tenemos que volver a lograr que Cambiemos conduzca el espacio desde lo político”, sostuvo, advirtiendo que por el contrario “hoy el espacio desde lo político está vacío desde hace un año, desde el triunfo electoral”. Volvería a hablar del tema un mes después, cuando entrevistado por Clarín dijo seguir pensando que si bien Cambiemos se consolidaba como espacio de gestión, a su juicio estaba “vacío” como espacio político. “Sería hipócrita y una gran mentira decir que algo que se generó producto de una necesidad electoral hace menos de dos años hoy pueda ser un partido afianzado y consolidado. Cambiemos tuvo un resultado electoral exitoso y ahora tiene la responsabilidad de gobernar. Si tenemos éxito administrando, como consecuencia de ese éxito se consolidará este espacio”, remarcó.

Fue en esa entrevista en la que volvió a renegar de Durán Barba, de quien aclaró que “no es un estadista, sino que es una persona que hace marketing de la política. El riesgo es que abracemos al marketing como concepto de gestión. Y muchas veces llevar adelante una gestión y querer transformar la realidad es inversamente proporcional a tener una buena imagen”. Monzó dijo que “el estadista se juega en determinados momentos ante la crítica casi entera de la sociedad, convencido de que va a transformar una realidad para el bien de la gente. Si nosotros nos quedamos en el marketing de la política, lo que vamos a hacer es surfear la realidad durante cuatro años, cuando hoy el país y el presidente tienen una gran oportunidad de meterse en profundidad a cambiar la realidad”, puntualizó, reconociendo que “por supuesto que ese cambio va a tener costos, por supuesto que si le preguntás a un consultor como Durán Barba te va a decir ‘no, vamos para adelante, sigamos para adelante’”. Ponía como ejemplo a Daniel Scioli, “que surfeó a toda velocidad la provincia de Buenos Aires durante ocho años, cuidando su buena imagen y haciendo marketing de su imagen. Las consecuencias son que la provincia de Buenos Aires está mucho peor de lo que estaba hace ocho años. No me gustaría que pase esto en este espacio”.

De ahí que resumiera que “ya está bien con el marketing, ahora lo que precisamos son estadistas, no candidatos. Y el estadista no le tiene que tener miedo a la imagen. Yo creo que si nos seguimos cuidando tanto la imagen no vamos a hacer gestión, y si no hacemos gestión vamos a defraudar a la sociedad”.

Avanzaba 2017 y Monzó seguía bajando línea respecto de lo que debía ser a su juicio la campaña. Hasta se permitía sugerir a Elisa Carrió como candidata, por encima de Jorge Macri, que sonaba allá por marzo de ese año como eventual candidato. “Lo que quiere Carrió al igual que yo, es que en la provincia de Buenos Aires no fallemos. No tengo nada contra Jorge Macri. Lo que quiero es que en la Provincia vaya el candidato que asegure el triunfo del Gobierno nacional”, señalaba por entonces desde el programa Intratables. Allí la emprendió una vez más contra Durán Barba, de quien dijo: “Ni él, ni nadie, puede saber mejor de la política territorial que quien vive en el territorio. A mí quien me venga a dar instrucciones de como tengo que hacer política en Carlos Tejedor, mi pueblo, o me retiro o lo pongo de candidato”.

“Durán Barba, desde el punto de vista comunicacional, es una persona que tiene mucha experiencia. Tiene mucho criterio. Cuando se excede el consultor y quiere resolver las situaciones políticas territoriales, es donde entra en problemas”, cuestionaba quien se animaba a sugerir “corregir los errores no forzados, porque erosionan la imagen del presidente”. Y más: “Hubo un exceso de creer que tenemos el mejor equipo. Nos pasa a todos los que fuimos funcionarios en el Ejecutivo. Querés, a veces, traer el primer equipo y crees que estás colocando los jugadores en el lugar que tienen que jugar”.

A fines de abril de ese año limó asperezas con Marcos Peña, con el que se encontró en El Mirasol de la Recova, un restaurante del barrio de Recoleta, a instancias del jefe de Gabinete. Allí, Peña le dio garantías de que no impulsaba la instalación en las listas de alguien que fuera a reemplazarlo a fin de año. Habían trascendido incluso los nombres de Diego Santilli, Cristian Ritondo y hasta el radical Ernesto Sanz. Cuando las listas se cerraron, ninguno de ellos estuvo en las mismas, lo que corroboró lo que le habían anunciado a Monzó, quien mantuvo varios meses de perfil bajo. También se había reunido en su momento con la gobernadora Vidal para recomponer la relación, pero a la postre las cosas no fueron como el diputado había imaginado.

Monzó quería jugar en lo que mejor se desempeña: la campaña. Anticipó que trabajaría en ella, porque siempre lo había hecho, así no lo convocaran. No lo hicieron, lo marginaron, y deliberadamente mantuvo un perfil extremadamente bajo. Esa es una de las facturas que pasó cuando anticipó su salida.

Portazo y regreso

Cambiemos ganó sin él, una vez más debió reconocer que la estrategia electoral elegida había sido exitosa. Pero íntimamente convencido de que debieran integrar peronistas a la fuerza gobernante, Monzó corroboró en carne propia en diciembre pasado que si bien habían ganado las elecciones de medio término y engrosado su tropa legislativa, eso no era garantía de un Congreso más amable. Más bien ocurrió lo contrario: una Cámara de Diputados, sobre todo, más beligerante y dispuesta a desgastar al Gobierno donde puede, pues sigue siendo minoría.

Presente en las reuniones de gabinete, más ya alejado de las decisiones que no correspondan a la Cámara de Diputados -si bien tuvo injerencia en la decisión de avanzar con el tema del aborto, por ejemplo-, dejó trascender su salida. “Aliviado”, fue la definición que expresaron sobre su semblante los que lo vieron tras confirmarse su retiro anticipado. Trascendió que había pedido la embajada de España, donde ya está otro peronista de trato directo con el presidente y muy buena gestión, como es el misionero Ramón Puerta. Se especuló luego con otra representación diplomática; días después del anuncio y ya desatada la turbulencia, él mismo aclaró que estaría en su cargo hasta el 10 de diciembre de 2019, como había dicho al principio, o hasta fin de año, según se decidiera en la renovación de autoridades de la Cámara.

Como dijimos, un “pato rengo” a ese nivel no le sirve al Gobierno, que falló en la contención, sin darse cuenta de que Monzó “hoy no tiene reemplazo”, según admitió a Parlamentario una fuente legislativa del Pro. Reconocía esa fuente que los que podrían cumplir esa tarea están hoy fuera del Congreso; que Carmen Polledo tiene trato directo con Macri, pero le falta experiencia en el Congreso, “no es política” y no da el perfil para este momento de la Cámara actual. Una alternativa entonces sería buscar dentro del radicalismo.

Pero estalló la crisis justo cuando, como dijimos, el hombre de Carlos Tejedor anunció su salida. “Recalculando”, dijo Cambiemos, y el presidente volvió a reunirse y escuchar voces que por diversas razones estaban alejadas. Uno -clave- fue Nicolás Caputo, el “hermano de la vida” de Macri, un empresario de muy buena relación con Monzó. Hasta sus mujeres son amigas. Y con la vuelta de Caputo, Monzó volvió a ser reconvocado en La Rosada, se reintegró a la “mesa chica” donde se analiza la política, y el encargado de anunciarlo fue el propio Marcos Peña. De la primera reunión precisamente la Jefatura de Gabinete se encargó de difundir una imagen donde se los ve al propio Peña, a Monzó, Frigerio, Ernesto Sanz y Gerardo Morales en los jardines de Olivos.

Nadie asegura que las cosas hayan cambiado radicalmente, que estos cambios no sean más que maquillaje y las cosas sigan evolucionando como venían, pero difícilmente esta actitud tenga una vuelta atrás en lo que resta de aquí a 2019. Monzó ya no piensa en la embajada, ni nadie especula con su reemplazo. Cuando venza su mandato, si Cambiemos gana las elecciones, seguirá seguramente en el Gobierno, ya en otro plano de funciones.

En enero de 2017 dijo no temer que fuera a terminar como Alfonso Prat-Gay, echado del Gobierno por sus actitudes. Por el contrario, Emilio Monzó aseguró tener “una relación personal con el presidente de la Nación que está basada justamente en la opinión sincera y no en la hipocresía”. Poco más de un año después, parecía que el desenlace sería otro. La realidad impuso otra cosa.