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Domingo 26 de marzo de 2017
OPINIÓN
Con ejemplos y actitud se podría
Por Alberto Asseff. El diputado por el Parlasur y presidente del partido UNIR entiende que a la Argentina le falta un radical cambio de actitud para la completa realización de los objetivos que se propone.
13 de febrero de 2017
La Argentina es paradójica. Parecemos y actuamos cual autosuficientes –por eso nos hacen chanzas sobre nuestro ego-, pero ante el primer desafío, el más normal, nos apichonamos teniendo a flor de labio el descorazonante ‘no podemos’. No podemos combatir la impunidad y su hija dilecta, la corrupción; tampoco la pobreza o el narcotráfico ni reformar los grandes asuntos colectivos como la educación, la justicia, la policía, la organización económica; asimismo, creemos imposible estructurar un sistema institucional republicano donde la influencia, el acomodo, el nepotismo y el amiguismo no permeen las decisiones; es inimaginable para nosotros un escenario con una justicia independiente que aplique ciegamente la ley, tal como lo indica la estatua con una venda en los ojos, que simboliza su majestad; es impensable que volvamos a la cultura del trabajo pues creemos que el clientelismo vino y creció para quedarse; aunque fuimos los primeros que nos asentamos permanentemente, somos contiguos y es nuestra natural prolongación, a la Antártida nos la quitarán porque suponemos que es demasiado para nosotros; del otro lado de la Cordillera entienden todo lo contrario a pesar de tener los mismos rasgos idiosincráticos originarios; tener un sistema político-electoral que arrumbe el penoso arcaísmo con el que votamos y formamos partidos políticos, plagado de corruptelas y fraudes, parece una epopeya inalcanzable; recuperar lo que nos detrajeron de nuestro patrimonio público nos representa algo tan lejano como que un argentino llegue a Marte este año.

Todo lo enunciado simplemente como algunos de los temas pendientes, de entre otros muchos, es el programa nacional que deberíamos ejecutar con velocidad y dinamismo máximos, superando la molicie –incuria - espiritual y la obstrucción burocrática, esa vieja enferma de papelerío, sellos y pases de oficina en oficina. Esa que hace que labora, pero vive de impedir.

Mi filósofo de cabecera desde la adolescencia – Ortega y Gasset – tiene los más lúcidos pensamientos sobre el altísimo valor de la ejemplaridad desde las cumbres hacia los valles y el llano. Desde arriba – desde los puestos más elevados dentro de la sociedad – se deben bajar cotidianamente buenos ejemplos. Valen tanto o más que las leyes virtuosas. El ejemplo en la cima es ordenador social – a la par del trabajo y del conocimiento. Tanto como el mal ejemplo que se desparrama por la base social. Corre cual reguero de pólvora y corroe peor que el ácido en el metal.

Con ejemplos y fuertes paradigmas – capaces de extirpar al relativismo moral y restituir los valores– la Argentina recobrará fortaleza de ánimo, de voluntad para encarar las soluciones de fondo. Es inadmisible que hoy por hoy todo se relativice. Los otros días dije en la televisión que el país quiere recato en nuestras conductas en el espacio público. Un panelista me espetó: ¿qué es recato? ¿Quién lo define? Llegamos al colmo de discutir hasta el significado y alcance de las palabras, siendo éstas uno de los modos supremos para entendernos y expresarnos. Es decir, marchamos no ya a la postverdad, sino a la incomunicación en la era de su desarrollo exponencial. ¡Ni hablar del mal y el bien, ambos cuestionados como disociadores de conductas sanas y enfermas! Se pone a los dos en la picota machacando que no están delimitados. De ahí a estigmatizar a quienes osan en separarlos, para incentivar y premiar a uno y disuadir y castigar al otro, hay un paso que ya se está transitando.

Lo inconcebible de este proceso relativista y de desplome de los valores es que no nos apareja felicidad ni paz, sino un sinfín de conflictos, empezando por los existenciales que moran en nuestro interior hasta la ascendente dificultad para convivir y para ser nación, como una diversidad unida por un destino compartido. Es decir que este ‘progresismo relativista’ es como una escupida al cielo, pues se vuelve contra cada uno y contra todos, haciéndonos retrogradar a estadios precivilizados. Siempre, por caso, hubo machismo, pero nunca tantos femicidios como hogaño. La desigualdad proverbialmente fue la mancha sombría de la organización estatal, pero nunca tan pronunciada como la que sufrimos contemporáneamente entre el decil más rico y la mitad de la población pauperizada, con perspectivas de que esas insoportables disparidades se ahonden con jóvenes que ni estudian ni trabajan. Ya lo aconsejó Fierro cuando nos sugirió “hacernos amigo del juez”, pero nunca tan certero como hoy con fallos a medida, hechura de operadores e influyentes, en despachos ocupados por señores que no saben ni jota de semántica y por eso ignoran que eso de magistrados apunta a que son – deberían ser -los maestros y guías de una grey, en este caso el pueblo argentino. El relativismo nos induce a ser una sociedad tribal donde no hay un árbitro-juez imparcial y justo.

Además, necesitamos actitud, sobre todo en estos tiempos de recurrentes adversidades y muchos vendavales. No todos los hombres ni los pueblos obran análogamente ante un grave problema. Los hay que están vencidos antes de empezar a luchar y también los que nunca dejan la lid, ni aún derrotados, bregando hasta el final. La Argentina es adolescente en actitud. Se bajonea demasiado rápido ante la vicisitud, lo inesperado o lo difícil. Da la sensación de que carece de temple. Quizás sea exagerado, pero ¿cómo explicar que todavía hoy no tengamos nuestro transiberiano, el transpatagónico? Ese ferrocarril debió ser una de las herramientas para una audaz y formidable política poblacional en una cautivante marcha al sur y al mar. No exenta de complejidades si pensamos en el viento, el frío y la aridez, pero enamorante si imaginábamos y queríamos un gran país.

Es atribuible a esa lábil actitud – y por supuesto a la corrupción, la burocracia, el acomodo y tantas otras degeneraciones – que habiendo tenido la primera Fábrica de Aviones del hemisferio sur del planeta –la inauguró el presidente Alvear en 1927 – hoy nos abastezcamos de aeronaves de Embraer hechas por nuestros alumnos, que antaño venían a Córdoba, admirados, a aprender a hacer aviones ¿Y el famoso valor agregado para que nuestro trabajo represente más ingresos? Ahí está, recogido en la retórica, en la que sí somos campeones planetarios.

El colofón de esta nota requiere un insoslayable condimento optimista. Con ejemplos y actitud podríamos conseguir los objetivos de forjar un país con menos pobreza, con seguridad, con más trabajo, marchando hacia la prosteridad y con unidad de objetivos, más allá de los lógicos diferendos y de las vanidades personales. Quizás valga recordar algo atinente a esto de las fatuidades. Miguel de Unamuno decía que “a España le sobra codicia y le falta ambición”. Yo creo que a la Argentina le pasa lo mismo.