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Martes 23 de julio de 2019
INFORMES
Relaciones peligrosas
La sentencia que les asigna a los vicepresidentes un papel menor no siempre se cumple. Sobre todo en los últimos años, cuando los roces entre los presidentes y sus segundos han caracterizado la relación.
1 de agosto de 2008
Por José Angel Di Mauro

Los historiadores le adjudican a Sarmiento haber pronunciado una frase que después se utilizó sistemáticamente para menoscabar la actividad de los vicepresidentes de la Nación. Esa que les adjudica como única función la de “agitar la campanita en el Senado”. Lo cierto es que todos los vicepresidentes han recibido esa advertencia, y todos, sin excepción, anticiparon que esa sentencia no los alcanzaría.

Julio César Cleto Cobos no fue la excepción, aunque todas las presunciones le diagnosticaban una experiencia aun más gris, vinculada no a sus antecedentes sino a los de quienes lo habían invitado a participar de la fórmula presidencial. El ninguneo que se presumía de parte de los Kirchner se potenciaría aún más en el caso de un oficialismo peronista que nunca terminó de digerir a los radicales K.

Nadie vislumbraba para Cobos el astronómico 78% de imagen positiva que por estos días le asigna una encuestadora después de su salto a la fama por el voto “no positivo” pero determinante en la crisis del campo. Ni las mentes más febriles podrían haber diagnosticado hace algunos meses que, promediando el primer año de mandato, el vice triplicaría en las encuestas a la mismísima Presidenta.

El cargo de vicepresidente ha sido siempre en la Argentina, como en tantos otros países, devaluado, a pesar de que apenas un peldaño lo separa de la primera magistratura. En rigor, el pico de popularidad lo alcanza el vice al momento de su designación, cuando se lo integra para adosarle a la fórmula una dosis destinada simplemente a acarrear más votos. Después, se lo aparta convenientemente de todo nivel de decisión.

Ni qué decir en tiempos de los Kirchner, cuando la dupla gobernante no admite terceros en discordia. Lo entendió rápido Daniel Scioli, quien no sólo pudo salir indemne de la experiencia, sino que lo hizo con tal nivel de popularidad que fue designado candidato a gobernador en el principal distrito, con el objetivo de traccionar la mayor cantidad de votos para la fórmula presidencial.

Pero no le fue fácil la convivencia a Scioli en los cercanos tiempos de su vicepresidencia. Las características confrontativas de Néstor Kirchner ubicaron rápidamente en ese rubro a su vicepresidente, cuyos movimientos de cintura le permitieron sobrevivir y salir de esa peligrosa categorización. Si bien recientes, esos episodios merecen ser refrescados. Inmediatamente después de la asunción en 2003, Scioli venía diferenciándose de Kirchner en diversos temas. El círculo áulico kirchnerista lo venía monitoreando, por sus contactos con las empresas de servicio privatizadas y sus viajes al exterior, armados en forma independiente y con agendas elaboradas por sus contactos en el exterior, anticipándose a las visitas del propio mandatario. Y para peor, cortejando a empresarios a los que luego el Presidente castigaba sin contemplaciones.

Semejante nivel de independencia del vicepresidente se contraponía con el estilo K, consistente en tener todo bajo control y bajar un discurso único.

Daniel Scioli no tenía relevancia en el Senado, su ámbito natural, y por el contrario quería mantener su ingerencia en área Turismo, donde había pactado con Kirchner mantener gente y presencia. Pero ciertos sectores empresariales molestos porque Kirchner no les daba cabida comenzaron a coquetear con el ex motonauta, igual que algunas fracciones del propio justicialismo que no lograban digerir al santacruceño.

“Los países serios no anulan leyes”, dijo cuando el Parlamento se disponía a hacer eso con el Punto Final y la Obediencia Debida, fundamentándose nada menos que en el eslogan de la campaña presidencial. Ya por esos días había tenido la osadía de anticipar un futuro aumento de tarifas, pero en esa cuestión tenía el resguardo de estar repitiendo lo que le había escuchado decir al propio ministro de Economía. En cambio, con las leyes del perdón, hablaba por sí mismo.

Néstor y Cristina Kirchner lo tomaron casi como una declaración de guerra y le hicieron sentir el rigor. El Presidente le sacó de un plumazo toda ingerencia en el área Turismo, borró al secretario que Scioli había dejado allí y con él a toda la gente designada, que tuvo que mudarse al Senado.

El hoy gobernador esperó a que pasara el chubasco. Eso sí, no estuvo a la hora de la votación, cuando de madrugada el Senado declaró “insanablemente nulas” las leyes del perdón. Presidía entonces el sanjuanino José Luis Gioja.

La entonces senadora Cristina Kirchner sacudiría un par de veces más a Scioli por esos días. De hecho no había estado presente en la sesión del 28 de mayo de 2003, en la que el vicepresidente debutó en su puesto al frente de la Cámara alta, y que tanto de simbólico tenía para el nuevo gobierno. Muchos lo tomaron como una señal. No fue la única: en los días en que el Presidente decidió castigarlo, Cristina le enrostró en plena sesión desconocimiento del trámite parlamentario.

Peor fue la vez que Cristina decidió aleccionar públicamente a Scioli cuando se establecían los pasos a seguir respecto al juicio político a Eduardo Moliné O’Connor. Con poco espacio para la tolerancia, la entonces senadora explicó en forma vehemente cada uno de los pasos que debían seguirse, luego de que Scioli -que llevaba en la función menos de tres meses, contra años de la primera dama- propusiera la constitución de la Cámara en tribunal para tomar juramento a los presentes y fijar así el procedimiento.

Con un estilo que alguna vez deberá patentar, el hoy gobernador se sobrepuso a esos trances.

El ejemplo de Chacho Alvarez quedará en la historia por su emblemática renuncia a la vicepresidencia, que sin dudas terminó agujereando el fondo del barco aliancista. El componente frepasista de la fórmula presidencial de la Alianza era, mientras estuvo, una pieza clave en esa administración. Sin dudas fue el vicepresidente más determinante de las últimas décadas. De tal manera, su renuncia fue también determinante para el destino de ese gobierno.
Alvarez se fue por el escándalo de las supuestas coimas del Senado y Fernando de la Rúa le dio el empujón definitivo cuando lo desautorizó al reconfirmar en su gobierno a Alberto Flamarique y Fernando de Santibáñez, supuestas piezas clave en la trama de los sobornos.

La renuncia de Chacho Alvarez no significó solamente una suba del riesgo país, la salida de capitales y una irremediable pérdida de confianza; tuvo consecuencias prácticas para el gobierno aliancista, porque a partir de entonces debió despedirse del Parlamento como herramienta para gobernar. Un tema clave para una administración que debía manejarse en un contexto crítico, por cuanto la situación de la Argentina a partir de la crisis de financiamiento que comenzó a darse por el aumento considerable de su endeudamiento externo y del elevado déficit fiscal, exigía del país niveles de consenso distintos a los que en el pasado la democracia había sido capaz de brindar.

“¿Qué es lo peor que puede hacer un vicepresidente? -se preguntaba Chacho Alvarez ante Parlamentario meses antes de convertirse él mismo en Presidente, hace nueve años-. Confrontar para sacar chapa propia. No se trata de amenazar con la vicepresidencia para construir un espacio propio de poder, sino al contrario, utilizar ese lugar, que hasta ahora ha sido bastante irrelevante, para contribuir a que este país tenga el gobierno que se merece”. La historia juzgará a Chacho.

El rol del vice

Todos los vicepresidentes han tenido sus cortocircuitos con sus compañeros de fórmula. Si le preguntan al hoy senador Carlos Menem, se acordará de cuando su segundo vice, Carlos Ruckauf, comenzó a jugar en contra de su re-reelección, aliado con Eduardo Duhalde, de la mano de quien llegó luego a la gobernación bonaerense. Los más exacerbados ultramenemistas llegaron a considerarlo “un traidor” por haberse aliado a Duhalde, adversario interno de Carlos Menem. El primer síntoma del castigo fue apartarlo de las reuniones de gabinete, pena que se diluyó en medio de la polémica pública generada y que el propio involucrado terminó definiendo como “apenas una fecha de suspensión”.

Con Duhalde, Menem se llevó bien mientras estuvieron juntos, acordando que el vice renunciara para ser candidato a suceder a Antonio Cafiero en la provincia de Buenos Aries, previa promesa de concederle un Fondo del Conurbano.

La pelea mortal vendría más tarde, cuando Duhalde le cerró a su antiguo compañero de fórmula el camino a la re-reelección, primero, y luego, con Néstor Kirchner, lo torpedeó definitivamente en 2003.

“Hubo vicepresidentes que luego pasaron a la historia por su desempeño al tener que reemplazar al presidente. Carlos Pellegrini, por ejemplo”, remarcó ante Parlamentario el historiador Félix Luna, aludiendo el papel de quien en 1890 ocupó la primera magistratura ante la renuncia de Miguel Juárez Celman.

“Puede haber habido algún vicepresidente que no haya hecho más que tocar la campanilla, pero hubo otros con un perfil alto que han contribuido a la institucionalización y al progreso del país -sostiene Eduardo Menem, quien ocupó virtualmente el cargo tras la ida de Duhalde y durante el gobierno de su hermano-. Es una labor muy importante; preside la Cámara federal por excelencia, reemplaza al presidente, y cuando no está es un hombre que debe tener la confianza del Presidente”.

Desde su propia experiencia, Carlos Ruckauf señala que “el poder de un vicepresidente es como la relación entre la luna y el sol: refleja, nada más”, aclarando de todas formas que “no corresponde que el vicepresidente ejerza un poder; lo que tiene que hacer es conducir el área del Senado y en ese campo uno puede tomar decisiones de acuerdo con sus principios, pero no corresponde que el vicepresidente tenga poder. El poder, en la Argentina, está constitucionalmente en manos del Presidente de la República”.

¿Existe la fidelidad?

“Siempre se pone en la posición del vice una especie de hálito de que está desesperado por ser presidente. Pero no es tan así. Primero, porque hay una gran cantidad de trabajo como vice; en segundo lugar, por ciertos criterios de lealtades, primero a las personas y después a las instituciones. El vicepresidente tiene que serle fiel al presidente”, señaló en su momento a Parlamentario el radical Víctor Martínez, quien durante buena parte de su gestión fue consciente de ciertas versiones que hablaban de un eventual “golpe institucional” para derrocar a Alfonsín y ubicar a un “manejable” Martínez en su lugar.

Ante esta revista, el otrora vicepresidente se empeñó en aclarar esa vieja versión, señalando que “nunca podría haber aceptado una presidencia fáctica. Sólo me hubiera hecho cargo por fallecimiento o renuncia voluntaria, no forzada. Sino, no hay legitimidad. Siempre pensé que nosotros asumimos juntos y nos teníamos que ir juntos”. Y así fue.

Pero a la hora de la verdad, la fidelidad puede quedar como un mero enunciado. Félix Luna admite que “no siempre se dio en la historia argentina”, y recuerda sólo el caso de Vicente Solano Lima como la vez en que presidente y vice dieron juntos un paso al costado. En ese caso fue con Héctor J. Cámpora, apenas tres meses después de asumir su mandato, para permitir el retorno al poder de Juan Domingo Perón, previo paso previsional de Raúl Lastiri.

Si nos remitimos a los ejemplos de este siglo, podremos ver que no siempre la relación entre presidentes y vices fue todo lo armónica que debería. Hubo casos como el de Roque Sáenz Peña, cuyo vice, Victorino de la Plaza, siguió estrictamente la línea política del titular del Ejecutivo, cuando debió hacerse cargo del mismo. Pero también existieron uniones entre sectores antagónicos. Como la que debió afrontar Marcelo T. de Alvear en 1922, cuando recibió el poder de manos de Hipólito Yrigoyen. El compañero de fórmula de Alvear fue Elpidio González, un fiel amigo de Yrigoyen, y las diferencias entre ambos acompañaron a las controversias partidarias.

Apenas un año después de haber asumido ese gobierno, la división en el radicalismo se iba haciendo cada vez más ostensible, surgiendo el antipersonalismo -radicales contrarios a Yrigoyen que se manifestaban favorables a Alvear-, y se traducían en fuertes roces entre el presidente y su segundo.

Del poder a la ceguera

Otro ejemplo de convivencia tormentosa fue la que sobrevino de las elecciones de 1937, que ganó un ex radical como Roberto Ortiz y un conservador como Ramón Castillo. Eran tiempos del fraude electoral y todas las esperanzas se centraban en las promesas de Ortiz de que no toleraría tal cosa. Y dio muestras en ese sentido al intervenir la provincia de Catamarca por ese motivo; una medida que lo enfrentó con su vice, quien era catamarqueño. Poco después, al realizarse comicios para gobernador en Buenos Aires, hubo casos de falsificación de votos y hasta voto cantado; posteriormente llamó a elecciones legislativas relativamente libres que ganaron los radicales.

Así las cosas, Ortiz adoptó la medida más trascendente de su gestión al intervenir Buenos Aires, lo que desató el júbilo de la oposición. Pero cuatro meses más tarde debía delegar el cargo en el vicepresidente, debido a su cada vez más ostensible ceguera. Y con Castillo en el poder -año 1940-, las intenciones democráticas de Ortiz se fueron desvaneciendo.

Castillo rearmó el gabinete con personajes que le eran adictos, mientras el Senado designaba una comisión investigadora para establecer si el presidente podía volver o no a desempeñar su cargo. Pero esa intención fracasó por la negativa de los médicos a violar el secreto profesional. Mientras tanto, Castillo avalaba elecciones totalmente fraudulentas y disolvía el Concejo Deliberante porteño. En la provincia de Buenos Aires ganaba con métodos violentos el conservador Rodolfo Moreno, y un mes más tarde se imponía el estado de sitio en todo el país. En un último intento por devolverle la visión al presidente enfermo, un prestigioso oftalmólogo español fue traído al país para atenderlo, pero llegó a la conclusión de que no había remedio para éste. Semanas después (1942), Ortiz renunciaba al cargo, aunque esa era sólo una formalidad. A mediados de julio moriría.

El vicepresidente de Arturo Frondizi fue Alejandro Gómez. Entre Frondizi y su vice sobrevino una grave crisis pocos meses después de haber asumido, al aparecer Gómez implicado en una conjura contra el Presidente. Después de algunos días de confusión, debió renunciar y fue reemplazado en la presidencia del Senado por José María Guido, quien en 1962, al ser detenido Frondizi, asumía la presidencia de la República.
El radical Víctor Martínez sugirió durante muchos años instituir una figura nueva que tuviera en cuenta a los vice: la de senadores vitalicios, que debería alcanzar tanto a los presidentes democráticos como a sus vices. “Sería una forma de no desechar la experiencia adquirida. Ad honorem, porque ya los presidentes y vices tienen un retiro, por lo que sus designaciones no gravitarían financieramente”, sostenía.

Pero en los tiempos que corren, los vicepresidentes piensan en otra cosa más que en un retiro dorado. El cargo pareciera estar predestinado a servir de posterior trampolín electoral. De hecho, tres de los cuatro últimos vices han saltado desde allí a la gobernación del primer estado argentino, nada menos: Duhalde, Ruckauf y Scioli, todos con posteriores expectativas presidenciales. Al primero, se le dio, aunque no como lo había diagramado; el segundo fue arrastrado por la crisis a pesar de que su imagen era la más alta de entonces; del tercero y actual gobernador, todavía está por verse qué pasa.

El único que defeccionó fue Carlos Alvarez, automarginado por cierto, a quien habría que agregarle al radical Víctor Martínez para tener en cuenta a todos los vicepresidentes de esta etapa democrática. ¿Con qué expectativas electorales posteriores habrá asumido Cobos?