BUSCAR FACEBOOK TWITTER
Miércoles 23 de octubre de 2019
OPINIÓN
Elecciones: política trapacera
Por Aníbal Hardy. En tiempos de desconfianza generalizada, autor reivindica al político por vocación.
30 de septiembre de 2019
La política partidaria es la lucha por el poder del Estado, para conquistar el gobierno municipal, provincial o nacional. El partido, como ya lo dice la palabra, es parte y parcela de la sociedad. Cada partido tiene tras de sí intereses de grupos o de clases que elaboran un proyecto para toda la sociedad. Si llegan al poder del Estado, dirigen las políticas públicas conforme a su programa y su visión partidaria de los problemas.

Por representar una parte, y no a la sociedad entera la política partidaria es por si conflictiva, los políticos son adversarios, no enemigos, porque tienen proyecto y programas diferentes. Debe quedar claro aquello que Max Weber dijo en su famoso texto: La política como vocación. “Quien hace política busca el poder, como medio al servicio de otros fines, o bien por sí mismo, para disfrutar del prestigio que confiere”. Este último modo de poder político es ejercido por muchos gobernantes en nuestro país, beneficiándose de él, olvidando por completo al sujeto de todo poder: el pueblo.

Ante los escándalos de corrupción y nepotismo, la falsedad de las promesas electorales, el clientelismo, el favoritismo, las alianzas espurias, etc., la política viene provocando decepción en la ciudadanía creando una actitud de desconfianza, de desprecio y hasta de indignación. La política argentina corre así, el riesgo de un total descrédito por la ineficacia de sus instituciones, que se fueron desvirtuando por el exceso de burocracia y por la promiscuidad entre interés público y ventajas particulares.

La reacción antipolítica que se vive en la sociedad y la distancia en relación a las instituciones democráticas son signos visibles de la necesidad de replantearse el ejercicio de lo político. Es urgente recuperar el ejercicio autentico de una verdadera ciudadanía, que es un campo que permanece siempre abierto a la participación, y es ahí donde se juega la batalla principal de la verdadera política. Asimismo de la credibilidad que tenga el sistema democrático depende de sus reglas de juego y de su práctica concreta.

La apatía del ciudadano por la política, siempre es funcional al poder de turno, quedando garantizado que nada cambie. Sobre el particular Bertold Brecht escribió: “El peor analfabeto es el analfabeto político. No oye, no habla, ni participa en los acontecimientos políticos. No sabe el costo de la vida, el precio del pan, del pescado, de la harina, del alquiler, de los zapatos o de las medicinas. Dependen de las decisiones políticas. El analfabeto político es tan burro, que se enorgullece e hincha el pecho diciendo que odia la política. No sabe el imbécil, que, de su ignorancia política nace la prostituta, el menor abandonado y el peor de todos los bandidos, que es el político trapacero, granuja, corrupto y servil...”

De todas las vocaciones, la política es la más noble. “Vocación”, del latín “vocare”, quiere decir llamado. “Política” viene de polis: ciudad. La ciudad era para los griegos, un espacio seguro, ordenado y manso, donde los seres humanos podían dedicarse a la búsqueda de la felicidad. El político sería aquel que cuidaría de ese espacio. La vocación política así, estaría al servicio de la felicidad de los moradores de la ciudad. Vocación es diferente de profesión. En la vocación la persona encuentra la felicidad en la propia acción. En la profesión el placer se encuentra no en la acción, sino en la ganancia que de ella se deriva.

El futuro de nuestra patria depende de esa lucha entre políticos por vocación y políticos por profesión. Lo más triste es que muchos ciudadanos argentinos sienten el llamado de la política, y no tienen el coraje de atenderlo por miedo a la vergüenza de ser confundidos con los políticos desprestigiados y lo peor, de tener que convivir con ellos.

Hoy Argentina está frente a un panorama bastante desalentador: ¿Elecciones limpias o fraudulentas? La decisión de adelantar las elecciones, es una actitud de política trapacera, y si los sistemas electorales no son creíbles, es esperable que tampoco sea creíble ni interesante lo que emane de ellos.