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Jueves 13 de diciembre de 2018
OPINIÓN
El tarifazo bueno y los tres chiflados
Por Daniel Bosque. El director de EnerNews y Mining Press analiza el costo político que le significará al Gobierno la polémica decisión de compensar a las gasíferas por la devaluación del peso.
9 de octubre de 2018
Los tarifazos en los servicios públicos son el karma que acompañará al macrismo hasta el fin de su gestión.

Lo fueron en el frío otoño de 2016 cuando el llamado “sinceramiento” de cuadros tarifarios que por una década larga habían estado bajo la suela del kirchnerismo - vía precios políticos y subsidios-, metió al Gobierno y al país en un laberinto del que tardamos largos meses en salir.

Y lo vuelven a ser ahora, sin Juan José Aranguren y con el entusiasta Javier Iguacel, quien viene a propalar que este ajuste será bueno al fin para los ciudadanos. Mientras intenta enseñarle a la sociedad cómo se teje y desteje este poncho llamado gas natural, que es corto, pero largo.

No aclares que oscurece, porque al final lo único que importa son los 700 pesos o lo que sea que pagará 24 veces un cliente residencial como seguro de cambio de las distribuidoras. Y el meta mensaje de que el que quiere celeste, que le cueste.

El dilema más reiterado, en estos tiempos de redes, trend topics y hashtags, es si los problemas de gobiernos y corporaciones devienen de la gestión o de la comunicación. Y hay comportamientos atávicos que superan la evolución vertiginosa del ADN humano, como la creencia de que una mala noticia difundida un viernes por la tarde, pasará más desapercibida.

En catástrofes vs. fútbol, gana el fútbol, se decía en las redacciones, pero las redes sociales son el rayo que no cesa y el sábado y el domingo te llenan la cara de dedos. Cristina, el peronismo todo, los consumidores, jueces, fiscales, vieron la brecha y acorralaron a Cambiemos. Previsiblemente, terminaron sumándose los radicales socios del PRO.

El secretario de Energía ha intentado poner en spotlights el fin de la maldita “tablita de Kicillof” por la cual se superaba un nivel de consumo, la factura crecía geométricamente. Algo tarde para desarmar algo que metía mucho ruido, pero ni el Estado ni las gasíferas lo desarmaron porque nadie renuncia a una renta así porque sí.

Pero nadie parece reparar en este acto reparador, por la ley física que dice que las facturas del futuro pegarán más duro sobre bolsillos que no crecen. La derrota es huérfana, el funcionario hoy en la picota dice que el Gobierno no apelará los planteos en la Justicia, como hizo en el pasado, que este regalo con moño se lo deja a las gasíferas. Y como dios es argentino, a caballo de Vaca Muerta, promete que se viene un gas más barato, en el horizonte argentino, para todos y todas.

Son distintos públicos, unos más confortables que otros. En los recientes foros de Houston, Neuquén y el CARI, Iguacel describía el gran escenario que está construyendo la Argentina con su nueva abundancia de gas natural de sus pozos no convencionales de shale y tight, el commodity que está devolviendo la sonrisa a petroleras, contratistas, fisco y políticos. Sobrará en verano y cuando haya más infraestructura será la estrella for export.

El problema está aguas abajo. En la puja, post devaluación drástica de peso, por la renta decreciente en transporte y distribución si al final del embudo los espera la estrecha realidad de los consumidores residenciales, comerciales e industriales. Esto no termina bien, o acaba como casi siempre, “al uso nostro”. Con cautelares, audiencias, revisiones, normas que enmiendan a otras.

Sin plafón político, entre filosas espadas y ásperas paredes el Gobierno acaba de hacer una nueva fogata con sus votos. Porque lo que importa en la calle y en los smartphones no es la ecuación económico financiera que precede a encender la hornalla, ni el origen del problema en un país errático. Es el imaginario viralizado de que para usar la estufa habrá que vender el televisor.

Lo bueno de esto, vaya consuelo, es que la batalla del Presupuesto nacional pasó a segundo plano. Otra vez el viejo remedio de los Tres Chiflados. Al team de Mauricio Macri le dolía el dedo, se pegó un martillazo en la cabeza y ahora se olvidó de como tenía la mano. Otra vez, se lamentan las gasíferas, resignadas a vivir entre lides impregnadas de exposición pública y el manoseo de la politiquería. Pero al fin y al cabo, un aumento es un aumento y “París bien vale una misa”.