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Jueves 15 de noviembre de 2018
OPINIÓN
Por qué Trump es Trump
Por Rodolfo Terragno. El escritor e historiador afiliado a la UCR explora como un “outsider” de la política como Donald Trump llegó al poder, y cómo representa a una gran parte de la sociedad norteamericana.
22 de octubre de 2018
La era Trump comenzó con la destrucción, en 2001, de las Torres Gemelas. Nadie parece pensarlo así. Sin embargo, sin aceptar esto es muy difícil explicar (no hablo de justificar) por qué Donald Trump tiene domicilio en la Casa Blanca desde hace casi dos años; y más difícil aun, por qué el apoyo que recibió en 2016 está intacto.

Que se dude de la relación Torres Gemelas-Trump es, hasta cierto punto, lógico. El atentado fue trágico pero aislado, y está lejano en el tiempo. Además, no hubo entonces reacciones masivas, ni manifestaciones de xenofobia o anti-islamismo. Pero el “América first” empezó a incubarse mientras las torres se desplomaban. Hasta ese instante Estados Unidos se sentía invulnerable.

Las guerras mundiales del siglo veinte no lo tocaron. Sufrió sólo un ataque: el de Japón, en la isla de Hawai, a unos 7.000 kilómetros de Washington. Y cuatro años más tarde, como si fuera una desproporcionada venganza, borró del mapa, con bombas atómicas, dos ciudades japonesas.

Aquellas guerras incendiaron Europa, pero ni una chispa llegó a territorio norteamericano. No sólo eso: Estados Unidos fue a apagar los incendios europeos y emergió, en ambos casos, como “salvador de las libertades”. Sus derrotas posteriores ocurrieron en lugares remotos, como Corea o Vietnam. Pero ni el nazismo ni el comunismo osaron atacarlo en su propia casa.

Y si bien hubo un tiempo de temor a la Unión Soviética, cuando los soviéticos instalaron misiles en Cuba, John Kennedy los echó sin problemas. Y, finalmente, esa otra superpotencia se derrumbó sola. Desaparecido el gran enemigo, Estados Unidos sintió que el mundo entero le pertenecía. Era “el fin de la Historia”.

Sin embargo, un día, un puñado de suicidas, sin más armas que cuchillos, se apoderó de un par de aviones norteamericanos y demolió en Nueva York esas torres: los dos edificios más altos del mundo: 110 pisos cada uno. El enemigo ya no era una gigantesca nación. Era el hombre, Bin Laden, que se había valido de aquellos suicidas para hacer temblar al “amo del mundo”. Estados Unidos se propuso asesinar a ese hombre y, poco después, lo logró. El presidente y la Secretaria de Estado siguieron por televisión, desde Washington, la ejecución privada de ese terrorista solitario. Hubo en Estados Unidos alivio y orgullo. La superpotencia había matado a un hombre. De todos modos, el sentimiento de inseguridad no desaparecía.

Y vino a agregarse el imparable crecimiento de China. Estaba en curso, además, la pérdida de la superioridad industrial norteamericana. Si bien Ford sigue liderando hoy la industria automotriz, los norteamericanos y el mundo andan cada vez más en Honda, Toyota o Hyundai. Las pantallas del iPhone -el teléfono inteligente del nuevo gigante norteamericano, Apple- las fabrica curiosamente su competidor surcoreano, Samsung, que ya supera a Apple en el mercado mundial. En porcentajes de unidades vendidas en todo el mundo (directamente a usuarios por agentes oficiales) Samsung tiene 20,8%, Apple? 19.7 y la china Wawei asoma con 9.

El resonante éxito de Google, Facebok o WhatsApp no compensa, para gran parte de los norteamericanos, el deterioro industrial. La economía global está girando a los servicios, pero eso no consuela a la abundante mano de obra no calificada que tiene Estados Unidos. En el oeste del país, donde los inmigrantes suman 43.700.000, la gran mayoría proveniente de México, hay fuertes quejas porque, se dice, la inmigración “roba” puestos de trabajo y congestiona los servicios de salud y educación. Trump emergió como líder populista diciendo cosas equivalentes a éstas: “No permitiré que China destruya nuestra economía”, “Voy a poner aranceles para contener la importación”, “Voy a proteger a nuestras empresas y al empleo de los norteamericanos”, “Voy a levantar un muro para terminar con la inmigración mexicana”, “No voy a permitir que Europa nos imponga sus regla”, o “No voy a tolerar que usen el cambio climático para detener nuestro desarrollo industrial”.

Fue eso lo que le dio el triunfo.

Algunas cosas ha cumplido. Puso fuertes aranceles a la importación de productos chinos. Retiró a Estados Unidos del Acuerdo de Paris sobre cambio climático. Abandonó el Pacto Nuclear. Obligó a reformar el NAFTA. Pero su retórica, que por ahora suena bien a los oídos de los nacionalistas que lo votaron, se torna peligrosa. Calificó a la Unión Europea de “enemiga” de Estados Unidos" y aunque menos enfáticamente, también a China y Rusia. Da la retórica podría llegar hasta la fuerza: no ha descartado la posibilidad de una “operación militar” en Venezuela. Hasta ahora Trump ha mantenido fuerza política.

Cuando fue elegido, en 2016, muchos pronosticamos que, durante su presidencia, los legisladores republicanos se dividirían, un sector le quitaría el apoyo a Trump y él se quedarías sin mayoría en el Congreso.

La semana pasada, Trump logró que el bloque republicano entero diera luz verde para que su tan controvertido candidato, Brett Kavanaugh, se convirtiera en juez de la Corte Suprema. El mes próximo el panorama puede cambiar. El día 9 habrá elecciones legislativas para renovar parte de ambas cámaras. Los presidentes suelen perder estas elecciones de medio término. Según las encuestas, Trump no escapará al maleficio, aunque los demócratas pueden derrotarlo en votos y no alcanzar al número de bancas que necesitan para ser mayoría.

El triunfo demócrata sería el de quienes (aunque con contradicciones) alientan la paz mundial. El de quienes creen que la competencia internacional aumenta la eficiencia y favorece a los consumidores. El de quienes destacan que el desarrollo tecnológico crea más empleos de los que destruye. El de quienes piensan que la inmigración (no indiscriminada) aporta diversidad de ideas, talento y fuerza laboral.

Es probable que esas deseables ideas se impongan. Pero Trump seguirá representando a una gran parte de la sociedad norteamericana actual, situada en las antípodas de esa versión progresista. Una derrota el mes próximo no sería su fosa. En 2010, Barack Obama perdió 63 bancas y dos años después fue reelecto.