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Miércoles 23 de octubre de 2019
OPINIÓN
Los gobernadores que derrotan a Cambiemos necesitan a Macri
La sucesión de derrotas del Gobierno nacional en las provincias no para y seguirá en la medida que los gobernadores que adelantan comicios lo hacen seguros de ganar. En la Rosada esperan que eso cambie cuando sean las elecciones nacionales.
19 de mayo de 2019
Por José Angel Di Mauro

Dos casos notorios tal vez no alcancen para establecer una norma, pero son suficientes para marcar una tendencia: la de los radicales “regalando” grandes ciudades. El primer caso concreto es el de Rosario, ganada con amplitud por el partido centenario cuando el retorno de la democracia en 1983, a través de Horacio Usandizaga. “El Vasco” supo revalidar títulos en 1987, también por más del 50% de los votos, a contramano de “la ola”, que en esa elección comenzó a marcar el declive alfonsinista. Pero Usandizaga no tuvo mejor idea que prometer dos años después que si llegaba a ganar Carlos Menem la presidencia él renunciaba. Ganó el riojano… y “El Vasco” cumplió.

Iba por el segundo año de su mandato como intendente y entonces hubo que llamar a elecciones para ver quién completaba el mandato y ya el radicalismo no pudo retener esa importante intendencia, imponiéndose el socialista Héctor Cavallero, luego fue sucedido por el también socialista Hermes Binner, que más tarde llegaría a gobernador. Esa ciudad nunca fue recuperada por el radicalismo y la decisión de Usandizaga le abrió las puertas al socialismo para gobernar hasta hoy la provincia de Santa Fe.

El domingo 12 de mayo será otro hito en la materia para el radicalismo, que perdió ese día otro bastión histórico como era la intendencia de la capital de cordobesa. Separados en dos listas, estaba cantado el resultado. Podrá decirse que fue tan amplia la victoria del peronismo ese día que aun sin dividirse hubieran podido perder, pero está claro el error de hacer votar autoridades de esa ciudad el mismo día que las provinciales. Un mensaje para Cambiemos y la provincia de Buenos Aires.

Aún en el llano, dirigentes como Ernesto Sanz solían alardear del poder territorial del partido centenario regodeándose de que si bien gobernaban pocas provincias, sí manejaban las principales ciudades del país. En ese sentido no es un dato menor haber dejado escapar Córdoba, sobre todo por las circunstancias en que eso se dio. El radicalismo se encamina también a perder en junio la capital santafesina.

Algunos de los coletazos de lo sucedido en la provincia mediterránea fueron protagonizados por una encendida Elisa Carrió, que en la noche de la derrota expresó públicamente un reproche dirigido al ministro del Interior, por un supuesto favoritismo de Rogelio Frigerio hacia los gobernadores peronistas. Atinadamente el funcionario evitó contestarle con el fin de apagar la polémica. En el fondo Lilita cuestiona al ministro del Interior del mismo modo que viene haciéndolo con Emilio Monzó, molesta en realidad por encabezar ambos el ala acuerdista del gobierno habitualmente predispuesta a tender puentes hacia el peronismo. Curiosamente mientras prendía el ventilador, la líder de la CC reafirmaba su cercanía al jefe de Gabinete, representante principal de quienes son más refractarios a ese tipo de acuerdos, tendencia que por cierto ha prevalecido estos años en el gobierno de Cambiemos.

Debiera tener en cuenta Carrió que ese peronismo privilegiado en el trato con el gobierno es el que le permitió al Ejecutivo nacional contar con las leyes que necesitaba para gobernar. Claro que no fue gratis, y por cierto que el gobierno central ha sido un buen pagador para las provincias. Frigerio no deja de recordar cada vez que puede que “no hubo en la historia un momento de mayor transferencia automática a las provincias, y por ende de mayor federalismo”. En la actualidad, 23 de las 24 provincias no tienen déficit; “tenemos provincias ricas y un Estado nacional pobre”, dicen en el propio gobierno, donde se preguntan a quién preferirán en el balotaje estos gobernadores que cada domingo electoral propinan una nueva derrota a los candidatos del gobierno. ¿A Macri o al kirchnerismo?

Por experiencia saben que la estrategia de la expresidenta no se sostiene en base a un esquema similar al vigente, con provincias holgadas y un Estado nacional ajustado. Tampoco verían con agrado las provincias volver a perder la posibilidad de colocar deuda.

Esos análisis son muy tenidos en cuenta en la Rosada a la hora de evaluar el costo-beneficio de que la gran mayoría de los gobernadores opositores hayan adelantado sus elecciones, desligándose de la suerte de los candidatos presidenciales peronistas.

El mismo trasfondo tiene la pelea pública de Elisa Carrió con el presidente del bloque PRO de Diputados, al que destrató en un pasillo del Congreso, generando la previsible reacción del temperamental legislador, un hombre del riñón de Emilio Monzó. Cierto es que Nicolás Massot no jugó en favor de Mario Negri en la campaña cordobesa. En rigor, nunca digirió la ruptura de Cambiemos en esa provincia y no ocultó su desacuerdo con la estrategia electoral que finalmente condujo a una previsible catástrofe electoral. Cuando al contestarle a Lilita el miércoles pasado le endilgó su “irresponsabilidad” en esa campaña, Massot no estaba necesariamente reprochándole el descalificador exabrupto que le dirigió al fallecido José Manuel de la Sota, que algunos puntos puede haberle costado a Mariio Negri. En realidad le cuestionaba haber exigido que no se bajara la candidatura del presidente del interbloque Cambiemos, aun cuando estaba claro que dos listas conducían a un previsible desastre. Priorizó Carrió su histórico distanciamiento de sus excorreligionarios, con los que rechazaba arreglar.

Llamó la atención también el aval de Massot a los dichos del presidente del radicalismo para que la convocatoria presidencial a la oposición para acordar una serie de puntos básicos tuviese “un correlato electoral”, incorporando a Cambiemos a sectores del Peronismo Federal. “Es por acá”, señaló el presidente del bloque PRO al retuitear a Alfredo Cornejo.

El gobernador mendocino desató las iras en la Rosada cuando en un evento organizado por la AmCham habló de reformular Cambiemos y, sobre todo, cuando no descartó que Macri no terminara siendo candidato. Es que eso hizo justo cuando en el gobierno comenzaban a solazarse por la tercera semana de calma financiera, el mismo día en el que el INDEC revelaba un número de inflación por debajo del temido 4%, y cuando la Corte Suprema había vuelto a encender las luces de alarma de la tolerancia moral hacia la corrupción pasada. Tantas buenas noticias aplacadas por “fuego amigo”.

Un día antes la expresidenta había protagonizado una puesta en escena de alto impacto al concurrir por primera vez en 16 años a la histórica sede del PJ, tendiente a congelar el impulso tomado por el Peronismo Alternativo en las elecciones cordobesas. En rigor, el propio gran ganador, Juan Schiaretti, ya se había ocupado de desinflar expectativas al minimizar su propia trascendencia como líder dentro de su espacio. Lo cierto es que Cristina Kirchner le marcó el paso a aquellos a los que en tiempos recientes había mandado a “suturarse” cierta parte del cuerpo.