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Miércoles 17 de julio de 2019
OPINIÓN
¿Podremos dejar de improvisar?
Por Alberto Asseff. El presidente del bloque Compromiso Federal considera que los argentinos somos amigos de la coyuntura y estamos peleados con la previsión a mediano y largo plazo.
27 de octubre de 2013
La Argentina es una inenarrable paradoja. Dotada como pocas naciones, vive en la zozobra, inveteradamente angustiada, con apenas algunos intervalos de precarias confianza y pujanza ¿Por qué es así?

Son innúmeros los factores. No es posible en limitados renglones sintetizar una cuestión tan frondosa, llena de aristas. Sin embargo, sí podemos detenernos en una nota, la improvisación.

Improvisamos porque somos amigos de la coyuntura y estamos peleados -parece que irreconciliablemente- con la previsión a mediano-largo plazo. Todo es respuesta frágil al problema que se presenta hoy. Es inmediatez en estado rústico. Como no tenemos planes, adoptamos una decisión circunstancial para salir del paso. Es exactamente, por caso, lo que se ha hecho recurrentemente con el ferrocarril Sarmiento, el tren suburbano de Buenos Aires que, quizás, más utilizan los sectores menos acomodados.

Como es un ejemplo de nuestro modo de mal gestionar, vale puntualizar el asunto. Todos sabemos que un tren que atraviesa áreas densamente pobladas, desde el barrio de Caballito hasta Moreno –distrito éste que era “la capital gaucha del Gran Buenos Aires” por su combinación de urbano-rural y ha devenido en uno de los de mayor crecimiento demográfico de estas dos últimas décadas– debe ser soterrado si es que se aspira en serio a aumentar las frecuencias del servicio y su velocidad. Esa obra conlleva la modernización tecnológica que incluye el frenado automático, ese sistema que los trenes europeos y del mundo entero poseen desde hace treinta años.

La obra de soterramiento fue anunciada en este decenio cinco veces. Siempre con bombos y platillos y nunca pasó del cartel que colocaron en alguno de los puentes del tramo inicial. Como sucedáneo de la inacción, se hicieron trabajos de maquillaje como poner una pantalla en el andén de la estación del Once.

Subsidios multimillonarios, del orden de los 100 mil millones de pesos – con el valor adquisitivo del doble del actual -, pero sin el más mínimo control ni la más superficial auditoría. Nunca se logró incursionar en los periódicos exámenes psicofísicos de los maquinistas - ¿por qué decir ‘motorman’? ¿Acaso tenemos una lengua tan pobre?

¿Qué impide esa previsión? Un ‘código’ inadmisible impuesto por los sindicatos que amparan la desidia, la falta de profesionalismo, la ineptitud. Falso compañerismo, que le dicen. Hasta se ha llegado al extremo de paros del servicio en protesta por la colocación de cámaras en las cabinas de conducción del tren.

Frente a tantos y trágicos hechos, ¿qué se hace? Estatizar el ferrocarril como si ello fuera sinónimo de virtuosa gestión, de transparencia y de eficiencia ¿Esa estatización responde a algún plan? ¡Para nada! El propio ministro de Transporte informó que adoptó la resolución en soledad, sin consultar a nadie y de un día para el otro.

Un país tan grande como el nuestro, con millones de personas integrándolo - ¿integrándolo o simplemente amontonándose…? -, no puede ser gobernado con tamaña improvisación y de modo tan elemental. Hasta en las tribus indias el gran cacique adoptaba una orden previa consulta con los ancianos y el augur.

Tenemos otro ejemplo deplorable. Se trata de los puertos. Todos los países de nuestra Región están abocados a planificar la ampliación de su infraestructura portuaria para recibir portacontenedores cada vez más grandes y para reducir el tiempo de espera. Todos prevén desplegar su comercio exterior –porque acrecentarán su producción– y por ello adecuan sus puertos. El riesgo de no hacerlo es quedar al margen de las grandes rutas marítimas comerciales.

¿Qué planificamos nosotros? Sin coordinación alguna entre la provincia de Buenos Aires, la Ciudad homónima y la Nación, se intentan parches. La provincia desarrolla un puerto en La Plata, la Nación sigue con la idea de una magna instalación en San Clemente del Tuyú y la Ciudad continúa reclamando vanamente tener arte y parte.

¿En qué quedó aquella idea de construir y administrar juntos con Uruguay un gran puerto de aguas profundas en La Coronilla, pensado para toda la Cuenca del Plata, la Argentina continental y Bolivia?

Naturalmente que ese proyecto estratégico se complementa con la hidrovía del Paraná y del Paraguay. Uno va a Barranqueras – allí en los suburbios de Resistencia – y la ve tan sosegada contemplando como corren las aguas, inactiva, y comprueba la mortificante distancia entre el relato anunciado y la realidad tangible y visible.

Como dejamos truncas estas ideas- con improvisación mezclada con indolencia -, Brasil, por ejemplo, está desplazando sus exportaciones desde Mato Grosso hacia los puertos propios norteños, a través de la Amazonia. La Cuenca del Plata pierde así a una de sus áreas de mayor desarrollo prospectivo como lo es el mencionado Mato Grosso.

¿En qué oficinas del elefantiásico Estado Nacional – incluyo de los mastodónicos Estados Provinciales y municipales (el más pequeñito de los municipios bonaerenses tiene un plantel de empleados que no baja de 300)- existen funcionarios que están planificando el mediano y largo plazo? ¿Cuántos gobernantes, sean políticos transitoriamente ocupando cargos o funcionarios de la grilla estatal, piensan el futuro?

Improvisamos cuando deliberadamente desarticulamos a los ferrocarriles –el proceso comenzó en los años sesenta– para medio siglo después ni siquiera disponer de las autopistas troncales básicas ¿Cómo admitir que no tengamos la autovía hasta Clorinda-Asunción? ¿Y la que nos debe llevar hasta el Pacífico? ¿Y la que nos conecte con Santa Cruz de la Sierra? ¿Alguien las piensa, por lo menos? Si estuviera en la mente de nuestros dirigentes tendría que haber sido expresada en oportunidad de la campaña electoral. No obstante, no hubo ni un renglón escrito al respecto. Ni una frase expresada.

Por lo menos ahora se publicita que necesitamos 10 mil ingenieros anuales. Algo es algo y suscita una lucecita de esperanza de que la Argentina inhume a la improvisación y apueste decididamente a la planificación a mediano y largo plazo. Son insufribles, penosos y sumamente gravosos los zigzagueos y la ausencia de planes.

En materia de seguridad se habla mucho de cámaras para monitorear las calles, pero ni se menciona que necesitamos que la policía tenga departamentos de Asuntos Internos que custodien la honestidad y profesionalidad de la institución ¿De qué sirven las cámaras si dentro de la policía se propaga la infección delictiva?

Si la Justicia sigue aferrada al infinito papeleo –oficio va, oficio viene, copia que se agrega y sello que se pone, pero la injusticia sigue ahí, impertérrita e impune -, ¿qué seguridad prevemos gozar en el futuro? Hace ya largo tiempo que comisiones de juristas, auxiliados por otras disciplinas, deberían haber expedido dictámenes y proyectos de modernización de los Códigos de fondo y de forma– es decir de procedimientos. Es cierto, allí está esperando el proyecto de nuevo Código Civil, pero algunas disposiciones envenenan su texto, como el alquiler de vientres que transforma a la procreación en objeto de un negocio y a la mujer-madre en una mercancía más. Vale decir que más que actualizar los preceptos se interna en los meandros de la ideología presuntamente vanguardista.

Si las cárceles no son definitivamente ámbitos para resocializar a sus internos, estoy convencido que la meta de la seguridad será como el horizonte: nunca se alcanza a llegar a él ¿Ingenuidad? En modo alguno. Las cárceles deben ser para trabajar, estudiar, hacer deporte, humanizarse. Si buscamos ese objetivo lo lograremos. Contrastantemente, si persistimos en que sea la alta casa del delito -su universidad-, la inseguridad proseguirá con su perverso señorío, trastrocándolo todo, al punto que los criminales se adueñan de la calle y nosotros debemos resguardarnos enrejados.

La improvisación educativa es el colmo. No hay planes para mejorar la calidad de nuestra educación. En este contexto no es que hipotecamos el futuro. Estamos enajenando el mismísimo presente.

Cualquier programa de gobierno que aspire a una Argentina recuperada debe comenzar con una expresión de propósitos, tan sincera como enfática, de simplemente cuatro palabras: terminar con la improvisación.