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Jueves 13 de diciembre de 2018
OPINIÓN
Yrigoyen, Perón y Frondizi: YPF, un “engaña pichanga”
Por Lorenzo Pepe. El exdiputado nacional formula críticas hacia Arturo Frondizi, frente al reconocimiento que le han profesado los últimos tiempos.
9 de enero de 2015
Esta sigla, utilizada en la campaña electoral de Arturo Frondizi durante las elecciones del año 1958, ha sido aprovechada por algunos de los actuales candidatos a presidente para designar a diversos agrupamientos con la finalidad de estudiar temas como la economía mundial y/o la economía doméstica, con la intención de “mejorar” nuestra “política interna”.

Muchos de ellos han hecho referencia al “desarrollismo” que pretendía llevar a cabo el expresidente Arturo Frondizi. He escuchado asombrado que personas de la política o empresarios devenidos diputados cantan “gloria” al desarrollismo.

Debo confesar mi asombro, porque quienes esto plantean son cercanos a mi generación y saben, o deberían saber, que Arturo Frondizi llegó al gobierno en 1958 con la mayor cantidad de votos emitidos a su favor, votos que eran de origen peronista, según el pacto entre Perón y Frondizi, en el que además se planteaban varios puntos por cumplir. Vale aclarar que Frondizi rompió con el Partido Radical histórico, durante la Convención llevada a cabo en Avellaneda a comienzos de 1958, y desde entonces comenzó a buscar un acuerdo con Juan Perón.

En el pacto firmado entre Juan Perón y John William Cooke, por el Partido Justicialista, y Arturo Frondizi y Rogelio Frigerio (el gran mentor), por la Unión Cívica Radical Intransigente, se establecía que, a cambio del apoyo peronista a la candidatura de Frondizi, éste se comprometía “a restablecer las conquistas logradas por el pueblo en los órdenes social, económico y político” (según el texto que se encuentra para la consulta en el Instituto Nacional Juan Domingo Perón). Nada de esto se cumplió, salvo el invalorable apoyo de Perón y de los peronistas a la fórmula Frondizi-Gómez que efectivamente ganó las elecciones a mediados del 1958.

Las grandes organizaciones obreras no se normalizaron nunca bajo la presidencia de Frondizi -incluida mi muy querida y cercana a los 100 años de existencia Unión Ferroviaria-. El Partido Justicialista, como herramienta electoral del Movimiento Peronista, siguió proscripto, no obstante haber firmado en el acuerdo con Perón, lo siguiente:

“Levantamiento de las inhabilitaciones gremiales y devolución de los sindicatos y de la Confederación General del Trabajo. Todo se cumplirá en un plazo máximo de ciento veinte (120) días. Las elecciones en los sindicatos serán presididas por interventores nombrados de común acuerdo”, y

“Reconocimiento de la personería del Partido Peronista, devolución de sus bienes y levantamiento de las inhabilitaciones políticas. Tanto la personería como los bienes serán acordados a las autoridades que designe el General Juan Domingo Perón”.

Lo que es aún peor, se aplicó el famoso y doloroso Plan CONINTES, colocando a amplios sectores del Movimiento Obrero bajo la férula militar, juzgando a simples trabajadores que protestaban por la privatización de sectores clave de la economía nacional, como los trabajadores de la carne, del frigorífico estatal Lisandro de la Torre, los empleados de la Asociación Bancaria y, finalmente, los ferroviarios, en cuya actividad me encontraba yo.

Frondizi no es para los trabajadores argentinos ejemplo de nada, y lo digo sin querer herir susceptibilidades sobre terceros. Los sindicatos nombrados fueron intervenidos por jefes de las Fuerzas Armadas y miles de trabajadores de la Argentina fueron apresados y juzgados en tribunales militares. Muchos de ellos fueron detenidos, en particular, en Campo de Mayo y algunos, por un lapso prolongado, en cuarteles y bases militares de todo el país.

Por otro lado, se aplicó el Plan Larkin, ideado por el general del ejército de los Estados Unidos, Thomas Larkin, que fue contactado por el entonces ministro de Economía, Álvaro Alsogaray. El Plan Larkin estaba destinado a la reestructuración ferroviaria, que pretendía cerrar ramales y talleres ferroviarios, así como el despido de miles de empleados y la reducción a chatarra de las locomotoras a vapor, entre otras medidas. Fue duramente resistido por los trabajadores, por medio de una huelga de 42 días, que logró frenar el Plan, pero el daño ya estaba hecho, pues indemnizaron con un monto ridículo el futuro de miles de compañeros que dejaron sus puestos de trabajo.

En relación al levantamiento del extenso paro, Rogelio Frigerio, verdadero “poder detrás del trono”, ya había solucionado un conflicto previo llevado a cabo por los llamados “32 Gremios Democráticos”, habiéndole abonado rigurosamente los siete u ocho días de protestas. Frente a este antecedente, la Comisión encargada de negociar el levantamiento de un mes y medio que llevábamos de huelga los ferroviarios, le planteó a don Rogelio que tuviese la misma actitud que había tenido con aquel grupo rabiosamente antiperonista. Tuvimos la sensación de que “le tembló la pera”, pero finalmente accedió a pagarnos los 42 días de huelga a quienes habíamos intervenido en el conflicto.

Todo esto sucedía bajo un gobierno que se pretendía “desarrollista y democrático”, presidido por Arturo Frondizi.

El que esto escribe soportó su detención durante casi siete meses en la Escuela de Caballería de Campo de Mayo, y si algo faltaba, en el caso personal, nos aplicaron 21 días en un calabozo de aislamiento.

Por todo esto, no puedo entender que algún peronista utilice el nombre de Frondizi o de su “desarrollismo” para promover su programa político. Como diría Discepolín: “¿A mí me la vas a contar?”.