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Viernes 20 de septiembre de 2019
OPINIÓN
Educación, de problema a solución
Por Alberto Asseff
16 de septiembre de 2013
La Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico evaluó en lectura e interpretación de textos a estudiantes de 15 años de edad de 57 países. Los nuestros quedaron en el puesto 53. Atrás de los argentinos se ubicaron Azerbaiján, Kirguizistán y Qatar, todos ricos en recursos energéticos, dato que subraya una vez más que no todo es el dinero. Todo se subordina a la organización, inclusive cuando existe dinero.

En ciencias y matemáticas nuestro desempeño también es deficiente.

Los parámetros nos relegan a una situación peor que hace 13 años, en 2000.

Un informe de UNICEF consigna que en la Argentina sufrimos “relativamente mayor exclusión y riesgo educativo”. Una alta proporción de niños de 5 años no accede a la educación; 1 millón de chicos de entre 15 y 19 años están fuera del sistema educativo; 10,3% de adolescentes no empezó la secundaria y 1 millón de chicos tiene sobre edad en el sistema educativo. Cada año, 68.374 niños de 6 a 11 años dejan la escuela. Cifras apabullantes, que abochornan. Lejísimo de aquella esplendorosa situación de principios del s.XX cuando éramos el país más alfabetizado del hemisferio sur, con cifras que inclusive superaban a varios pueblos del Viejo Continente.

A pesar del 6% del PBI destinado a Educación, el resultado es regresivo. La UNESCO da otro dato alarmante: sólo el 43% de los adolescentes culmina la secundaria, en contraste con Chile y Perú que lo hace el 70%, Colombia el 64% y nuestra querida Bolivia con el 57%.

Necesitamos un giro copernicano. La igualación para abajo, fogonera de la mediocridad, de la Argentina gris, debe mutar por la empecinada, ansiosa, contumaz búsqueda de la calidad y hasta de la excelencia educativa. Nivelar hacia arriba.

Algunas pautas, a simple título enunciativo: esfuerzo de todos los actores, estímulos para que compitan, sana, virtuosamente, las unidades escolares, combinar estudio, deportes y actividades extraescolares, abrir la escuela el fin de semana para que sea el lugar de encuentro de la familia y vecinos. Rediseñar la escuela para que sea atractiva.

Llegó la hora de establecer los siempre invocados, pero nunca practicados ‘premios y castigos’. No puede aceptarse que cobre lo mismo el docente o el personal auxiliar que se esmeran, que estudian nuevas técnicas y que exhiben relativamente mejores resultados que aquellos cuya actitud acidiosa suscita más deserción o menos aptitud y aprendizaje. No es igual una escuela que excluye a la que incluye. No da lo mismo un establecimiento que articula la familia, los docentes, los auxiliares y los alumnos que otra que no logra reunir en un año ni a diez padres juntos.

Otro aspecto son los días efectivos de clase. Nuestros vecinos Brasil y Chile superan los 190, sin omitir los 210 de Japón. Nosotros tenemos, sólo en teoría, 180.

Existe un plano que, sobre todo el nivel secundario, es harto deficitario. Aludo a despertar y estimular vocaciones. Es sumamente relevante potenciar desde la edad más temprana las tendencias que van perfilando los niños y adolescentes. La escuela y familia tienen que sustentar esa predilección que manifiesta el jovencito. Ello contribuirá a que haya muchísimo menos abandono en la universidad y a que los profesionales futuros sean exitosos – individual y respecto de la sociedad -ya que despliegan una actividad para la que sienten llamados y en la se hallan “como pez en el agua”.

Es menester detenerse un renglón en esto de la profesionalidad y la alegría de trabajar. Una persona que hace lo que desde niño pensó que era su destino, practicará su labor con profesionalismo y con alegría, dos elementos que hoy cada vez son más escasos.

Esto se liga con otro tema de enorme interés social: orientar la vocación desde la escuela primaria posibilitará ayudar a todo el país para disponer de los profesionales que se necesitan y dónde se requieren, en vez de esta penosa situación de sobreabundancia de ciertos graduados universitarios, sea por la profesión o por el sitio donde se domicilian. Simultáneamente, la Argentina carece de personas altamente formadas para, por caso, conquistar su mar, para aprovecharlo. Un país que se piensa y piensa estratégicamente, induce a estudiar oceanografía si posee una ‘pampa marítima’ colosal como la nuestra. Así debería ser en todos los campos donde somos bien dotados.

Se crean cada día más universidades, pero nuestro porcentaje de graduados decae. En 2009 en Brasil egresaron 827.000 profesionales; en la Argentina, 98.000, y en Chile, 67.000. Por cada argentino graduado, hay 8,4 en Brasil, y por cada profesional chileno hay apenas 1,5 en la Argentina. Brasil tiene cinco veces más población que nosotros, pero ocho veces más egresados. No es que establezcamos una rivalidad, sino una comparación, alentando a que nos superemos.

En Chile, en dicho año 2009, cada 100 abogados, tuvieron 207 ingenieros. Esta relación, en el caso argentino, causa pesar: cada 100 abogados, 49 ingenieros. Y esto no es sólo una deficiencia de la universidad pública. En las privadas, en 2009 obtuvieron su diploma 16 mil jóvenes. De ellos, sólo 3 en física, 23 en matemáticas y 47 en química.

¡Claro! No tenemos Plan Nacional de Desarrollo. Consecuentemente, ¿quién está inducido a estudiar ingeniería o ciencias duras en ese vacío de orientación estratégica?

Otra cuestión es la de la identidad cultural empezando por el castellano. Cada vez lo hablamos peor, casi tarzanescamente. El riquísimo idioma nuestro se ve reducido en el lenguaje coloquial a veinte verbos y cien palabras. Si ponemos en contexto el valor de la lengua -en ella está instalada la cultura que nos identifica-, comprobamos el motivo por el cual decaen valores y la propia cultura.

No hablo de culturosidad -es decir, la erudición-, sino de pautas, conductas, conocimientos, experiencias, historia y hasta leyendas que nos arquitecturan por dentro, en nuestro ser. Son los factores que nos ponen de pie espiritualmente, los que nos hacen y forman como personas, más allá de la foto y el número del DNI.

Recurrentemente abogamos por políticas de Estado y por tener un Proyecto nacional que nos permita vislumbrar el camino hacia el futuro común. Pues bien, debe decirse sin ambages ni rodeos: sin educación o con una educación declinante, el Proyecto Nacional se torna cada vez más inasequible.

En las escuelas ha irrumpido la violencia. Si estábamos degradando la educación, ahora ya la estamos acercando al horno…

Por otro lado, la escuela no puede ni debe desentenderse de la política del país, pero debe aprehenderse una frontera que no por sutil deja de ser decisiva: una cosa es la política como el gobierno de la cosa pública y otra la politización partidista como lucha por el poder. La escuela y la universidad no pueden devenir en ámbitos para esa puja. Sí, deben formar para estar preparados para todo lo político, inescindible de la vida.

Hace treinta y cinco años hicimos una ponencia para vincular universidad – ahora agrego escuela – con la sociedad y especialmente con la actividad económico-productiva y los servicios. Sigue estando pendiente este asunto. La interrelación debe intensificarse. La excelencia se subordina en gran medida a esta coactuación.

En síntesis, la educación es ya un problema que problematiza todas las áreas y planos de nuestra vida en común. Es ineludible atender a este problema, la madre de todos los restantes. Hay veinte primeras políticas, pero la educación es, a no dudarlo, la primera entre las primeras (1).

(1) Se han tomado algunos datos del estudio de Javier Ordóñez

Diputado nacional por UNIR- COMPROMISO FEDERAL