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Jueves 13 de diciembre de 2018
OPINIÓN
EE.UU. - China: renovada pugna por el predominio
Por Alberto Asseff. El exdiputado nacional repasa como la potencia asiática creció de manera extraordinaria en los últimos 15 años, y su significado para la estabilidad política global.
1 de octubre de 2018
La historia es de nunca acabar. Si se mira bien, enhorabuena que así sea. Sería peor que tedioso un mundo, una vida sin puja. La tensión es la que motiva e incita a ir por más, a buscar nuevas dimensiones, fronteras más lejanas. Por supuesto, esto no supone que inexorablemente la competencia se salga de madre y de la tensión se pase al conflicto abierto, belicoso. Precisamente, el control es la gran diferencia entre una dinámica de progreso ordenada y la rivalidad caótica es decisiva para mantener la paz entre las naciones. Podría identificarse la clave para preservar la paz: si el objetivo es excluir al rival, la guerra es harto difícil de evitar. Si, en contraste, hay aptitud para aceptar la coexistencia, la paz -más o menos armónica- es posible. En el primer escenario está presente el desorden; en el segundo, el orden ¿Hoy vivimos el desorden o el orden mundial? Todo indica que estamos en una inescrutable e impredecible transición. Ninguno de los actores planetarios tiene la capacidad para dictar el nuevo orden y exhiben, todos, limitaciones para sentarse y acordar un régimen mundial. Los norteamericanos patentizan crecientes problemáticas, los europeos sufren de cansancio y de agrietamiento, Rusia no puede esconder debilidades intestinas, China aún tiene una variopinta de fragilidades que debe sortear, Japón se estancó, aunque sigue con su poderío, la India está embargada por un sinfín de retos y le resta mucho esfuerzo para superarlos. Turquía exhibe dificultades para erigirse en el ordenador del Medio Oriente. El mundo se multilateralizó, pero bordeando la línea del desorden.

Una preliminar nota es que los EE.UU. están a la defensiva, actuando más en respuesta que con iniciativa propia. Es que el desarrollo chino, sostenido durante una generación clásica -25 años-, fue lisa y llanamente impresionante. Quemó todas las teorías. A priori, un sistema totalitario no podía abrir la economía porque la libertad, una vez levantada una compuerta, trae más libertad y el secuente derrumbe del autoritarismo. Sin embargo, quizás porque sólo así puede supervivir un país tan complejo, Pekín supo hasta ahora centralizar el poder político y desconcentrar el sistema económico ¡Vaya que utilizó exitosamente el gradualismo! Tanto social como geopolítico. El disparate de universalizar decisiones en un territorio enorme y en una población diversa en materia de avance social nunca se les pasó por la cabeza a los dirigentes chinos. Por eso las dos velocidades de una China campesina, llena de aldeas y otra industrial, plagada de fábricas y rascacielos.

El método de las “Zonas Especiales” fue inteligente y superó infinitamente a nuestras opacas y poco ambiciosas “zonas francas”.

Al principio -desde 1999- forzaron la marcha para extender velozmente la actividad generadora de empleo y de divisas de exportación mediante la producción de mercancías de bajo costo y de escasa calidad. En esta década mutaron hacia la tecnología, poniendo mucho más el eje en el desarrollo interior. En 2007 producían el 5% de los bienes de capital globales. Hoy están por encima del 20%. Y lo que es angularmente relevante: están primeros en patentes de inventos y segundos en publicación de tesis científicas.

Cuando EE UU desata el año pasado la ‘guerra comercial’ tuvo y tiene un motivo: China se adelanta tecnológicamente. No es que pueda ganar un mercado más -como todo indica que se está operando en nuestra vecina África y en cierto modo en nuestra América-, sino que amaga con el triunfo en la carrera. No para ascender temporariamente al podio, sino para instalarse. Ahí sí, la preocupación devino en amenaza.

Hay un dato formidable: en 2030 -en poco más de una década- la clase media china será de 550 millones de consumidores, de demandantes de bienes y servicios. 550 millones de protagonistas de la economía y, conjeturalmente, de la sociedad y de la política. Esa será una fuerza descomunal, con capacidad transformadora en los diversos campos, internos y planetarios.

Los norteamericanos no han bajado los brazos, pero sus reacciones tienen olor a añejas. Proteccionismo con una batería de aranceles y trabas; suba de tasas para aspirar fondos financieros y otras medidas de esa índole. Y, obviamente, la agitación del peligro del “nuevo enemigo” que toda la historia tributó para estimular el espíritu nacionalista de ese “destino manifiesto” que les insufló inagotable energía espiritual.

Ya se atisba un teatro de operaciones pugnaz, con despliegue armamentístico: el Mar de China. Ahí se está dirimiendo el futuro de la primacía mundial.

China, con evidente sabiduría confuciana, ocultó pensadamente durante estos últimos cuarenta años desde las reformas de Deng, sus garras. Mostró suaves dedos y amplia sonrisa. Forjó sin cesar un estudiado “imperio amigable”, “desarmado”. Empero, esa etapa está arribando al final. Ahora se alista para afrontar el desafío que tiene su principal ámbito en ese Mar de la China y por extensión el Pacífico. Hoy la de China es la flota más grande del planeta, dotada de poder balístico. Ya está mostrando su rostro un señorío que disputa la supremacía.

China -al igual que los EE. UU.- tiene que remover fortísimos obstáculos. El recelo ruso -ya habitan demasiados chinos en Siberia-, el secular resentimiento de japoneses y coreanos, es indudable que la reconciliación del norte con el sur de la península coreana tiene su origen en una decisión de Pekín de neutralizar la tenaz oposición de Seúl a sus designios. Por otro lado, es destacable la voluntad de China para remover la rivalidad con la India.

Tendremos por delante medio siglo de pujas y de transformaciones. A la postre no sobrevendrá un “mundo chino”, pero tampoco tendremos el mundo actual. América Latina y África podrían disponer de una oportunidad histórica para emerger al actorazgo central. Hay dos ineluctables precondiciones: no podemos seguir siendo los países más desiguales socialmente de toda la tierra y es inadmisible la corrupción sistémica que saquea recursos y nos torna en Estados fallidos.