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Lunes 22 de enero de 2018
OPINIÓN
Los enemigos de la Nación
Por Aníbal Hardy. Para el autor, la falta de una doctrina coherente impide el alineamiento correcto de dirigentes librados a intervenir en una lucha a la que conduce oblicuamente el enemigo nacional.
24 de enero de 2017
El proceso formativo de la Nación Argentina, no ha terminado ni con la independencia de España ni con la Unidad Nacional formal lograda después de Caseros. Nuestro país necesita integrase y esta integración presupone una doctrina nacional y popular; nacional, porque supedita a las necesidades de la Nación, que son las del conjunto, las de cada una de las clases que la integran, y popular, porque la inmensa mayoría de esas clases constituyen el pueblo.

La integración nacional concibe a la Nación como una categoría que abarca, integra y armoniza a todas las regiones, grupos sociales, actividades económicas y corrientes ideológicas y políticas, con un destino común: la independencia nacional

Para llevarlo a cabo se necesita una actitud consiente del pueblo, pero existe un solo obstáculo: la resistencia formidable de los privilegiados que viven de nuestra Nación y que lucran, como quistes extraños a ella, con su dependencia y su subdesarrollo. Estos intereses configuran una estructura secular, cuya capacidad de maniobra y simulación genera todas las confusiones y los engaños más burdos, que solo la fuerza de todo un pueblo puede quebrantarlo.

La historia ha demostrado que el Movimiento Nacional cayó derrotado cuando sus integrantes se dispersan y aíslan, cuando no alcanzan una genuina expresión orgánica y no aciertan a seguir un programa que sirva a los reales intereses de la nación y el pueblo. Las formulas populistas que representaron Irigoyen y Perón, poniendo acento en la pureza del sufragio, el primero, y en la justicia social el otro, no modificaron las condiciones básicas de la economía nacional. Perón recién en 1953, al final de su segundo mandato advirtió que había que acudir a la erección de los sectores básicos de la economía. Había dicho: “Lo que nosotros tenemos que presentar a la amenaza de afuera y a los traidores que adentro están al servicio de los de afuera, es un frente popular unido, un frente del pueblo”

El gobierno desarrollista Frondizi, en 1958/ 62, siguió el camino de Perón al optar por la privatización del petróleo y una política económica de industrialización. Cumplió una enérgica actitud destinada a integrar la economía, comenzando por sus sectores básicos, pero cuando el país logró grandes realizaciones y avanzó por los caminos de la liberación nacional fue abatido. El frente nacional se había disgregado nuevamente arrastrado por consignas derrotistas en las que coincidían derechas e izquierdas, populistas y liberales. Perón y Frondizi, serán recordados como los hombres que desde el poder y desde el llano, sirvieron al Movimiento Nacional y a la consolidación de la Nación.

Posteriormente, se alternaron gobiernos de facto y legales, se evidenció la crisis de la partidocracia y con ella la obsolescencia del sistema en que se sostiene. El país empezó a retroceder, y también cada uno de los argentinos individualmente, cada sector social en su conjunto, salvo los especuladores y aquellos vinculados a las empresas multinacionales.

Luego como alternativa para el populismo se buscó en el arsenal del liberalismo, que en definitiva se apoyó y se apoya en la misma premisa de mantener intocado el aparato productivo. Se distribuyen y redistribuyen ingresos soslayando el cambio de estructura, aumentan impuestos, restringen el crédito, congelan salarios, promueven el gasto público, ajustes, etc. El resultado es siempre el mismo: creciente desocupación y la quiebra de la empresa nacional.

Lo ocurrido es historia y es presente, el Movimiento Nacional sigue teniendo enemigos dentro y fuera del mismo gobierno, que estimulan las divisiones internas en forma constante, frustrando a todo proceso de tendencia nacional. Hoy como ayer la falta de una doctrina coherente impide el alineamiento correcto de dirigentes librados a intervenir en una lucha a la que conduce oblicuamente el enemigo nacional.