BUSCAR FACEBOOK TWITTER
Lunes 17 de junio de 2019
OPINIÓN
Era otra Venezuela
Por Rodolfo Terragno. En épocas de extrema incertidumbre en el país, el senador (MC) destaca la figura del expresidente venezolano Carlos Andrés Pérez.
28 de febrero de 2019
Vamos a crear una comisión para asesorar al presidente y esa comisión estará a tu cargo. Tú debes contratar, por cierto, a gente de talento, pero con una condición: tienen que ser todos exilados. Los que pudieron salvarse de Videla, como tú, o de Pinochet, o de Stroessner...

Eso fue lo que me dijo Diego Arria en 1977. Fue en Caracas, y Arria era ministro de Carlos Andrés Pérez.

La actual realidad venezolana obliga a homenajear a aquel presidente.

Su primer gobierno (1974-1979) fue, en muchos aspectos, un modelo a imitar. Tuvo, como todos, errores, contradicciones y falta de control en ciertas áreas; pero sus objetivos, esfuerzos y logros fueron notables.

Pérez no sólo guardaba fidelidad a la democracia. Apenas llegado al poder, en 1974, resolvió usar los cuantiosos “petrodólares” para impulsar el desarrollo de las industrias básicas, llevar la educación a una cima y tutelar el medio ambiente

Desarrollo acelerado. Pérez creía en una economía mixta. Decía que “con un sector privado fuerte y un estado débil, hay oligopolio y falta política social”; pero que “con un estado fuerte y un sector privado débil, hay ineficiencia y arbitrariedad”. Por eso, nacionalizó el hierro, explotado hasta ese momento por la US Steel; y más tarde el petróleo, que estaba en manos de Shell y Exxon.

Pero al mismo tiempo otorgó grandes beneficios fiscales a empresas privadas, para que invirtieran en la industria siderúrgica o en electrificación.

Era una política que recibía críticas por derecha y por izquierda. Unos censuraban el “estatismo izquierdizante” de Pérez, y otros su “subordinación” a grupos capitalistas.

Sin embargo, petróleo estatal e inversión privada hicieron, en simultáneo, grandes aportes al desarrollo. Uno: se completó una central hidroeléctrica, tercera en el ranking de las más grandes del mundo.

Educación hacia la cumbre. Cuando llegué a Venezuela, había unos 10.000 chicos (aproximadamente 6.000 de ellos de bajos recursos) estudiando en las mejores universidades de Europa y Estados Unidos. Eran becarios de la Fundación Gran Mariscal de Ayacucho: una institución creada por Pérez para formar recursos humanos a gran escala. Antes de irse, cada becado había firmado un compromiso y constituido garantías de cumplimiento: al obtener en su título deberían volver a Venezuela y trabajar un año gratis para el Estado. Luego podrían aprovechar las oportunidades que les daría una “bolsa de trabajo de calidad” formada por el gobierno. No les sería difícil conseguir empleo, y menos a aquellos que volvieran capacitados en disciplinas técnicas. El desarrollo acelerado chocaba con la falta de profesionales: dos tercios de los ingenieros que había en Venezuela eran extranjeros, “importados” para cubrir ese déficit profesional. Vanguardia ecológica. Hacía sólo dos años que se había celebrado, en Suecia, la primera conferencia internacional sobre medio ambiente. Muy pocos gobiernos tenían, en el mundo, organismos ecológicos fuertes. Pérez creó en 1974 el Ministerio del Ambiente y de los Recursos Naturales Renovables, e hizo sancionar la Ley Orgánica del Ambiente. Para asegurar la implementación de las políticas “verdes”, estimuló la formación de 125 “juntas ecológicas”: un sistema de inteligencia ambiental, extendido por todo el país, que tenía a su cargo la “vigilancia y la fiscalización” de aquellas actividades susceptibles de contaminar. Y con el fin de proteger los bosques naturales pero no frenar el desarrollo de la industria del papel, creó gran número de bosques artificiales, al tiempo que creaba 13 parques nacionales y 15 “zonas reservadas”. Hasta firmó un decreto para imponer la preservación de especies animales “en peligro de extinción”. El titular del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) dijo en 1977 que Venezuela estaba “a la vanguardia en cuestiones de medio ambiente”.

El segundo período (1989-1993) fue desafortunado y terminó opacando su imagen histórica.

Él había recibido un Tesoro exhausto y creyó necesario recurrir al Fondo Monetario Internacional, el cual le impuso, como era de prever, un plan de ajuste.

El recorte de gastos, considerado expresión de una política económica neoliberal, provocó una reacción popular (el “Caracazo”) y a eso se agregó que una represión excesiva dejó un gran número de muertos.

En 1992, Hugo Chávez lideró un fallido golpe de Estado alegando la “ineficacia” y “corrupción” del gobierno de Pérez.

Poco después, la presunta corrupción puso fin a su gobierno. Había usado 17 millones de dólares de los fondos reservados para ayudar a un puñado de líderes latinoamericanos que luchaban contra gobiernos dictatoriales, así como a un gobierno democrático amenazado por extremismos de izquierda y derecha. La Corte Suprema lo envió a la cárcel y, cuando cumplió los 70 años, le sustituyó las rejas por la “prisión domiciliaria”.

Allí estaba, preso en su propia casa, cuando lo vi por última vez.

No era difícil imaginar que la falta de recursos y los alzamientos, civiles y militares, lo habían llevado a tomar decisiones inadecuadas.

Sin embargo, era injusto dejar que la “memoria final” eclipsara la historia de aquel hombre que nos había protegido a los exiliados y combatido a las dictaduras.

Contemplando la Venezuela de hoy en día, la figura de Carlos Andrés Pérez se me agranda.

Fue un demócrata convencido y un político con visión de futuro.