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Domingo 30 de abril de 2017
OPINIÓN
EE.UU. + Rusia vs. China
Por Alberto Asseff. El legislador del Parlasur analiza la política internacional definida a partir de la irrupción de Donald Trump y el espacio que le queda a nuestro país en ese contexto.
18 de diciembre de 2016
El voto antisistema político que le dio el triunfo a Donald Trump implicó un trascendental cambio geoestratégico. Seguramente el votante de los Estados Unidos profundo – toda la anchurosa franja del Medio Oeste, alejado del Atlántico y del Pacífico, de tradición bicentenaria aislacionista, aun fiel al mensaje de despedida de George Washington en el que propugnó a Norteamérica a que se ensimisme y confíe en sus propias energías - no lo sabía. Quizás lo intuía. Lo cierto es que el mundo se apronta a observar – y en gran medida sufrir – una confrontación comercial de Washington con Beijing. Empero, lo más llamativo es que se está configurando una novedosa alianza estratégica de los Estados Unidos con Rusia teniendo en la mira la contención de China, rival común.

Es evidente que al pueblo norteamericano que lo votó a Trump le importó más la displicencia con que el Washington político trató la creciente desindustrialización norteamericana, con la consiguiente pérdida de empleos y también con la baja de las remuneraciones, que la desigualdad económica caracterizada por la enorme concentración de la riqueza en un tres por ciento de la población. La ciudadanía de Estados Unidos aspira mucho más a una mutación de su política comercial internacional – y consecuentemente su política exterior – que a la búsqueda de la igualdad social. Sigue a pie juntillas con la idea de que la concentración del capital no es el problema, sino que la cuestión radica en que esas corporaciones se fueron trasladando hacia los sitios donde el costo laboral es más barato, desde México hasta el Asia, incluyendo China.

Trump no prometió devolverle productividad y competitividad a la industria norteamericana sino que apeló al expediente más sencillo, directo e inmediato, el proteccionismo, ese antiquísimo conocido por todos. El futuro presidente se apeó de las sabidas ponderaciones para el libre comercio, priorizando los intereses norteamericanos. Con el libro de bienaventuranzas respecto de la libertad comercial a EE UU le estaba yendo mal y paradojalmente al autoritarismo comunista chino, ese libreto le venía de perillas. Se trastrocaron los roles sin rubor ni remordimiento. Así son de crudos y duros los intereses, tan alejados de los corsés ideológicos.

En 1972, hace poco menos que medio siglo, el presidente Nixon – junto con el estratega Henry Kissinger – llegaron a China con el objetivo de contener a la Unión Soviética, el amenazante rival de ambos. Hoy Trump exterioriza su sintonía con Vladimir Putin con la mira puesta en contener a China, el contendiente que los dos afrontan y enfrentan.

Este es el cuadro de situación. EE UU se apresta a subir las tasas y disminuir el impuesto a las ganancias de las empresas para reatraer capitales. Paralelamente, montará un escudo protector contra las manufacturas chinas so pretexto de las normas antidumping. Por eso es crucial para Washington no reconocerle a China la condición de ‘economía de mercado’ que Beijing pretende para que se puedan invocar y aplicar las reglas de la OMC, favorables al libre comercio.

Para la Argentina surge con nitidez una primera opción: reforzar sus lazos de integración mediante los círculos concéntricos: Mercosur-Alianza del Pacífico-Unasur - Celac. Este último para abarcar al Caribe, a toda América Central y por supuesto a México. Así, bien revestidos y fortalecidos salir al África, tratar con la Unión Europea y con la Asociación de Cooperación Económica de los países del Pacífico (Asia y Oceanía), la APEC.

En política, como en física, se ocupan los lugares vacíos. Estados Unidos va a dejar espacios para que nosotros – si somos pensantes y persistentes, dotados de optimismo – los ocupemos ¿Solos? ¡Claro que no! Junto con Brasil y con todos los nuestros, incluido México. Sin omitir a tres protagonistas clave para el éxito de nuestra geopolítica: Chile, Perú y Colombia.

La propuesta de ser “buen discípulo” de Washington troca por la de ser “buen país”, es decir con normalidad – no anomia -, con valores – no el relativismo moral que nos devasta -, con instituciones – no con personalismos tan nocivos como efímeros-, con cultura del trabajo y del mérito – no con la dádiva que nos provee lo que somos incapaces o no nos permiten generar y con la medianía como fórmula para ir pasándola, en lugar de ir viviéndola plenamente-, con la vigencia del concepto de productividad – no con la burocracia-obstáculo, sino con el Estado facilitador- y con honestidad – no con la sistémica corrupción que nos demuele moralmente y saquea materialmente.

Si somos un buen país – obviamente requiere buena política – y pertenecemos a una Región que se mueve simétricamente en el mismo rumbo, el planeta entero va a posar sus ojos – y sus intereses – por estos lares, llenos de recursos humanos y materiales. Articular esos intereses ajenos con los nuestros es el arte de la buena política.

Lo decisivo es que se nos abre otra oportunidad. La globalización muta de rostro y nosotros debemos recalcular nuestra estrategia. No a cara o cruz. No se trata de encender la antiglobalización, sino de entenderla correlativamente a nuestros intereses y en relación con las movidas en el tablero que están haciendo EE UU, Rusia y China. Nosotros también podemos y debemos mover piezas en el escenario. El guión no está ineluctablemente escrito. Nosotros podemos aportar a esa escritura; algunos – pesimistas, que siempre los hay –dirán que apenas pocos renglones; otros diremos que varios capítulos. Es que somos irresistiblemente optimistas.

Como decía Ortega y Gasset, la política exterior es la primera política, aun para abordar los temas más domésticos.

*Diputado del Mercosur

www.unirargentina.org