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Lunes 21 de octubre de 2019
OPINIÓN
Vicegobernantes
Por Aníbal Hardy
9 de octubre de 2013
Salvando diferencias entre lo divino y lo terrenal, existe una hermosa poesía cristiana dedicada a San José, cuyas letras deberían hacer suyas los ciudadanos que hoy ocupan la honrosa función de vicegobernantes, tanto en lo nacional como provincial. Esta inspiración poética dedicada al padre adoptivo de Jesús de Nazaret expresa: “Enséñame José, a no ser protagonista, a avanzar sin pisotear, a colaborar sin imponerme,... Dime José como se vive siendo número 2, como se hacen maravillas desde un segundo puesto. Explícame José, como puedo ser grande sin exhibirme. Como luchar sin aplausos. Como avanzar sin publicidad. Como perseverar y morir sin recibir homenaje.”

Joaquín V. González señaló: “No puede existir un papel más elevado, ni más digno, ni más honroso para un ciudadano argentino, que presidir el Senado de la Nación Argentina , representar su dignidad y su decoro, dirigir y facilitar sus discusiones, contribuir a la más fecunda acción del poder legislador.(…). El vicepresidente tiene la delicada misión de decidir con su voto, en el caso de que resultare empatada la votación de los senadores, pero lo que le está vedado es opinar o argumentar desde su sitial de presidente del Senado, sobre los asuntos que se están debatiendo en el recinto y mientras ejerce esa presidencia. Nada impide que fije su posición sobre esos asuntos en otro lugar y por cualquier medio, ya sea antes o después del debate. El presidente del cuerpo no es un mero espectador de la sesión, limitado a conceder la palabra a los legisladores y a hacer sonar la campanilla para llamar al orden, sino que debe ser un verdadero director y conductor del debate, para lograr que el resultado de las deliberaciones sea el fiel reflejo de la voluntad ciudadana expresada a través de sus representantes.

La vicepresidencia además es un trampolín político, un lugar desde dónde el político logra ser conocido por el público votante, desde dónde puede capitalizar contactos, poder, favores. No es un lugar inocuo y ellos lo saben, pero algunos ciudadanos no lo tienen en cuenta al momento de votar.

La historia cuenta que tras el pacto de Frondizi con Perón, el 1º de mayo de 1958, ya en el ejercicio del poder, el presidente Arturo Frondizi, se planteó el problema de que tendría que ocupar gran parte de su tiempo, como presidente, atendiendo la formalidad del gobierno y sin poder dedicarse a trabajar en los temas fundamentales, invitó a su vicepresidente Alejandro Gómez, a que trabajara en la Casa de Gobierno, para que lo secundara en sus tareas, en vez de confinarlo en el Senado, como era la práctica.

Según relato personal de Rogelio Frigerio, Frondizi apenas llegó a la Casa Rosada, comenzó a tomar disposiciones para ubicar a Gómez. Pero, ya el 2 de mayo de 1958, el entonces jefe de servicios de la Casa Militar le informó al presidente que Gómez planteaba que no estaba dispuesto a admitir un automóvil que no fuera igual al de Frondizi (un Cadillac negro), ni ninguna comodidad que no fuera equivalente a la del presidente. Frondizi, contestó irritado que se lo proveyeran, pero al mismo tiempo, resolvió que el vicepresidente se limitaría a ocupar su lugar en el Senado. Ante los permanentes rumores golpistas de entonces, Gómez tomaba muy en cuenta las posibilidades de la Ley de Acefalía.

La situación llegó a un punto en que Don Arturo, lo llamó y le dijo: – “Mire Gómez, posiblemente sea necesario recurrir a Ud. en algún momento. Pero ese momento lo voy a fijar yo y nadie más que yo. Si el país lo necesita, yo le voy a avisar, y Ud. asumirá la responsabilidad del gobierno”. Tiempo después el vicepresidente fue acusado de conspirar y encubrir un Golpe de Estado. Fue expulsado del partido y a renunciar al cargo.

Esta experiencia vivida por Frondizi y por otros presidentes argentinos, es necesaria recordarla, mas en este momento, donde prosperan denuncias judiciales y pedidos de Juicio político por tráfico de influencias e enriquecimiento ilícito contra el actual alto y segundo funcionario de la República, el vicepresidente Amado Boudou, funcionario con la peor imagen, cuya función principal, es hoy nada mas ni nada menos, que reemplazar a la presidente, cuando en la política la credibilidad es un valor imprescindible y valioso, y una Nación sin credibilidad es un país al borde del abismo y de la anarquía.

Aníbal Hardy
hardyani@arnet.com.ar
Diputado de la Nación- 1991/95- Formosa- Presidente Bloque MID