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Viernes 20 de enero de 2017
OPINIÓN
China, ¿adalid del libre comercio?
Por Alberto Asseff. El parlamentario del Mercosur anticipa la novedosa situación que, Trump mediante, pondrá al gigante asiático en una situación inédita y sorprendente.
10 de diciembre de 2016
En este mundo mutante estamos a las puertas de un hecho realmente inimaginable hace cuarenta años: China se está erigiendo en el adalid del libre comercio mundial, ese rol que supieron ostentar Gran Bretaña en los siglos XVIII y XIX y Estados Unidos en el XX. Es una de las consecuencias que se pueden anticipar del inminente gobierno de Donald Trump y su anunciado proteccionismo, el mismo que reaparece en casi todo Occidente. Y es efecto de una evolución que se ha ido produciendo en la economía mundial -y en casi todos los ámbitos, incluido el militar- con un Lejano Oriente cada vez más activo.

El sistema mixto de autoritarismo y creciente libre empresa le permitió a China, Corea del Sur, Vietnam y otros llamados “tigres asiáticos” emerger de la pobreza y del estado preindustrial para asumir sus actuales condiciones de países tecnológicos, con alto valor agregado para su trabajo, competitivos y sumamente productivos. Esto lo había logrado antes Japón, en el marco de la democracia más parecida a la occidental. Es innegable que su industrialización fue anterior a la de cualquier otro pueblo del Lejano Oriente y que también tuvo su período en el que combinó su desarrollo con un régimen político duro.

El Mao moderno, el segundo líder y el más trascendental, Deng Xiaoping, inició una formidable reforma económica en 1978. En 38 años – los mismos en los que la Argentina produjo el fenómeno inverso de la mayor decadencia planetaria – Deng transformó a la agraria y atrasada China en la segunda economía, en ascenso, del mundo, presta hasta para participar en la carrera espacial e internarse en el campo tecnológico virtual con su ‘Alibabá’ y su ‘WeChat’, competidores de Amazon y WhatsApp.

China pujó 15 años hasta que la OMC – el organismo de la ONU encargado de ordenar el comercio- la aceptó como miembro en 2001. Hoy es el país que más apuesta al libre comercio porque es conscientes de sus ventajas competitivas y de su alta productividad, ambas sustentadas en dos pilares: la milenaria cultura del trabajo, unida a la educación y la ostensible y durísima lucha contra la corrupción, incluido el narcotráfico.

El notorio decaimiento de la economía industrial norteamericana – con una grave consecuencia en el medio Oeste, sobresaliendo el emblemático caso de la declinación de Detroit, cada día más cerca de ser la primera ciudad fantasma del orbe-, amasaron una oleada de descontento en buena parte del pueblo norteamericano. Esa disconformidad no fue sonora al inicio, pero si profunda. Primero fue una voz tenue, apenas audible. Luego fue más atrevida para expresar el descontento antisistema. La parte tradicional del Medio Oeste incubó un creciente rechazo al ‘sistema imperante en Washington’ y por extensión al ‘otro país’, el de Nueva York, Boston, el del Este. Mientras, California seguía y continúa en lo suyo, dinámica, tecnológica, siempre ligada al Pacífico. De esta desunión emergió Trump con su propuesta de añejo manual: alentar las inversiones con el paraguas protector de las importaciones de China, revertir la tendencia a encontrar en los traslados de fábricas a México el abaratamiento de la mano de obra, erigir como chivo expiatorio de todos los males a la inmigración que en el mito popular ‘quita trabajo a los nativos’ y retirarse de los preacuerdos de libre comercio del Transpacífico y con la Unión Europea. Con esta rudimentaria receta ganó en los colegios electorales, aunque obtuvo 2.500.000 votos menos que su rival.

No obstante que hay que aguardar al 20 de enero próximo cuando asuma, el programa de Trump ya mismo le permite palpitar a China acariciar un inopinado primer lugar en el podio del libre comercio planetario, reemplazando a Estados Unidos, que sea dicho de paso no se ahorró nunca medidas proteccionistas en medio de sus proclamaciones liberales. El paradigmático caso de los limones tucumanos es una prueba de ello, tan flagrante como hasta agraviante para nuestros productores que con su labor obtuvieron un fruto de elevadísima calidad, pero que tenía una barrera impenetrable para ingresar en el mercado norteamericano.

También la política de Trump abre la perspectiva de que el Mercosur – y en rigor todo el mundo emergente latinoamericano – disponga de mayores posibilidades de acordar con Europa y, más adelante, con el Lejano Oriente. Para esto es menester converger con la Alianza del Pacífico que formaron Chile, Perú, Colombia y México, dejando como trasto inútil los prejuicios ideológicos y haciendo prevalecer el interés compartido de que nuestra América pueda ocupar el preponderante papel de bisagra entre el Viejo Continente y el Pacífico lejano.

Cabe, sí, advertir que si bien se allanan los obstáculos para nuestra América porque Estados Unidos deja relativamente liberados los caminos hacia Europa y hacia Asia, China tiene su ‘plan B’ consistente en replantear su milenaria ‘ruta de la seda’ ahora mediante un ferrocarril – en rigor, varios ramales, el principal para llegar a Berlín– que la conecten con Europa por tierra. Y de paso acercarla físicamente a África, su planificada fuente de recursos naturales para los próximos cincuenta años.

Lo cierto es que paradójicamente China pone hoy todas sus fichas al libre comercio, sin relegar al mercado interno de ascendente participación en su PBI. Esto último, como prenuncio de los cambios socio-políticos que inexorablemente se irán produciendo en el pueblo chino, con una notablemente relevante clase media irrumpiendo.

Hace tres siglos Londres y Washington desempeñaron sucesivamente el protagonismo principal en promover el libre comercio. Ahora Pekín está tomando la posta.

¿Cómo conseguir que nuestra economía prospere manteniendo los macroequilibrios y aumentando el intercambio sin destruir a sectores hoy no competitivos? Con metas y plazos para adecuarse y/o reconvertirse y con la integración de cadenas de valor en el Mercosur y, más allá, con toda América Latina, sin dejar de incursionar en la vecina África. Así podremos afrontar la acechanza que significa la colosal capacidad china para inundarnos con sus manufacturas y simultáneamente ser más que reticente para que nosotros desarrollemos las agroindustrias. Exportarles aceite en vez de soja, al igual que a Japón, baterías en lugar de litio. Poniendo dos ejemplos, Esas son nuestras metas.

Las novedades no dejan de ser tan incitantes como desafiantes. Estados Unidos – con su nueva política proteccionista -nos abre espacios antes casi vedados, tanto en Europa como en el Pacífico remoto, incluyendo a China. Se revaloriza – lamentablemente no por nuestras acciones, sino por imperio de las circunstancias geopolíticas – el Mercosur. Se torna ineludible convenir con los países de nuestra América ribereños del Pacífico. Debemos planificar cómo orientar la reconversión parcial de nuestro sector industrial para asignarle competitividad, incluyendo que ese trabajo debe añadir creciente valor, tecnología e innovación mediantes. Tenemos que buscar y encontrar el punto de equilibrio entre la defensa de nuestro trabajo, del mercado interno y el incremento del intercambio comercial con el mundo.

Tendremos que profundizar el análisis sobre el libre comercio, tratando de desmitificarlo, de desestigmatizarlo. No es un maná que desparramará dones por doquier sin más, pero tampoco es un endiablado enemigo. Es un instrumento para la prosperidad si es bien administrado y mejor practicado.

Volviendo al título, China se ha movido en el tablero mundial. Hoy parece encaminarse hacia la vanguardia del campeonato en el que la corona premia al que está al frente del libre comercio. Nosotros no podemos ir a contramano, aunque Trump protagonice la contracorriente. En todo caso estamos en un momento dilemático que nos obliga a pensar – bien y rápido – nuestros próximos e impostergables pasos. Del acierto dependerá el bienestar de nuestro pueblo y la reducción de la pobreza, cuestión esta que también se subordina a la educación, hoy una menesterosa compañera de ruta de la indigencia y de la miseria que nos castigan.

*Dip. Del Mercosur. Dip.nac m.c.

www.unirargentina.org